Ante la palabra fusil, la calma sensata

Las palabras de odio son, en primer lugar, una agresión contra la humanidad, porque tienen una paradoja: han de dirigirse hacia el otro, pero en realidad corrompen al ingenuo que las vocifera.
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¿El odio es purificador? Demostremos que esta seudo catarsis es lamentablemente impotente, que es por otra parte ambivalente, y que es al fin una falsa solución.

Ninguna complacencia hacia el discurso de odio, ninguna ilusión que consista en creer que las palabras violentas puedan ser una solución. El odio, en cualquiera de sus formas, construye el espejismo de que la violencia nos va a llevar a algún lugar, va a encontrar la solución, cuando en realidad es una potencia explosiva, atomizante, es penetración brutal, no consentida.

Dicho de otra manera, las palabras de odio son, en primer lugar, una agresión contra la humanidad, porque esas  figuras retóricas son estructuralmente ciegas o, al menos, tienen una paradoja: han de dirigirse hacia el otro, pero en realidad corrompen al ingenuo que las vocifera.

El odio expresado en palabras no tiene discernimiento. El sujeto es un utensilio de emociones negativas que no son suyas. Son palabras interpuestas, inoculadas que anulan sus pensamientos y su subjetividad. El odio es una falsa solución. No hace otra cosa que reforzar la confusión que cree resolver.

Los falsos profetas del odio, que se presentan como médicos catárticos y cirujanos del cáncer que van a extirpar, son en realidad todo lo contrario. Por un fenómeno de aceleración y de intoxicación, caracterizado por la confusión y un estado febril, las palabras de odio duplican, agravan e inflaman el quiste ideológico que pretenden curar.

El odio es como un hombre metido en arenas movedizas o en un pantano que, mientras más se agita, más se hunde. El odio se parece al borracho que se levanta después de la borrachera, exaltado, y se descubre más detestable aún, decepcionado, vacío. No hay mañana para el odio. Es una emoción del atraso.

El furor verbal de adjetivos que apuntan contra la humanidad son dagas que penetran en la carne de quien cree estar protegido en una caja de cristal celebrando su victoria, porque en el odio el único fin es acabar, destruir, incluso si es nuestra humanidad.

Aquellos que defienden el odio se presentan como pragmáticos. Sus palabras y sus promesas venenosas se exponen como una potencia mágica que hará tabula rasa y que permitirá surgir el bienestar, un nuevo mundo fecundo después de la operación del paciente que van a salvar. Pero, para ello, el odio necesitará un proyecto, una orientación, el sentido del límite, y justamente desde aquí perderá entonces su carácter violento y de potencia ciega y devastadora. En este punto hay esperanza. 

Porque ante los disparos de verbos y frases, es necesario, entonces, pensar, y pensar sensatamente, y defender la calma. La calma impide la defensa del odio y la violencia. La calma sensata es una emoción de la quietud y su catecter es reflexionar sobre lo que vendrá, sobre todo en el momento en que la violencia toma las riendas y las palabras salen como rafagas, estruendosas, duras y mal dichas.

La calma sensata supone detener el estado febril que reduce al enfermo del odio a perder de vista su interioridad y su exterioridad, su subjetividad y su objetividad; en resumen, al otro y a sí mismo. La calma sensata es siempre ahora, porque construye la acción, es el alma del futuro y sabe algo fundamental: el odio es infecundo, impotente, estéril.

El odio discursivo es, en un sentido literal, una involución, una técnica falaz, mal hecha y nociva. Se vende y se construye con metáforas, como orden, como pagarés de justicia, pero no instaura ningún orden. El odio pone el resentimiento, el castigo, la violencia, el orgullo y el egoísmo como banderas de una falsa revolución.

La calma sensata, por el contrario, es un modo de perder la fascinación por la inmediatez de las palabras fusil; una forma de ver la verdad de un encantamiento febril y violento que no quiere otra cosa que extirpar la humanidad. La calma sensata es un rechazo al artificio de las metáforas de arsénico, porque, en definitiva, el odio y la violencia se oponen poco a la fragilidad, son hermanos gemelos, puesto que esta última no tiene, al menos en estas conciencias de la extirpación y la gangrena, otro reacción que el ataque de un tigre herido y temeroso, frágil y brutal, y brutal justamente porque es frágil.

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  • Ante la palabra fusil, la calma sensata

    Manizales, 1988. Administrador de formación, librero por vocación y caminante por placer. Durante varios años vivió en Buenos Aires, donde desarrolló el hábito de recorrer la ciudad sin prisa, observando librerías, cafés, lectores y conversaciones, siguiendo la tradición del flâneur: ese caminante que hace de la curiosidad una forma de conocimiento. Actualmente dirige Refugio Librería, desde donde organiza clubes de lectura. Además es artista formador en escritura creativa en el programa Artes para la Paz del Ministerio de las Culturas de Colombia.

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