¿Otra vez quieren convertir tus territorios en trincheras, tus pueblos en enemigos y tu memoria en una mercancía que se pueda negociar en las bolsas del capital?, ¿cómo te abrazo cuando el fascismo vuelve a caminar por tus calles con traje de democracia, y aprende a pronunciar la palabra libertad mientras amenaza con quitársela a quienes nunca la han conocido plenamente?
Hay algo profundamente doloroso en esta hora latinoamericana: la derecha más reaccionaria ha comprendido que ya no necesita llegar al poder únicamente mediante los golpes militares, las dictaduras o la violencia explícita. Ahora puede hacerlo también a través de las urnas, de los algoritmos, de las iglesias convertidas en plataformas electorales, del miedo organizado y de un discurso que consigue que los desposeídos defiendan a sus propios verdugos. El autoritarismo contemporáneo no siempre llega con botas; a veces llega con promesas de orden, con consignas de libertad económica y con la peligrosa pedagogía del odio hacia quienes están todavía más abajo en la escala social. Y mientras tanto, el capital permanece intacto, esperando recoger los beneficios de la fractura.
Sería un error pensar que el fascismo es únicamente un problema de urnas. Es, ante todo, un proyecto de restauración del poder: el de las élites económicas, las oligarquías históricas, los propietarios de la tierra y quienes necesitan que nuestros pueblos permanezcan fragmentados para continuar acumulando riqueza. Por eso su enemigo no es solamente la izquierda partidista; su enemigo es cualquier posibilidad de emancipación colectiva. Le temen al campesino que defiende la tierra, a la mujer que cuestiona el orden patriarcal, al indígena que reivindica su territorio, al trabajador que reconoce la explotación y al pueblo negro que se niega a seguir habitando los márgenes de una historia escrita por otros.
Hay que decirlo sin eufemismos: América Latina sigue siendo disputada como territorio de extracción. Nos quieren ricos en minerales, biodiversidad, agua y fuerza de trabajo, pero pobres en soberanía, pensamiento crítico y capacidad de decidir nuestro destino. Nos quieren exportadores de materias primas e importadores de obediencia. Nos quieren agradecidos por las migajas de un desarrollo que históricamente ha significado despojo para las mayorías.
Y aquí aparece una de las mayores victorias ideológicas de ellos: conseguir que los pueblos interpreten su propia precariedad como culpa de otros pueblos precarizados. Que el pobre odie al migrante, que el trabajador desprecie al campesino, que las mujeres defiendan las estructuras que las subordinan y que las comunidades racializadas terminen reproduciendo el discurso de quienes históricamente las han despojado. La lucha de clases se disfraza de guerra cultural y los verdaderos beneficiarios de la desigualdad consiguen permanecer fuera del campo de batalla.
¿Cómo te abrazo, mi Latinoamérica, si han conseguido que desconfiemos de nuestra propia posibilidad de encontrarnos? ¿Cómo te abrazo si cada elección parece dejarnos frente a una nueva amenaza, si la esperanza se vuelve una tarea agotadora y si defender lo común comienza a parecer un acto de resistencia contra el mundo entero?
Pero no quiero abrazarte desde la nostalgia ni convertir nuestras derrotas en una épica. Tampoco quiero pedirles a nuestros pueblos que resistan eternamente mientras las izquierdas se conforman con administrar las ruinas del neoliberalismo. Hay que hacer una autocrítica profunda: no basta con ganar elecciones, hay que transformar las condiciones materiales que producen la desigualdad; no basta con hablar en nombre del pueblo, hay que devolverle al pueblo su capacidad de decisión; no basta con reivindicar la identidad latinoamericana, hay que construir un proyecto político que garantice tierra, trabajo digno, educación, salud, vivienda, soberanía alimentaria y justicia social.
La respuesta al fascismo no puede ser exclusivamente electoral, aunque las elecciones importen. Tiene que ser también cultural, pedagógica, económica y territorial. Necesitamos organización popular, sindicatos vivos, movimientos campesinos, feminismos anticapitalistas, comunidades indígenas y afrodescendientes, universidades comprometidas con la transformación social y espacios de pensamiento capaces de disputar el sentido común. Necesitamos reconstruir la conciencia de que nuestra emancipación no será individual y de que ninguna libertad puede sostenerse sobre la explotación de otros.
Porque Latinoamérica no nació para ser el patio trasero de ningún imperio, ni el laboratorio de experimentación de los autoritarismos, ni la despensa de las corporaciones. Esta tierra tiene memoria de rebeliones, de cimarronajes, de levantamientos indígenas, de huelgas obreras, de mujeres que hicieron de la dignidad una forma de insurrección y de pueblos que, incluso después de las dictaduras, aprendieron a volver a nombrar la libertad.
Te abrazo con rabia, porque hay dolores que no admiten indiferencia. Te abrazo con memoria, porque sabemos lo que cuesta recuperar la democracia cuando el fascismo la convierte en una concesión. Te abrazo con la convicción de que no hay neutralidad posible frente al despojo y de que la justicia social no es una consigna trasnochada, sino una deuda histórica.
Te abrazo, sobre todo, con la certeza de que no estamos condenados a repetir la historia que otros escribieron para nosotros. Que nuestros pueblos no son espectadores de su destino y que todavía tenemos la posibilidad de construir una América Latina donde la vida valga más que el capital, donde la tierra sea de quienes la trabajan, donde ningún cuerpo sea territorio de conquista y donde la dignidad deje de ser un privilegio.
Que no nos arrebaten la esperanza, pero que tampoco nos pidan esperanza sin organización. Que no nos roben la memoria, pero que tampoco nos pidan memoria sin justicia.
Porque si algo le debemos a esta tierra, a sus muertos y a sus vivos, es no acostumbrarnos nunca a la barbarie. Y, sobre todo, no renunciar a la tarea histórica de transformarla. Una América Latina libre no será aquella que aprenda a convivir con sus verdugos, sino aquella que consiga dejar de producir las condiciones que los hacen posibles.