Hace un par de meses leí una columna de Juan Carlos Bayona en El Espectador, titulada “Cumbre”, en la que el autor plantea una interesante reflexión sobre la importancia de las lenguas. En esa ocasión, casi tanto como el contenido de la columna, me llamó la atención uno de los comentarios de los lectores: uno de los habituales trolls de ultraderecha que aprovechan el espacio de ese medio de comunicación para esparcir su veneno descalificó a Bayona con una curiosa falacia ad hominem, afirmando que el columnista “no es más que un mero rector de un colegio”.
Tal vez el desaliñado comentario habría pasado desapercibido para mí, de no ser porque encuentro en él un síntoma, una expresión de la poca estima que en nuestra sociedad colombiana —y sospecho que también en otras semejantes a la nuestra— se tiene por la educación inicial, básica y media, así como por los educadores que ejercen su profesión en estos niveles educativos.
También es sintomático que el tema ocupe un lugar secundario, casi inexistente, en las campañas de los candidatos a la Presidencia de la República cada cuatrienio (al menos hasta donde alcanza mi memoria). En contraste, la educación superior siempre ha estado presente como tema de debate, ya sea porque los estudiantes universitarios tienen o alcanzan la edad para votar en el lapso de sus carreras, ya sea porque en las universidades —mucho más que en la generalidad de colegios y escuelas—, se hacen presentes diversas fuerzas con influjo en el acontecer político del país.
Entre los muchos problemas que aquejan la educación de los menores están:
- En el sector público, la excesiva burocratización de los procesos, que hace que en ocasiones los colegios pasen meses con una planta docente incompleta.
- En muchas instituciones educativas privadas, la precarización de la actividad docente, y de la educación en general, con sueldos bajos, infraestructura y recursos de apoyo insuficientes, hacinamiento de estudiantes, etc.
- En las familias, falta de compromiso con los procesos formativos de sus hijos y condiciones socioeconómicas difíciles, que afectan el rendimiento académico de los estudiantes. Influencia negativa de las nuevas tecnologías en los comportamientos, la capacidad de atención y las aspiraciones de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes.
- El anacronismo y la falta de atención estatal a los procesos de formación, selección y evaluación de docentes e instituciones educativas.
- La ausencia de estrategias, recursos y herramientas para que la inclusión de estudiantes con necesidades especiales en las aulas sea una medida efectiva, y no un problema más que los profesores deben resolver sin saber cómo.
Las consecuencias del sinnúmero de dificultades y deficiencias de la educación inicial, básica y media son de suma gravedad para el país: las más obvias son los pobres resultados académicos, que se reflejan en pruebas como las Saber 11 y PISA; pero sus efectos se extienden a muchos otros campos: falta de cultura ciudadana y de conciencia sobre el bien común, inequidad, violencia, desempleo e informalidad, baja productividad, economías ilícitas, etc.
En suma, muchos de los temas que sí han captado la atención de la opinión pública durante décadas seguirán siendo objeto de discusiones estériles, si el Estado y la sociedad no priorizan la educación de niños, niñas, adolescentes y jóvenes y no la convierten en un proyecto de país.