Tortura chévere. Encarcelamiento masivo bacano. Persecución política inclusiva. Ejecución extrajudicial con conciencia de clase. Desaparición forzada con enfoque de género.
Dictadura humanitaria, soberana, antiimperialista, progresista. Dictadura solidaria.
En la política de los buenos y los malos, estos adjetivos son prendas de poner y quitar: un maquillaje de legitimación con el que la barbarie quiere hacerse pasar por su antónimo.
El viernes 17 de abril, el periódico noruego Morgenbladet publicó mi denuncia como exlíder del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina, en el contexto de la controversia frente al Premio Nobel de Paz otorgado a María Corina Machado.
Esa denuncia fue producto de una investigación de casi cinco meses que llevé en solitario, después de que las presiones internas nos llevaran a organizar movilizaciones en Oslo, en diciembre pasado, las cuales fueron inmediatamente celebradas por Nicolás Maduro.
Lo que a simple vista pudo parecer una casualidad representó para mí un punto de ruptura en el funcionamiento democrático de una organización de la cual yo era su representante público, y que nos situó en el centro de un debate más amplio sobre derechos humanos en América Latina.
En esa investigación denuncié el papel que la red transnacional ALBA Movimientos ha jugado en la legitimación de los gobiernos de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA-TCP), coordinada y dirigida por los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Muchos nombres. Muchos acrónimos. Muchas fechas y direcciones. Muchas contradicciones de discurso. A diferencia del artículo en Morgenbladet, en esta Veta quiero relatar lo que no pude contar, lo que no pude mapear del todo, lo que no pude escribir ni tratar de explicar al editor y a los periodistas.
La noticia salió en primera plana en el periódico más antiguo de Noruega, y le fueron dedicadas seis páginas enteras con los mapas, líneas y nombres que por meses sólo existieron en mi libreta de apuntes. Esa libreta, que compré en agosto con la ilusión de escribir poemas, terminó relatando en letras apretujadas y líneas temblorosas mi propio colapso ideológico, y también los cinco años de conexiones, amistades y proyectos con que rehice mi vida después de salir de Colombia en 2021, poco después del Paro Nacional.
Habiendo protestado contra un gobierno de derecha, sabiéndome de izquierda desde la desazón de ver ganar el «No» en el plebiscito por la paz de 2016, el mundo se me hizo, por un tiempo, sencillísimo: el progreso sólo tenía un color, la paz sólo tenía una dirección, el bien primaba siempre sobre el mal y ese mal, además, era siempre fácil de señalar.
Lo cierto es que mientras cantaba arengas con mis compañeros de Universidad de Caldas, mientras bloqueábamos la Panamericana, pintábamos carteles y exigíamos justicia por los más de seis mil falsos positivos, también vimos llegar por montones a millones de venezolanos en una marcha interminable desde el Puente Internacional Simón Bolívar hasta los confines del planeta.
A principios de 2022, cuando terminé en el Ártico de Noruega, conocí a una familia de venezolanos que había escapado de la dictadura de Nicolás Maduro. Uno de ellos incluso fue torturado por protestar: una protesta no tan distinta de la que hicimos los colombianos durante el Paro Nacional. En el caso de Colombia, los abusos contra los derechos humanos fueron condenados por el canal estatal venezolano TeleSUR, en compañía de su aliado ruso RT, anteriormente conocido como Russia Today. Para desgracia de los manifestantes venezolanos, esos medios no los vieron como ciudadanos indignados, sino como agitadores pagados y terroristas domésticos.
En febrero de 2022 empezó la invasión rusa a Ucrania, y Noruega, como muchos otros países europeos, acogió casi de inmediato a un número considerable de refugiados. Al Ártico de Noruega, que yo consideraba el fin del mundo, llegó también la marejada humana de otra desgracia, una nueva, para estrenar.
Así conocí a Olena, cuya ciudad natal, Melitopol, acababa de ser ocupada por las fuerzas rusas. Varios de mis amigos, con quienes protesté en las calles de Manizales durante el Paro Nacional, me explicaron con paciencia que todo era mentira, un montaje, un circo de la OTAN; que no había ninguna guerra, que todos eran actores pagados, como se explicaba en la lista de reportajes de un medio internacional que muchos habíamos terminado por respetar: «RT en Español».
Estando tan lejos y queriendo servir para algo, entré al Comité Noruego de Solidaridad con América Latina para contribuir como mejor podía: escribiendo. Fue en la revista trimestral de esta organización donde pude volver a firmar con mi nombre, un nombre que a veces debía repetirme en voz alta para asegurarme de que todavía no lo había olvidado.
En 2023 empecé a trabajar como escritor en una agencia de viajes del Ártico, un año antes de que la inteligencia artificial hiciera prácticamente desaparecer la industria de los escritores de contenido. Sentados en los escritorios de enfrente conocí a un matrimonio ucraniano, Katya y Misha, originarios de la ciudad portuaria de Odesa. Un año atrás, para finales de febrero de 2022, ya casi terminaban de pagar su apartamento en Irpín, a las afueras de Kiev.
Durante los primeros días de la invasión, al intentar hacerse con los aeropuertos de la capital para decapitar el gobierno ucraniano, las fuerzas rusas atacaron el aeropuerto de Hostómel y sus poblaciones colindantes: Bucha e Irpín. Ambos pueblos aparecieron en los titulares del mundo un mes después, cuando salieron a la luz las masacres y los crímenes de guerra contra la población civil.
Mientras medios como RT y sus aliados latinoamericanos desmentían la noticia, Katya y Misha me contaron cómo habían salido a la carrera, sin saber qué llevarse ni qué dejar, sin saber dónde estaba el certificado de nacimiento de él, el diploma de ella, las escrituras del apartamento, las llaves del carro. Me contaron que encontraron las llaves, que salieron con lo que tenían puesto, con lo que creyeron imprescindible y que terminó estorbándoles, que subieron al carro, que salieron casi volando a la avenida, que se iban sin saber a dónde, que quedaron detenidos en el trancón de la autopista porque también todo el mundo se iba sin saber a dónde, que se quedaron sin gasolina porque a él se le había olvidado tanquear el día anterior, que tuvieron que dormir en el carro, muertos de miedo, escuchando las bombas con que destrozaban su pueblo y empezaban a destrozar su país.
Ese divorcio que empezaba a separarme de los medios estatales, siendo aún crítico de lo que siempre he criticado, intenté aplicarlo en mis artículos, crónicas y poemas para la revista del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina. En las primeras asambleas anuales tuve la oportunidad de conocer activistas veteranos de toda Latinoamérica: hijos de exiliados chilenos de los tiempos de Pinochet, argentinos de la época de Videla, colombianos que escaparon del exterminio de la Unión Patriótica, personas que salieron durante el gobierno de Uribe y muchos noruegos solidarios que promovían lazos de cooperación con una región de la que no sólo yo, sino también los venezolanos que conocí en el Ártico noruego, éramos originarios.
En la promesa de arraigo y en esa nueva noción de identidad, quise ser parte activa de una lucha generacional en la que todos los latinoamericanos, incluso sin saberlo, estamos involucrados. Cuando hablaba contra la opresión y la barbarie, quise incluir todas las represiones y todas las barbaries, incluidas las que eran inconvenientes o las que sonaban como cacofonía en el discurso fácil de «ellos son los malos y nosotros somos los buenos». Cuando pedía libertad y derechos humanos, los pedía tanto para los colombianos o salvadoreños como para los venezolanos y los ucranianos.
Poco antes de irme del Ártico, se mudaron al apartamento de abajo una pareja de iraníes y su hija de tres años. Eran personas amables, respetuosas y reservadas, con quienes no entablé amistad sino hasta que los vi un día en una protesta en el centro de Tromsø contra la represión del gobierno iraní, después del asesinato de Mahsa Amini, una joven de 22 años arrestada por la policía de la moral por el terrible crimen de llevar mal puesto su velo. En las visitas que siguieron, la pareja me contó cómo huyeron primero de Irán para recibir asilo político en Ucrania, y cómo, una vez establecidos, tuvieron que huir nuevamente por la guerra. A pesar de estar seguros en Noruega, un mundo cambiante ya no les daba la comodidad de pensar en el futuro. Ni siquiera el futuro de su hija.
En 2024, en un curso de introducción de la Universidad de Oslo, conocí a Andrii, un joven ucraniano de Odesa que tenía la edad de mi hermano menor. Nos hicimos buenos amigos, además de compañeros de clase, y nunca pude acostumbrarme a escuchar el cuento cotidiano de que otra vez su madre había tenido que mandar a cambiar las ventanas porque las reventó el estallido de un dron al otro lado del barrio.
Ese año, siendo miembro de la organización LGBT para grupos minoritarios Skeiv Verden, conocí exiliados rusos y bielorrusos que hablaban abiertamente de cómo los regímenes de sus países habían criminalizado cualquier acto de afecto que se saliera del modelo impuesto por Adán y Eva. Por ellos recordé también cómo personas LGBT de la ciudad rusa de Múrmansk cruzan la frontera con Noruega para poder celebrar el Día del Orgullo en el pequeño pueblo de Kirkenes, a salvo de la homofobia de su propio país.
En 2025, cuando fui elegido líder del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina, sabía que no cargaba en mi voz sólo mi propia historia, mi propia ideología, mi propia identidad y mi propio discurso de izquierda: cargaba también, más allá del discurso, las historias de los ucranianos, rusos, bielorrusos, iraníes y venezolanos que en estos cinco años me habían cambiado la forma de entender el mundo, y la necesidad de llamar a la barbarie por su nombre.
Por eso, cuando el Comité del Nobel de Paz decidió galardonar a María Corina Machado, nuestro rechazo como organización fue unánime, pero al mismo tiempo insistí en la importancia de reconocer al pueblo venezolano y condenar, ahora sí, la tiranía de Maduro. Esa posición no sólo fue inconveniente: también me costó un paulatino aislamiento de mis funciones, mientras la representación externa fue desplazándose, en la práctica, hacia sectores de la organización que dominaban con mayor soltura el discurso binario de los buenos y los malos: el discurso solidario.
Más adelante encontré cómo nuestra organización había sido influida por un ecosistema de medios estatales y organizaciones políticas vinculadas al ALBA-TCP, entre ellas TeleSUR, RT e HispanTV, y cómo esos mismos medios habían amplificado narrativas coincidentes incluso antes de que las movilizaciones fueran anunciadas públicamente. Aterrado y confundido, sin saber todavía si estaba entendiendo bien lo que veía, advertí a distintas instancias internas de la organización.

En ese momento aún no conocía el alcance de una estrategia de formación, legitimación y articulación política que, durante años, había buscado presentar como solidaridad internacional lo que en muchos casos terminaba siendo defensa selectiva de gobiernos autoritarios. ALBA-TCP y ALBA Movimientos, en coordinación con los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua, habían construido un lenguaje capaz de pasar lo bárbaro por bondadoso, lo tirano por antiimperialista, lo salado por dulce y lo inaceptable por obligatorio.
Una vez convocada la movilización con un formato específico, sin la más mínima referencia crítica hacia Maduro, medios asociados a esas redes aparecieron en Noruega para cubrir las protestas y, en algunos casos, perfilar a activistas venezolanos en el exilio y exponerlos en periódicos controlados por el Estado.
Esta parte de la historia, que no cabía en mi libreta y que realmente no tenía lugar en la noticia, es lo que sentí colapsar día tras día durante los meses en que, luego de renunciar a mi puesto, continué investigando solo. Advertí a los venezolanos perfilados, dejé a un lado mis proyectos y mi red de apoyo, y deshice en semanas lo que había construido en cinco años, evitando pensar en el futuro por miedo a arrepentirme de lo que hacía, y por miedo a que me ganara el miedo. Los otros miedos.
Mientras tanto, Trump secuestró a Maduro sin desmontar realmente el régimen, impuso un brutal e inhumano bloqueo a la isla de Cuba y rompió de golpe la piñata de sorpresas y desgracias de la guerra con Irán. Israel impuso sobre el Líbano la misma barbarie que impuso en Gaza, y el resto del mundo miramos con desamparo el resultado de darles poder a quienes promulgan el odio, no siempre en sus discursos, pero siempre, siempre, en sus acciones.
Democracias hay muchas, nos dicen, y nadie sabe en realidad qué es un derecho humano. Nadie sabe qué es a ciencia cierta un ser humano. Así algunos justifican represiones y masacres que jamás le perdonarían a ningún otro régimen.
Seguimos peleándonos por ser de izquierda o de derecha, como si el color de las ideas justificara arruinar almuerzos familiares, ya sea por una discusión acalorada o por de un misil balístico al otro lado del barrio.
Vemos la barbarie desde lejos, muchas veces por televisión, apenas concientes de que las lágrimas siguen siendo saladas al otro lado de las pantallas, el dolor sigue doliendo y los muertos se quedan muertos sin importar si es en Irpin, o en Maracaibo, o en Beirut, o en Volgogrado, o en Rafah, o en Teherán o en Manizales.
Quizá algún día podremos darnos cuenta de que el único enemigo real es la barbarie, y que ésta, por más que se disfrace, nunca será chévere ni la dictadura buena.