Alguien dijo que si uno no estaba de acuerdo con que el país utilizara criterios católicos para declarar días festivos, pues que trabajara toda esta semana “mayor” y los lunes de “puente” y demás feriados declarados por razones religiosas. Razonamiento elemental pero no por ello muy correcto ni ciudadano. Una nota del diario El Espectador me hizo caer en la cuenta de que no todos los estados de Latinoamérica son igualmente apegados a las tradiciones católicas en ese aspecto. Desde 1919 el carácter laico de Uruguay llevó a que se promovieran días no laborales sin la denominación religiosa. Allí varios días que coinciden con las tradiciones religiosas de buena parte de su población y de la cultura hispanoamericana son jornadas de descanso, de turismo, de la familia o similares. Esto permite que quienes deseen practicar de forma especial su religión cristiana puedan hacer parte de ritos, oraciones o actividades demostrativas de su espiritualidad, de su emocionalidad religiosa o de su respeto y adoración por figuras, personas o situaciones que, como creyentes, aceptan que fueron de determinada forma. O que quienes tienen formas diversas de vivir su espiritualidad o sus intereses en esa esfera de la vida de las personas y las comunidades las vivan a su manera.
Lo que considero inaceptable en esta contemporaneidad es que supongamos que todas las personas son como nosotros, que nuestras creencias y prácticas religiosas son las de todos, y que las actividades rituales que los creyentes despliegan tengan que ser compartidas (o sufridas) por los demás habitantes de nuestra comarca, ciudad o país. En paralelo, sorprende contemplar frecuentes escándalos, burlas o protestas porque los musulmanes se arrodillen en las calles a ciertas horas, o que otras religiones lleven a cabo manifestaciones, desfiles o procesiones que celebran sus creencias, en nuestras calles y escenarios.
En particular durante la llamada semana mayor, varias prácticas católicas tradicionales —algunas muy, muy antiguas, ancladas y estancadas en formas premodernas de ver la sociedad y la Humanidad y su relación con los dioses— se toman las calles con permiso tácito de las autoridades locales (supongo), alteran la circulación de automóviles y peatones y realizan lentas y frecuentemente ruidosas procesiones por las calles principales de las ciudades y pueblos. Esto sin importar que los demás ciudadanos sean o no creyentes, más o menos practicantes de los rituales propios de su iglesia, o que tengan otras formas de vivir su religiosidad católica o cristiana.
Los colombianos y la mayor parte de los hispanohablantes somos descendientes de la cultura española medieval, inquisidora y con espíritu de cruzados, en la que la religión católica era la fuente del poder y la sabiduría, y la única forma de salvarse del mal que causaron o podrían causar otros colonizadores, conquistadores y “malignos”, como lo fueron los árabes musulmanes para los ibéricos durante varios siglos. Eso hace que el colombiano promedio suponga que la semana “Santa» —o “Mayor”— ciertamente rememora la muerte de Jesús de Nazaret; así como el 25 de diciembre efectivamente conmemora la fecha del nacimiento de quien era “el hijo de Dios”, sin mayores consideraciones sobre su historicidad o posibles interpretaciones alternas. Y que por ello, la vida de todo el país tiene que ser diferente esos y otros días de fiesta religiosa. Por algo, aproximadamente el 70% de Colombia es católico y otro 15% es cristiano evangélico o de denominaciones similares, mientras un estimado de 7% se considera ateo o agnóstico.
Parece un sueño de ilusos imaginar un mundo laico con la convivencia tranquila de diversas formas de vivir los intereses, inquietudes o certezas religiosas o espirituales, de tal manera que nuestras vivencias tengan un bajo impacto en la vida de los demás. “Imagine” se llama la canción de Lennon en la que el beatle se autoproclama un soñador en ese sentido. Un poco de la misma manera que parece aún difícil lograr que nuestras fiestas, rumbas o celebraciones no sean razón para la trasnochada rabiosa de los vecinos. Rematemos este comentario con una expresión religiosa común, muy apropiada: Que así sea —en un futuro no muy lejano.
Y para cerrar con algo diferente, registremos —como era previsible-, que el buque ruso Anatoly Kolodkin pudo llegar a Cuba y descargar sus 730.000 de petróleo crudo, a pesar de la amenaza del gobierno Trump de retaliaciones económicas contra los países que le vendan o regalen combustible a la isla. Es que en el caso de Rusia ya existían sanciones económicas por la guerra contra Ucrania —que no la han parado—, y con esta potencia, como con China, el asunto no es lo mismo que con Venezuela o México, tradicionales suministradores de petróleo a Cuba. Curiosamente, el presidente norteamericano declaró que ese suministro no tiene importancia en su plan de ahogar a los cubanos o al menos a su gobierno. Para el pueblo cubano ese suministro sí es muy importante en la vida diaria por unos 20 o 30 días. Aunque la refinación de ese crudo requiera un tiempo antes de que se pueda distribuir y utilizar. Mientras tanto, el plan del gigante gringo continuará “religiosamente”, con la posibilidad de que Trump se corrija o se contradiga dentro de unas semanas, ante la intención expresa de Rusia de seguir apoyando a Cuba, así en la actualidad no lo haga por razones de afinidad ideológica, sino por solidaridad nostálgica, o porque “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
P.D.: debo reconocer y agradecer el aporte de un cuidadoso lector de nuestra anterior columna, quien nos hizo caer en cuenta que era un error decir que Carlos Lehder había planeado ser elegido a la gobernación del Quindío en 1984, pues en esos años no existía elección popular de gobernadores; probablemente su movimiento intentaría tener diputados en la asamblea de ese departamento.