De Judas a Snape, ¿traidores o salvadores?

1 de abril de 2026

La tercera versión es la más loca, fruto de la extravagancia del ficticio Runeberg: Dios se transmutó en Judas para la redención de la humanidad.
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No sigo con devoción la Semana Santa, pero ya que estamos en estas y que un Miércoles Santo se publica la columna, quiero hablar —para hacer una pausa de la política, siempre es justo y necesario— de algunas versiones de Judas Iscariote, el traicionero, tal vez la figura más odiada del cristianismo, el que vendió a Jesús, su maestro. Hoy se conmemora la transición de la traición de Judas hacia la pasión de Jesucristo: de cómo un beso amoroso puede ser la señal del condenado.

Creo que todos conocemos la historia, o la habremos oído por ahí: Judas Iscariote era uno de los doce apóstoles de Jesús. Dicen que era un tipo misterioso y retraído, un tímido flaco y de nariz aguileña, que robaba el dinero del fondo común. Durante la última cena Jesús vaticinó su traición y, pasándole un pan, lo señaló. Treinta monedas de plata, el valor de un esclavo, fue el pago que recibió Judas Iscariote del Sanedrín (consejo supremo de sacerdotes judíos). Se habla de que quería instigar una revuelta contra Roma, otros más místicos dicen que lo tentó Satanás.

Para que los soldados supieran quién era Jesús, Judas lo besó en el huerto de Getsemaní. Hay versiones que dicen que Judas, al ver a su maestro condenado, se arrepintió e intentó devolver el dinero; ya no había nada que hacer; botó las monedas y se colgó de un árbol. La imagen de Judas suspendido en la soga es la imagen que desean los traicionados.

(Otra versión habla de que Judas compró un campo con el dinero con el que vendió a su maestro y que en ese campo se cayó y el cuerpo se le reventó).

No en vano Dante Alighieri, el escritor florentino, les asigna el último círculo de su infierno en La divina comedia a los traicioneros: un Lucifer de tres cabezas, atrapado en el lago Cocito y congelado por el frío de sus lágrimas traicioneras, se come eternamente a Casio y a Bruto, traidores de Julio César, y, por su puesto, a Judas, traidor de Jesús.

Esta historia conocida de Judas no ha sido ajena de especulaciones, conspiraciones y otros artilugios literarios. A todo traidor se le tacha de Judas. Por ejemplo, en Tres versiones de Judas —un cuento de Jorge Luis Borges disfrazado de ensayo—, se cuenta la historia de un heresiarca menor, un tal Neils Runeberg de Lund (Suecia), que escribió los libros Kristus och Judas y Den hemlige Frälsaren (Cristo y Judas y El salvador secreto, traducidos del sueco con ayuda de Google, ese otro personaje misterioso).

Se supone que Runeberg propuso tres versiones diferentes a lo largo de su vida para interpretar la historia de Judas. La primera, la traición de Judas ya estaba prefijada: ya estaba escrito su destino; la historia es una suma de acontecimientos en cuyo desenlace los seres humanos no tienen la libertad de decidir. Judas se sacrificó, como una pieza más del engranaje, como un paso más del camino hacia la crucifixión y luego hacia la salvación de los pecados: “Judas refleja de algún modo a Jesús”, se dice en el texto de Borges. Por tanto, no habría por qué achacarle los platos sucios al pobre de Judas si no podía hacer nada frente al destino prefijado.

En la segunda versión, Judas, el discípulo repudiado, se convierte en el mayor mártir de la humanidad, capaz de entregar incluso su espíritu al infierno con el fin de que Jesús cumpliera la misión que Dios le encomendó: “El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu”, dice el escritor. Lo cual quiere decir que Judas sería el asceta del mundo por antonomasia, el ser capaz de entregar su alma al diablo por amor. Muchos se han crucificado por amor; no cualquiera sacrifica su alma en el castigo eterno.

La tercera versión es la más loca, fruto de la extravagancia del ficticio Runeberg: Dios se transmutó en Judas para la redención de la humanidad: “Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas”. De modo que Judas es la versión monstruosa de Dios, rebajado al mundo traicionero de los seres humanos. En un mundo en que Dios está en todas partes, es cuanto menos extraño que no haya estado en el beso de Judas ni en la cuerda que le ahorcó el cuello.

Leer a Borges es otro ejercicio de exégesis (como el que hay que hacer para interpretar la palabra exégesis; con cierta asiduidad el lector de Borges se va contagiando del infinito círculo de exégesis borgeanas). Sin embargo la idea no es complicada. Ahí está, a manera de ilustración contemporánea, la ficción de Harry Potter y el papel que juega Severus Snape en ella.

El profesor de pociones Snape traicionó y asesinó a quien le dio la mano y le prestó ayuda: el director de Hogwarts, Albus Dumbledore. Pero el desarrollo de la trama muestra que esa muerte era necesaria. Más que eso, estuvo planeada: Dumbledore y Snape la pactaron para que, a fin de cuentas, la varita de Sauco —la más poderosa del mundo— le sirviera a Potter y no a Lord Voldemort. Voldemort confió en la lealtad de Snape al constatar que este mató a Dumbledore; no intuyó que, por el amor de Snape a la mamá de Potter, Lily, su lealtad iría más allá de la muerte y más allá de su propia buena fama. En suma, Snape es el Judas contemporáneo, el otro salvador secreto.

(HBO publicó por estos días el tráiler de la serie de Harry Potter, que será lanzada en diciembre de este año).

En una nota al pie del cuento, Borges cita a un tal Erfjord para decir: “lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo”. A juzgar por Jesús y Potter, quizás pase lo mismo con las ficciones.

Más que un vicio por la otra cara de la moneda, estas otras versiones de Judas invitan a pensar que, en ocasionas, al traidor y al enemigo no les antecede una deslealtad sino solo su mala fama (lo mismo, pero al revés, para el caso de los amigos). También que las mentiras delinean algunos atisbos de verdad, o solo complejizan las cosas, lo cual ya es mucho.

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  • Manizales, 1993. Es escritor, editor, periodista y politólogo. Autor de los libros ‘Donde el eco dijo’, ‘De noche alumbran los huesos’ y ‘Como un volcán entre los huesos’. Ha publicado textos de periodismo narrativo en revistas como El Malpensante, Vorágine, Universo Centro, Late, Literariedad, La Cola de Rata, entre otros. Algunos de sus textos de ficción han recibido reconocimientos. Trabaja como editor en Jaravela Editores.

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