El fin de semana pasado leí Un himno a la vida, el libro de 251 páginas de la editorial Lumen en el que Gisèle Pelicot narra su historia luego del juicio a 51 hombres —50 desconocidos y su marido—, por la sumisión química a la que la sometieron para grabarla y violarla. Lo leí todo de una sentada pensando en que no quería pasarme una o dos semanas leyendo una historia tan difícil y atroz que para ella dura ya casi seis años, si tomamos en cuenta que se enteró de los hechos en noviembre de 2020. O 50 años, si consideramos que la gran pregunta que ronda el libro es si algo de la vida que vivió con su marido fue real o no.
Por si alguien se perdió los detalles más relevantes de este horror: a Dominique Pelicot, el marido de Gisèle, lo descubrió un guarda de seguridad grabando a tres mujeres por debajo de la falda en el supermercado de Carpentras, de la población francesa de Mazán, en septiembre de 2020, el mismo año de la pandemia. El guarda lo reportó a las autoridades que decomisaron su teléfono celular y su computador y allí encontraron cientos de videos con las evidencias de 10 años de violaciones y los mensajes en los que ofrecía a Gisèle a desconocidos para que también la violaran.
En el intento de responder esa gran pregunta sobre la solidez y la estructura de toda su vida, Gisèle nos lleva del presente al pasado durante todo el libro. La vemos recibir la noticia de que su marido la droga y la viola, luego visitamos su infancia en la región de Azay-le-Ferron, llena de castillos en ruinas, una madre que muere muy temprano y un padre y un hermano signados por la tragedia, volvemos a Mazán para ver cómo su hija Caroline destroza las fotografías de la familia y regresamos al momento en el que conoce a Dominique a quien describe como un hombre tímido, agobiado por un padre tiránico.
Todo el recorrido es una búsqueda de pistas. Las pistas de la maldad que había en el hombre con el que se casó y que ella no vio, y las pistas de su propia personalidad que le impidieron protegerse a sí misma y a su familia. Ella sabe que no es responsable de nada de lo que le pasó. Lo sabe, pero no puede evitar cuestionarse. Es una duda con la que me identifico y con la que creo que pueden identificarse muchas mujeres: ¿qué es lo que hay en mí que hizo que esto pasara sin que pudiera evitarlo? Es un látigo imposible. Esa maldad que hay en los demás no nos pertenece, pero nos han enseñado que también es nuestra culpa.
A diferencia de lo que cuentan otras mujeres que han sido violadas o torturadas, Gisèle se salva en parte porque no recuerda lo que le pasó y porque evitó cuanto pudo mirar todas las evidencias de sus violaciones en los videos que pusieron durante el juicio. Varias de las personas que conoció después de que su marido fuera puesto preso no pueden entender cómo es que ella sigue en pie. Caroline, su hija, tampoco lo comprende y se lo reprocha. Gisèle evita a toda costa caer por un precipicio del que no sabe si podría salir y no se quiebra. No se lo permite. Elude abrazos cuando se siente vulnerable, pone todo su empeño en vestirse bien, se repite que su fortaleza es su alegría y su determinación de ser feliz. Si es capaz de mostrarse bien, entonces está bien. No es difícil de entender, las mujeres hemos sido formadas para el autocontrol y a veces lo llevamos al límite de lo saludable.
Se salva también gracias a muchos y los reconoce: el guarda de seguridad que detuvo a Dominique, que fue amenazado por algunos de los hombres inculpados en el caso, y que cuando la vuelve a ver se emociona y la abraza. El agente Lauren Perret que no pudo dormir durante varias noches pensando en las palabras que usaría para presentarle esta noticia. Los abogados Antoine Camus y Stéphane Babonneau que no la desampararon ni un solo día. Su amiga Pascale de quien se había alejado porque alguna vez le dijo que su marido no era quién ella creía. Su nuevo amor, Jean-Loup. Y las mujeres que se fueron agolpando a la entrada del juzgado, que llevaban pancartas, que cantaban para animarla y que entendían la gran ofrenda que Gisèle nos hizo a todas al pedir un juicio abierto. Ella comprendió que exponer este horror era la única manera real que tenía para protegerse y al hacerlo nos ayudó a protegernos a todas.
El libro deja la duda sobre si la familia será capaz de salvarse. Esto es incierto. Es mentira que la tragedia une, nos dice Gisèle. La relación con dos de sus hijos, Caroline y David, va y viene. Las dudas sobre si Dominique violó o no a Caroline y a uno de los hijos de David probablemente no los abandonen nunca. Él lo niega, pero cómo creerle a un padre que ha herido tanto.
No es un libro fácil. Da mucha rabia. A Dominique Pelicot le imponen una pena de 20 años por los delitos de violación, sumisión química, por la violación de otra mujer, por las fotos que les tomó a Caroline y a sus dos nueras, y otros delitos conexos. Es la pena máxima por este crimen en Francia. 20 años. A los otros 50 hombres les impusieron penas de 13, diez, nueve, ocho, seis y tres años. Algunos de ellos no entrarán a la cárcel. La pena máxima en Francia por otros delitos, como el asesinato, es la cadena perpetua. El libro dice que este es el juicio a lo que conocemos como la cultura de la violación. Es imposible dejar de pensar que esas penas desconocen que asesinarnos no es lo peor que otra persona nos puede hacer.