Confesiones de un viejo llorón

25 de enero de 2026

No me atrevo a llorar en público porque fui criado en los tiempos donde los hombres no llorábamos y debíamos reprimir nuestras emociones.
Compartir publicación en

Esta es una confesión: a mis 48 años creo que no había llorado tanto como entre el 2024 y el 2026. Es más, por un tiempo creí que tenía los lagrimales atrofiados porque, por más dolor físico o emocional que sentía, no derramaba una lágrima; ni cálculo renal ni divorcio lograron escurrirme los ojos. Pero a finales del 2024, tras ganarme un premio nacional de periodismo, llegué a casa y lloré mares. Lloré de soledad porque no tuve a alguien con quien compartir ese momento; en mi desconfianza y autosaboteo constante no invité a nadie, ni siquiera a mi familia, porque no creí que fuera a ganar y lo último que quería era condescendencia —“mira, habrá una próxima oportunidad; el próximo año será el tuyo; el ser nominado ya es un honor”. Sentado en el mesón de la cocina, con el trofeo al frente, me comí una pequeña lata de atún que sazoné con el agua sal de mis órbitas oculares.

Desde entonces mis lagrimales se hiper excitaron y, al más mínimo gesto de sensibilidad, abren el grifo. Lloro tras hacer videollamada con mi hija. Cuando mis sobrinos se me hacen al lado a hacerme preguntas y buscarme juego. Cuando veo esos arreboles naranjas del atardecer. Cuando leo un poema. Cuando veo una injusticia en las noticias. Cuando me lastiman. Cuando pienso en mis viejos y en mis hermanos. Cuando estoy solo y mi perra se me hace al lado para confortarme. Cuando le digo a mis amigos que los quiero, así ellos no me tomen en serio. Estando en el mar de la Alta Guajira, en una noche estrellada, y con el fitoplancton bioluminiscente flotando a mi alrededor. Viendo la Luna, como hace poco en fin de año, que tuve que fingir que había bebido más whisky del recomendado, pero no llevaba ni una copa. Repasando películas como Annie Hall, de Woody Allen, a la que ya me le conozco los diálogos y que es una comedia. Incluso, en este momento, mientras evoco estos recuerdos, se me encharcan los ojos. Me convertí en un viejo llorón.

Eso sí, lloro en privado. Voy a un baño, finjo que haré una llamada, una irritación ocular o una alergia inexistente. Y el pañuelo —que en realidad es un trapo— que suelo cargar como acto de caballerosidad para ofrecerlo a quien lo necesite en ese momento, se me convirtió en accesorio imprescindible de mi vestimenta. Ya tengo cuatro, para estar rotándolos mientras los otros se lavan. No me atrevo a llorar en público porque fui criado en los tiempos donde los hombres no llorábamos y debíamos reprimir nuestras emociones. Todavía me las trago, pero parece que el recipiente en el que las metía se saturó o se hizo más chico y ahora se desborda con facilidad. Es una situación vergonzosa para mi Yo de antes, que se jactaba de ser muy racional y seco. Un “vulcano”, para ponerlo en términos trekkies.

Lloro pero no berreo. Tampoco voy por ahí dando alaridos como alma en pena, o como algunas personas que se graban y comparten en redes sociales sus lagrimones de telenovela, con el fin de conectar con audiencias a las que les gusta el drama y la lástima. Buscan una falsa empatía, pero son limosneros de likes. Por eso les pido que me disculpen esta confesión tan pública, aclarando que no busco que, si en algún momento me ven por ahí, se acerquen a abrazarme o a tratar de consolarme. Lo más probable es que los mande a la mierda. Si me quieren apoyar, en Barequeo tenemos una Vaki. Sin embargo, sentí la urgencia de contarles esta intimidad, no sé por qué, pero tal vez sea porque el poeta Ovidio dijo: “Es un alivio llorar; las penas se desahogan y son arrastradas por las lágrimas”, y hasta ahora me doy cuenta de que cargo penas que necesitan desahogarse. Snif.

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.
  • Periodista y diseñador industrial. Profesor en la Universidad de Manizales. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Orlando Sierra Hernández” 2024.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: [email protected]

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas, Alejandro Samper Arango y Camilo Vallejo Giraldo.