La foto que faltaba

El domingo 16 de octubre de 1960, cinco meses después de que sacaran a Eichmann de las afueras de Buenos Aires, Tandil amaneció con una bandera nazi izada en el Parque Independencia.
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El domingo 16 de octubre de 1960, cinco meses después de que sacaran a Eichmann de las afueras de Buenos Aires, Tandil amaneció con una bandera nazi izada en el Parque Independencia. Roja, con la cruz gamada en negro, colgaba del mástil, debajo de la bandera argentina, a más de veinte metros de altura. Nadie se hizo cargo de haberla izado, pero alguien tuvo que hacerse cargo de bajarla, y yo prefiero imaginar quién.

Hay gente que camina mirando el suelo y gente que camina mirando para arriba. Los primeros se llevan a casa monedas y llaves perdidas; los segundos ven lo que pasa por encima de sus cabezas. Aquino Barraza, carpintero, de boina y de andar erguido, era de los segundos. Cruzaba el parque todas las mañanas, camino al bar, y por eso fue el único (o el primero, es imposible saberlo) que levantó la vista y allá estaba, la bandera nazi mezclándose con el celeste y blanco. Se quedó clavado, con el saco ondulando, compartiendo el mismo aire que ese pedazo de trapo rojo, sin poder moverse de ahí.

Seguramente, como todos los días a esa hora, Witold, dueño del bar El Polaco, ya había sacudido la mesa y puesto unas tostadas con berenjenas al escabeche en un plato playo de bordes azules. Esperaba parado detrás de la barra, con un codo apoyado en la madera y el repasador al hombro. Aquino llevaba quince minutos de retraso. En diez años nunca había faltado a la cita ni llegado tarde. Siempre entraba golpeando la boina contra las rodillas (para desempolvar el alma, cuentan) y pedía lo habitual. Witold se acercaba con su cara larga. Aquino sabía muy bien del horror de la guerra que había traído al polaco a la Argentina, y de ahí el chiste: «Cambiá la cara, polaco, que entró un amigo». Pero ese domingo la puerta no se abrió. Aquino estaba a unas cuadras, mirando para arriba.

Aquino se mantenía en pie, como una estaca, pensando en los muertos, en los campos de concentración, en toda la sangre que se había sembrado por el mundo. Se acercó al mástil, palpó el metal, quiso forzar la roldana, pero el cable estaba tenso y trabado con un candado. Era un hombre que no decía malas palabras, pero se le escapó una. Bajó corriendo por la calle empinada del parque y enseguida se topó con un policía. Aturdido, le pidió por favor que lo llevara a hablar con el intendente.

—¿Vos te creés que los intendentes laburan los domingos? —le contestó el policía, y siguió su ronda, riéndose.

Aquino pensó en decirle lo que flameaba arriba, que no debía estar ahí ni en ningún sitio, pero se convenció de que era gastar pólvora en chimango (acá en Colombia diríamos gastar pólvora en gallinazo). Resolvió ir a buscar a los muchachos. Herramientas, seguro, el polaco tenía.

Llegó al bar sin aliento. No saludó. Pidió una maza o algo que sirviera para romper un candado. Los cuatro que estaban, el polaco, Lole, Pantera y Patocho, se lo quedaron mirando. Aquino era un hombre de bromas, pero esa mañana no estaba para ninguna. Era un socialista de armas tomar, muy decidido, y por eso mismo lo respetaban y por eso mismo nadie preguntó nada.

—Cerrá el boliche, Witold, y subamos al Rastrojero.

Cargaron las herramientas y se acomodaron como pudieron. Adelante, el polaco al volante y Aquino en la ventanilla; arriba, en la caja, Lole, Pantera y Patocho, cada uno agarrado de un fierro distinto. Witold quiso saber adónde carajo iban.

—Al parque. Y apurate, que vos más que nadie tenés que ver esto.

—¿Yo? ¿Y yo qué tengo que ver? Venía bien la mañana hasta que caíste vos, che.

El diésel tosía y largaba humo por todos lados. Atrás, en la caja, los muchachos hacían muecas de no estar entendiendo nada. Pantera, tapando la llama del fósforo con la mano, se las ingenió para prender un pucho.

Estacionaron al costado del Jardín de la Paz, que está antes de la entrada al parque. Aquino iba haciendo señas de que se apuraran. No había ni un alma. Todos bajaron y vieron flamear ese trapo.

Esta vez fueron todos los que cambiaron la cara. A Pantera se le coló el humo del pucho en un ojo y empezó a lagrimear. Patocho sostenía su herramienta como un sicario. El polaco lloraba.

Witold agarró la maza y se fue contra el candado. Golpeaba con todas sus fuerzas y muchos de esos golpes no los atinaba. Se mordía los labios y las chispas le iluminaban los ojos llorosos. Nunca nadie lo había visto así, partido al medio. No dejaba de gritar: «Nazis hijos de puta, hijos de puta».

El candado cedió y Patocho tiró del cable con una rapidez que no era propia de él. Cuando la esvástica le llegó a las manos, sus puños se cerraron, estrujándola.

Witold dejó la maza y sacó el encendedor del bolsillo. Todos entendieron. Patocho abrió los puños y la esvástica cayó al cemento. Hicieron falta dos intentos y empezó a arder, en el suelo y en los ojos del polaco, que seguía gritando lo mismo, ya casi sin voz.

Volvieron al bar y llenaron los vasos de cerveza. Nadie hablaba, estaban cansados, como idos. El polaco seguía llorando y le pidió un cigarro a Pantera. Todos brindaron. Cada uno lo hizo con lo suyo: un recuerdo, algo que deseaban olvidar o vaya a saber por qué, pero todos lo hicieron mientras se miraban a los ojos.

Se sintieron, por un rato, la resistencia.

El polaco se llevó el repasador al hombro derecho, miró la mesa y se perdió en el ventanal.

El miércoles, el diario El Eco publicó la carta de un lector indignado con los «nazis criollos». De cinco hombres y una maza, ni una línea.

Nunca supe si pasó así. Existe una foto: un hombre en lo alto, descolgando la bandera nazi. La argentina se ve arriba, celeste y blanca, ondeando libre. De la hora no se sabe nada y esa es la versión que quedó.

Hoy no hace falta trepar a ningún mástil. Se habla de patria, de orden, de libertad, y el que lo dice lleva saco y corbata y se declara liberal. Lo que propone se vota y se aplaude como sentido común, y cuando alguien lo señala con el dedo, enseguida se encargan de decirle que exagera. Es el mismo trapo, solo que ahora viene doblado y sin cruz.

Al principio dije que hay dos clases de personas, las que caminan mirando el suelo y las que caminan mirando para arriba. Me equivoqué, hay una tercera, y son muchos: los que ven la bandera, saben qué es, y miran para el costado. Lo leí hace años y no recuerdo dónde: al fascismo no se lo combate porque se le pueda ganar, se lo combate porque es fascista. Esta noche pienso en los cinco muchachos. Sesenta y seis años después, levanto el vaso con ellos. Patocho me guiña un ojo. El polaco me pone el repasador en el hombro derecho. Salud, digo. Y alguien saca la foto que faltaba.

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  • La foto que faltaba

    Tandil, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1985. Vive en Manizales desde 2023 y se dedica al agenciamiento cultural. Es lector apasionado, escritor y cocinero.

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