No bebas, amigo
Un sobrio perfil de El Caballero Gaucho»
En un pasaje del tercer libro de La República, dedicado a la educación ideal para un guardián, Platón prohíbe la música lastimera y la embriaguez: había que silenciar a quienes no ejecutaran las melodías apropiadas para un gobierno de la sabiduría. Aunque Platón fuera, como afirmó Karl Popper, un bastardo, por lo general sabía lo que decía. Para ilustrar cuánta razón tenía el discípulo de Sócrates respecto a la forma en que cierto tipo de música propicia la melancolía, la ebriedad y la acción inútil, basta pasar del ágora ateniense a los pueblos del Eje Cafetero y ver lo que ocurre mientras suenan las canciones de Luis Ángel Ramírez, El Caballero Gaucho.
En cualquier esquina, en las estaciones de jeeps, en los buses y taxis, en los velorios, en los bautizos, en cada rincón de Quindío, Caldas, Risaralda y en ciertas partes de Antioquia, Valle y Tolima, estas canciones son el permanente ruido de fondo de la vida de los borrachos desde hace más de cincuenta años. Decía Hegel que si pudiéramos acceder a los sueños de la gente de cierta época tendríamos una visión muy aproximada del espíritu de ese lugar y tiempo. En el caso de esta región, al escuchar esas canciones podemos asomarnos a lo que sueñan casi tres millones de almas perdidas.
La ironía elude a quien la busca. Las mentalidades literales y melodramáticas, en cambio, la encontrarán sin darse cuenta. Uno de los casos más impresionantes que conozco es el de este cantante y sus seguidores. Durante décadas, varias generaciones de borrachos hemos sido impulsados al delirio alcohólico por las notas y la letra de No bebas, amigo:
No bebas, que no vale la pena, las copas no ayudan a olvidar. Amigo, no bebas demasiado…
El consejo, desde luego, tiene su sabiduría, puesto que, como lo señaló Jerzy Lec, «es posible cerrar los ojos a la realidad, pero no a los recuerdos». Debería apuntar aquí, de todos modos, que El Caballero Gaucho, el presidente perpetuo de una tierra alcoholizada por su música, no bebía. Además de ser el intérprete de lo que Gustavo Colorado llama «la banda sonora del Eje Cafetero», Luis Ángel Ramírez encarna la paradoja neurótica de una zona particularmente alcohólica en un país alcohólico. Su carrera como cantante transcurrió de acuerdo con los cánones de lo que por aquí llamamos «un hombre de bien, entregado a su oficio»: sin escándalos, sin bebida y dedicado a sus familias sucesivas (se casó tres veces). Mientras tanto en las cantinas, los prostíbulos y los billares, debajo de los parlantes que escupen su música a todo volumen, quienes crecimos con sus canciones nos hundimos en el pantano absurdo de nuestras pequeñas mentes atormentadas por nada.
En efecto, el Caballero representa el extremo más conservador de esta región conservadora y, al mismo tiempo, es el motor sobrio del lado borracho y anarquista de una zona que también es anarquista. Esta paradoja ha sido señalada ya muchas veces. George Orwell, por ejemplo, apuntó que la utopía anarquista desemboca en el despotismo, puesto que el poder aborrece el vacío y siempre lo llena con la fuerza. En el Eje Cafetero (y, ya que estamos prendidos, sigamos: también en Colombia) somos conservadores porque honramos el poder y la fuerza, y despreciamos la impotencia y la debilidad precisamente porque somos pobres, impotentes y frágiles como una flor. La noción de ley que domina por estos lados es la del más fuerte, que no es ninguna ley. Nada está permitido, ni el más pequeño gesto que delate una emoción, excepto si estás borracho. La solución entonces es estar ebrios la mayor parte del tiempo.

* * *
Luis Ángel Ramírez nació en 1917, en lo que todavía era el Viejo Caldas (que en 1966 se dividió en los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda). Hijo de don Pedro Antonio Ramírez, propietario de un granero en Pereira, y de doña Carmen Emilia Saldarriaga. Su infancia y juventud transcurrieron según los cauces naturales de un lugar caracterizado por lo que los progresistas llaman «falta de oportunidades»: mucho trabajo y poca plata. Asistió durante dos años a la escuela primaria, hasta que su padre sufrió un derrame cerebral y Luis Ángel tuvo que ponerse a trabajar como cargador de maletas, jornalero rural y carpintero. A los 16 aprendió a tocar la guitarra, y luego conformó junto a compañeros de trabajo grupos con los que se presentaba en bares y emisoras.
A finales de los años treinta, Mario Arango, dueño de una estación local y representante de la RCA Víctor, lo contrató para que cantara regularmente en su emisora. El programa en el que Luis Ángel Ramírez cantaba todas las noches, después de trabajar en alguno de sus muchos oficios, se llamaba La voz de la pampa. Con frecuencia llegaban cartas preguntando por «ese cantante de voz arrastrada», y Mario Arango decidió que era necesario ponerle un nombre más sonoro. Alguien le sugirió que «El Caballero Gaucho» era perfecto, por su «voz pampera» y porque interpretaba «tango criollo». Lo de la pampa y el tango puede sonar lejano, pero hay una vieja relación de admiración y sintonía sentimental entre el pueblo cafetero y el argentino. En esos años, los cantantes locales imitaban a figuras como Agustín Magaldi o Carlos Gardel. (Todavía en Manizales, Pereira y Armenia se organizan festivales y concursos de tango, sobre todo de baile, pero una vez terminada la función nos vamos a oír al Caballero Gaucho a las cantinas).
Unos años más tarde, a comienzos de los cuarenta, Arango compró una prensadora de discos y comenzó a grabar los primeros álbumes de El Caballero, de Óscar Agudelo y de algunas figuras menores. Iba a escribir que en ese momento comenzó su carrera artística, pero la relación de Luis Ángel Ramírez con la música como profesión fue siempre ambigua. Desde sus inicios tuvo problemas con su primera esposa porque a ella no le parecía apropiado que un hombre que podía vivir de una profesión intachable como la ebanistería se dedicara a componer y cantar canciones de borrachos. Y aunque grabó más de dos mil discos, compuso un número similar de canciones y dio conciertos por casi toda Colombia, siguió ejerciendo como ebanista durante muchos años. No era raro, por ejemplo, que durante un concierto hiciera un alto, dejando por un momento en vilo a los asistentes en su trance dipsómano, para llamar a su taller y preguntar cómo iban los muebles para un encargo que tenía pendiente.
En 2006 intenté un acercamiento con la idea de escribir un perfil del Caballero. Pero, gracias a su amabilidad, a su cortesía absoluta, resultó imposible. Siempre me recibió en la sala de su casa en La Virginia (un municipio donde transcurre la novela más rara de la región: Risaralda, de Bernardo Arias Trujillo —un borracho manzanareño—), ni un paso más allá en su vida privada. En cuanto a su vida, a sus familiares y allegados tampoco pude pasar de los diálogos y los datos más superficiales. Siempre redujo nuestra relación a la de periodista y entrevistado, y no pude siquiera pillarlo en un pequeño momento de intimidad espontánea: todo era preparado, hasta los habitantes más anodinos de La Virginia, los borrachos en las cantinas, repetían las mismas frases de solapa de disco. Luego Fernell Ocampo publicó La vida oculta del Caballero Gaucho, una biografía que le hace honor al título solo porque no cuenta nada que no pudiera saberse ya. La vida oculta es precisamente la parte que no quedó registrada.
Recuerdo que cuando lo visité por primera vez en su casa vi las puertas, las paredes, el piso, todo adornado con tallas de madera hechas por él mismo. Pensé: tanto gusto por las formas, tanto afán por congelar una rima, por tallar una ramita o una flor en un madero, algo, cualquier forma discernible, el único pequeño triunfo que es posible contra el caos.
Esa tensión a punto de romperse, ese equilibrio frágil en medio del delirio, ese clima físico y espiritual quedan perfectamente retratados en este poema de Camilo Jiménez, escrito a propósito de la música del Caballero Gaucho:
Tarde de domingo
La voz delgadita y en falsete del Caballero, ¡ay!
Los ojos cerrados y el ceño fruncido del tipo de bigote, botas y mano gorda agarrando la copa, ¡ay!
El que tiene la cabeza sobre la mesa desde hace horas
la levanta y tumba
una de las 30 botellas de cerveza que tiene al lado,
¡ay!
Huele a orines.
Aquellos están que se fajan a machete.
* * *
Eso que algunas personas llaman «música de cantina» no parece pertenecer a ningún género. Las denominaciones que ha recibido a lo largo de los años reflejan esa incertidumbre. Uno de los nombres más viejos que recibió es «guasca», que se refiere a la música de cuerda que les gustaba oír a los campesinos desplazados por la violencia política de los años treinta y cuarenta cuando se reunían a beber en los arrabales de las ciudades (los urbanitas llamaban «guascas» a las gentes de zona rural). Otra denominación es «música de carrilera», porque muchos desplazados sobrevivían como nómadas buscando las cosechas de algodón en la costa atlántica, luego el café en el centro occidente del país y, después de los años setenta, recogiendo y raspando hoja de coca en el sur. Antes de que abrieran buena parte de las carreteras actuales, esos recorridos se hacían en tren. En las estaciones había cantinas donde todo el tiempo sonaba esta música degenerada sin género.
Un estudioso de esta historia, Alberto Burgos, dice que la música de carrilera, el tango criollo, la guasca, toda esta música surgió porque los campesinos estaban acostumbrados a oír la radio día y noche. Y lo que allí sonaba eran principalmente las rancheras y los huapangos mexicanos y algunos tangos argentinos. Cuando los campesinos querían interpretar esas canciones, lo que salía era una cosa totalmente distinta: una parodia involuntaria de esas melodías foráneas, que los parlantes repiten sin cesar hasta el día de hoy. Una música primordialmente de cuerdas (tiples, guitarras y violines), que algunas pocas veces es acompañada por un acordeón o un bandoneón, y algunas otras por unas trompetas lánguidas como de ranchera agonizante. En el caso de El Caballero, la voz delgada y nasal, con un brillo metálico al fondo, similar al ruido que producen los techos de zinc cuando son sacudidos por el viento, termina siempre en quejidos lastimeros pero falsos.
* * *
La vida no ocurre solo en la mente, pero es solo allí donde importa. Esta es la nuez tautológica de la que se nutre todo el idealismo. La memoria es como la espuma en la cresta de la ola y todo lo que olvidamos y permanece inconciente es la masa acuática que nos sostiene, que hace posible la pequeña espuma.
Las muchas contradicciones que encarna El Caballero Gaucho (el contraste rotundo entre su vida y lo que canta, y entre sus buenas costumbres y lo que hacemos a diario sus oyentes) son apenas naturales en una tierra donde el principal mecanismo para enfrentar la realidad es darle la espalda. La versión de la vida que nos contamos los habitantes de esta región del país —por lo menos los habitantes rurales o los que crecimos con esta música— no es nueva: un ideal absurdo del honor sin fisuras para los hombres, y de pureza para las mujeres; una frustración evidente en ambos casos; un lamento constante y la conclusión, no siempre aceptada con sinceridad, de que la vida es una seguidilla de desgracias. Todo esto pasado por el trago y la negación, ante todo mucha negación. Y que luego pase lo que Dios quiera.
Una vez un amigo llevó a su papá a una sesión de Alcohólicos Anónimos con la esperanza de que allí pudiera encontrar una vía para salir de un remolino suicida de alcohol en el que se había metido. Mi amigo esperó afuera y, cuando su papá salió, le preguntó qué le parecía. El padre le dijo: «Yo no puedo entrar a esto porque lo primero que uno tiene que hacer es pararse al frente y decir que tiene un problema, y yo no soy capaz de hacer eso». Las autoridades de Caldas, Risaralda y Quindío siempre han manifestado una conducta igualmente neurópata (bueno, también las de Antioquia, Tolima y todos los demás departamentos, así como el gobierno nacional. Baste recordar la metáfora negacionista preferida de las autoridades políticas y militares colombianas para referirse a los horrendos crímenes que perpetran a menudo: «Fueron unas manzanas podridas»). Basta con que un periódico publique algún dato desagradable —sobre la cantidad de homicidios, o de prostitutas, o de tráfico de menores o de narcotráfico—para que corran a desmentirlo. En un último recurso, ante la tozudez de la realidad, como un borracho que no quiere irse, piden que por favor nos fijemos en las cosas buenas.
Un buen ejemplo es el del municipio de Aranzazu, que presenta desde hace años una cantidad muy alta de enfermedades mentales, particularmente de trastorno bipolar, pero a nadie se le ha ocurrido que sea un asunto que deba tratarse médicamente. A un observador desprevenido podría parecerle que toda la zona, un fin de semana, es un sanatorio de gente dormida encima de las mesas de las cantinas. Pero la sola idea de enfermedad mental es dudosa por estos lares: uno tiene que aguantar lo que sea, y las únicas explosiones permitidas son las etílicas. Me temo que los datos sobre la singularidad de Aranzazu en cuanto a la locura se deben a que ha sido mucho más estudiado por médicos y psiquiatras que el resto de los municipios de la zona. Pero si hicieran lo mismo con estos, quizá tendríamos el resultado paradójico de que lo normal por aquí es estar loco.
Los hombres van a los bares de esta zona a emborracharse hasta perder el sentido. Llega un momento en que parecen muñecos tirados sobre las mesas. Cuando se desata una pelea, sin embargo, cobran un dinamismo instantáneo y se propinan machetazos hasta que uno de los dos (¿el perdedor?) cae al borde de la muerte. La escena se repite con botellazos y, con menos frecuencia, con revólver o pistola.
Los hombres no lloran. O si lo hacen, tiene que ser por una razón aplastante. En una de sus canciones más sonadas, El Caballero canta:
No muestres tu dolor no seas cobarde.
Niega que sufres
y tu pena esconde.
Luego se queja porque esa es la prédica de todo el mundo, de quienes no entienden que
cuando llora un hombre es que no le queda ninguna esperanza
He visto a tipos que reciben un machetazo con lo que parece ser una sonrisa llorar sin consuelo sobre una mesa al oír las letanías de El Caballero.
Las mujeres son a un tiempo misteriosas y pérfidas. No puede saberse lo que anida en el corazón de una mujer, pero sí puedes estar seguro de que es mejor no enamorarse de ellas: siempre pagarán mal. En un raro, quizás único momento de humor, El Caballero comienza su Alma de mujer con el viejo y fácil chiste masculino:
Yo sé qué es lo que anuncian las estrellas, cuando salen marchitas en oriente.
Yo entiendo el vago ruido de la fuente en su fugaz correr.
Y entiendo muchas cosas de la vida, mas no sé de secretos sobrehumanos, la traición que se oculta en los arcanos de un alma de mujer.
Estas mismas mujeres incomprensibles son seguidoras apasionadas de estas tonadas y cantan a voz en cuello letras misóginas sin inmutarse. Pero también la efusión emocional es un síntoma de inautenticidad. No le creemos del todo al que se queja, tampoco al que presume su alegría. Una vez un amigo machista y bruto, como todos los que crecimos bajo la orientación espiritual del Caballero Gaucho y compañía, me dijo que una razón para dudar de que las mujeres tienen sentimientos es lo histriónicas que son. Como no tienen sentimientos, decía, deben fingirlos y por eso se les nota tanto. Le dije que muchos hombres también somos melodramáticos. Y me respondió: «Exacto, a mí no me gustan las mujeres porque hablan como maricas».
Para ayudar a preservar la poca integridad psíquica que nos queda, además del amor destructivo está el consuelo que ofrece la creencia en Dios. Sin embargo, casi todas las evidencias nos indican que no hay a quién recurrir o que, si hay alguien, no tiene por qué importarle nuestro destino, como a nosotros no nos importan las hormigas. Desde el libro de Job hasta las quejas anónimas por el aspecto general del mundo, todo creyente sincero roza la blasfemia en algún momento. En Mi mala estrella, El Caballero Gaucho canta en primera persona el destino de un desgraciado, que es todos los desgraciados, y remata con la eterna pregunta blasfematoria:
Nací con mala estrella, nadie un favor me apunta, y la piedad del cielo también me abandonó.
Perdóname, Dios mío,
si te hago esta pregunta:
¿Por qué el dichoso muere y el que padece no?
En relación con la música y la actitud de Erik Satie y algunos de sus contemporáneos, Alex Ross escribió: «Su llaneza era urbana, no rural: frivolidad con una fuerte impronta militante». Exactamente lo contrario puede decirse de la música de El Caballero y sus coetáneos —Óscar Agudelo, por ejemplo—. Su llaneza es rural, no urbana: gravedad sin compromisos. No hay militancia estética ni ética ni política. Es el solo recuerdo de que la vida termina en la muerte y en medio están las penas, de que el pobre sufre más que el rico, de que el mundo es injusto y no hay nada que hacer.

Uno de los logros más notables de El Caballero es Viejo juguete, una cima del melodrama: la historia del niño pobre que, al correr por un juguete que un niño rico ha tirado a la calle, es atropellado por un carro. Una canción que ha hecho llorar a varias generaciones. Es uno de los éxitos que más suena en las navidades del Eje Cafetero, una época del año en la que las riñas, los homicidios y los suicidios se duplican. El Caballero repetía la historia de que esta canción le fue inspirada por un suceso real: mientras estaba viendo la calle desde la ventana de un hotel en Medellín, vio el suceso que la canción relata y, transido de dolor, escribió la canción allí mismo. Decía Mark Twain que la diferencia entre la ficción y la realidad es que la ficción debe ser creíble. Por eso, podría ser que esta historia truculenta y sensiblera no haya ocurrido en realidad, pero eso no importa. Las verdades más duraderas sobre la condición humana, las verdades más profundas sobre la sociedad, no las encontramos en las arduas ciencias sino en el mito y el melodrama y el lugar común. Porque no son verdades, son las falsedades que nos estrujan.
El entusiasmo con el que Dylan Thomas canta que la muerte no tendrá dominio cuando todo haya pasado solo puede entenderse como una mueca irónica, o como el consuelo de quien agoniza. Y aun como ironía falla. Cuando se trata de la aniquilación, de la nada, los únicos acordes que parece tocar la mente son las viejas obviedades de la desaparición y el exterminio:
Todo es un espejismo pasajero incienso en el altar de la mentira,
canta El Caballero en Espejismo.
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Filósofos y antropólogos, en la búsqueda de un rasgo que nos diferencie del resto de la naturaleza, han señalado la sociabilidad, la razón, la conciencia. Y en cada caso la evidencia nos niega el lugar especial, la tierra prometida donde no somos más estos animales desesperados, porque siempre aparece el aguafiestas que nos recuerda lo que ya sabíamos: que otros animales piensan, viven en comunidad y son concientes; y que finalmente somos estos animales perdidos que no queremos ser. Pero todavía parece quedar un reducto: el humor. Roger Scruton afirma con seguridad, por ejemplo, que «la risa pertenece solo a los dioses y los hombres, no a las bestias». Sea lo que fuere, lo que sí parece cierto es que si algo nos une al resto de la naturaleza es el llanto. Hay algo primitivo, ingobernable en los gritos de dolor, los aullidos y las lágrimas. Son lo que nos devuelve a nuestra condición de animales advenedizos que estamos aquí sin una razón y que desapareceremos de forma igualmente arbitraria.
Pero en la lucha entre la civilización y la naturaleza, esta siempre triunfa. Borges dijo que Dios, que salva el metal, salva la escoria. Esta ley de la supremacía de lo abyecto parece gobernar también en lo que llaman el mundo de la cultura: no son los poetas sofisticados los que perduran, ni los ironistas ni los filósofos abstrusos. Son aquellos que repiten las mismas letanías desde hace siglos. Cuando la gente haya olvidado a Oscar Wilde o a Borges, todavía leerá el Génesis o el Eclesiastés. Todos los gestores culturales progresistas del Eje Cafetero se han estrellado contra este enigma: la gente no va a festivales de jazz ni de teatro ni de literatura o filosofía o música clásica, ni siquiera con entrada gratuita. Pero en los conciertos de música de carrilera o del Caballero Gaucho y sus discípulos los estadios rebosan de gente borracha, mujeres y hombres por igual.
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La última vez que vi al Caballero fue en Pensilvania, Caldas, en 2012. En el pueblo conformaron una orquesta sinfónica estudiantil, pero eso cuesta y es difícil convencer a la gente de que la plata gastada en profesores e instrumentos musicales, distintos a guitarras y tiples, rinde algún beneficio. Es más difícil convencer a un político, pues él necesita votos, y la música clásica puede dar muchos frutos, pero no en las urnas. Así que un grupo de personas organizó un concierto del Caballero Gaucho y otros cantantes para recaudar fondos para la sinfónica.
El espacio acondicionado para el concierto era bastante amplio, pero no alcanzó. Fue gente de Manzanares, Marquetalia, Samaná, Manizales, de todos los municipios vecinos y otros más lejanos. Había además la sospecha de que era la última oportunidad de oír en vivo al Caballero, ya que tenía 95 años. La gente que no alcanzó a entrar en el tumulto que se formó en la zona del concierto, sacó mesas a la calle y sintonizó la emisora local en la que se transmitía el concierto. Mujeres, hombres y niños estaban esperándolo. Luego de varias figuras menores, entró en escena El Caballero Gaucho, anciano, lento, pero cuando comenzó a cantar todos sentimos el mismo torrente, eso que todavía nos estruja a pesar de la repetición insoportable (o gracias a ella). Fueron catorce canciones, él estaba muy viejo, pero no importaba. Todos estábamos borrachos, no sé si decir contentos, pero queríamos más. Un amigo, uno de los organizadores del concierto, le pidió que cantara otra tanda. El Caballero le dijo que estaba dispuesto a interpretar otras catorce canciones, pero que cobraría más porque los músicos que lo acompañaban (unos ancianos al borde de la tumba) no estaban ganando mucho. Pidió 500 mil pesos (una cifra ridículamente baja) y cantó la tanda adicional. Un año después, el 9 de agosto de 2013, Luis Ángel Ramírez, El Caballero Gaucho, murió en Pereira.
Su vejez y muerte cierran el libreto de su vida con la misma contradicción que la rigió: en una de sus más melancólicas canciones, Miedo a ser viejo —que cuando suena en la cantina nos hace pensar que lo mejor sería pegarse un tiro justo en el umbral de la vejez—, canta lo que sigue:
Qué pena que siento de volverme viejo, como un árbol seco convertido en leños. Ya sin ilusiones y a merced del tiempo,
llegará el invierno, se enfriarán mis huesos, y vendrá la angustia de sentirme viejo.
Pero no fue su caso: vivió hasta los 96 años con una salud de hierro, su última esposa era una bella mujer casi cincuenta años menor que él, y no sintió el frío sino el calor del amor de hijos, nietos y amigos que lo quisieron buenamente. La canción es verdadera para los borrachos avejentados que lo siguieron y lo seguimos desde las mesas: murieron y moriremos, si llegamos a viejos, como el árbol seco, vuelto…
…solo un tronco viejo, carcomido y pobre, tirado en el suelo.
* * *
Unas vidas que transcurren entre el campo, las montañas y las cantinas. Largos intervalos de sueño pesado pero nada reparador, con momentos de vigilia en los que se levanta la mirada para, como dice Eroféiev, beber «tirando hacia atrás la cabeza como un gran pianista». La voz de El Caballero siempre desemboca en un lamento, y los acordes de tiples y guitarras también son gemebundos. Platón tenía razón: como si un alma fuera una proyección de la música que la penetra, hay una simetría entre lo que sale por los altoparlantes y lo que ocurre en las mesas.
Kierkegaard sugirió que uno de los rasgos distintivos de la experiencia humana es el deseo de repetición. A través de la repetición, los fenómenos entran a formar parte de la vida y es así como accedemos a su significado: no racionalmente, sino mediante la inconciencia, la recepción continua, como lo hace el cuerpo con el alimento. Aunque suena todo el tiempo, la gente no escucha la música de El Caballero. No se celebra un festival de este género, y no podría ser en sentido estricto un festival, sino la triste comunión de siempre entre un grupo de borrachos convocados por la inercia. La repetición ha hecho que estos acordes arranquen la verdad desnuda de esas vidas, nuestras vidas: un espectáculo patético y ridículo. Pero no se puede vivir con la verdad desnuda. Así que, por favor, sirvamos otro trago.
Una versión corta de este artículo fue publicada originalmente en marzo de 2014, en el periódico Universo Centro.

Alcaldes que despachan desde cantinas y prostíbulos; profesores de matemáticas que no saben multiplicar pero enseñan a embridar caballos; filósofos que practican su profesión de pensadores «viajando mente adentro en una mesa»; un ajedrecista que derrota campeones mundiales y vive y muere en la calle.
En esta segunda edición de Grandes borrachos colombianos Pablo Rolando Arango corrigió y agregó algunos pasajes, e incluyó una serie de artículos que había escrito por encargo o por accidente: una crónica de la que pocos escritores podrían salir ilesos, en la que una revista le pide a Arango que vaya y se emborrache a punta de alcohol antiséptico con otros alcohólicos en el Parque Caldas de Manizales; otra crónica en la que el autor cuenta su paso involuntario por un hospital siquiátrico; y una breve e intensa historia de la humanidad a partir de la cerveza (o viceversa). Antes de la próxima recaída, el autor suelta un dudoso sermón con los aprendizajes fraudulentos que recogió por la senda del vicio. Todo con un estilo hilarante y de una rara belleza.
Grandes borrachos colombianos fue publicado originalmente en 2015 por Libros Malpensante. Esta segunda edición de Jaravela incluye las cuatro crónicas originales, pero además trae un prólogo de Luis Miguel Rivas, tres textos adicionales y un epílogo.
El texto que publicamos sobre El Caballero Gaucho corresponde al cuarto capítulo, y aparece entre las páginas 63 y 80 de la segunda edición.
Editorial Jaravela
Manizales
Septiembre de 2026
124 páginas
ISBN: 978 628 97473 4 8