
El mirador de los sueños
Desde que comenzó a trabajar como guía turístico en el Corredor Polaco de la Catedral Basílica de Manizales, Samuel David Lotero Rivas se enamoró perdidamente de su oficio. Su rutina era una profesión de fe: mirar la ciudad a 106 metros de altura, contemplar la imponencia del templo de hormigón y pronunciar con el pecho lleno de orgullo un enunciado que repetía como un Leitmotiv: «Bienvenidos a la catedral más alta de Colombia».
Cada mañana, al cruzar las puertas del templo, Samuel se sentía un visitante más. Aunque recorriera la misma estructura día tras día, la capacidad de asombro no lo abandonaba. El valor real de su jornada no estaba solo en la arquitectura, sino en la calidez humana: en cada fotografía que le tomaba a un turista, en las sonrisas que arrancaba con sus chistes para calmar el vértigo y en la satisfacción de reconocer a los viajeros que subían por segunda o tercera vez. Allí, en la cima de la ciudad, Samuel entendió el verdadero significado de su vocación y abrazó con pasión el legado cultural de sus antepasados.
Llanto sobre la plaza
El lunes 10 de agosto la rutina dio un vuelco drástico. El Corredor Polaco cerró sus puertas para dar un descanso al equipo tras un flujo masivo de visitantes durante el fin de semana festivo. Samuel vivía a un costado de la Catedral, en el edificio de apartaestudios La Basílica —conocido popularmente como el edificio de Frisby—. Eran las 7:30 de la mañana y descansaba plácidamente junto a su novia.

Cinco minutos después la tierra crujió. Un leve movimiento inicial se transformó en una sacudida feroz. Los muebles cayeron al suelo, el televisor colapsó, los vidrios se hicieron trizas y las paredes comenzaron a fisurarse. En medio del caos, su novia le pedía que rezara, pero a Samuel la memoria se le quedó en blanco: no logró recordar ninguna oración. Lo único que atinó a hacer fue cubrir el cuerpo de ella con el suyo para protegerla de los desprendimientos.
Cuando la vibración cedió, evacuaron a toda prisa. Sin tiempo para empacar prendas ni enseres, salieron a la calle vistiendo únicamente sus pijamas de capibara y llevando las llaves del apartamento en la mano. Afuera, la mampostería continuaba cediendo. Samuel instruyó a su novia para que caminara por la mitad de la calzada hacia la Plaza de Bolívar. Acto seguido, echó a correr hacia el edificio Hera, donde residía su madre. Entró al inmueble y la encontró en estado de shock; la mujer, desorientada ante la magnitud de la emergencia, insistía en que debía quedarse para tapar la olla de fríjoles que había dejado al fuego para el almuerzo. Con paciencia y firmeza, logró sacarla y ponerla a salvo junto a su novia en la plaza de Bolívar.

Al volverse hacia el templo, el corazón se le congeló. Arriba, la Catedral —su lugar de trabajo, el mirador donde construía sus sueños— lucía herida, con su torre principal vencida por la fuerza del sismo. Rompió a llorar sin consuelo al notar la malla del Corredor Polaco destrozada y deducir que la estatua del Cristo Redentor había caído sobre ella. En ese instante comprendió que su santuario laboral estaba destruido y que no volvería a subir a su rincón favorito de la ciudad.
El uniforme sobre la pijama
En medio de la devastación, su novia —enfermera de profesión— lo miró fijamente y le hizo una pregunta clave: «¿Ya te dieron instrucciones?». Samuel se secó las lágrimas, sacó su celular y leyó el mensaje de su coordinador de la Defensa Civil: el punto de encuentro para los voluntarios era el barrio La Enea.

Regresó de inmediato a su apartamento evacuado. Entre paredes agrietadas, buscó su uniforme de socorrista. Mientras se ponía la indumentaria sobre la pijama, miraba al techo implorando salir con vida de allí para cumplir con su deber. La prisa era tal que se puso el pantalón al revés. Logró rescatar únicamente su uniforme, el botiquín de primeros auxilios y su celular, que ya no tenía batería.
Al salir a la carrera 23 con calle 24, se reportó con un grupo de agentes de la Policía. Le informaron que había una persona atrapada entre los escombros. Samuel se acercó, verificó los signos vitales y constató que la víctima había fallecido; fue la primera pérdida humana que le correspondió atender. En los primeros minutos tras el sismo, Samuel se convirtió en el único socorrista presente en la zona cero. Sin dudarlo, asumió la coordinación de la evacuación de las viviendas aledañas a la espera de sus compañeros.

Poco después, un joven brigadista le alertó sobre un incendio a dos calles de la Catedral. Pese al temor a una réplica, entraron al inmueble afectado; saber que su madre y su novia estaban a salvo le dio la templanza necesaria para actuar. Segundos más tarde la llegada de los Bomberos reforzó la operación. Tras controlar la conflagración, le notificaron sobre la presencia de un hogar de paso para adultos mayores situado detrás del edificio. Sin pensarlo dos veces, inició la evacuación de 30 ancianos, coordinando los traslados uno a uno hasta que la llegada de más voluntarios de la Defensa Civil permitió poner a salvo a la totalidad de los residentes.

Concluida la misión en el centro, consiguió que un vehículo lo trasladara hasta La Enea para integrarse formalmente a la cadena de mando. La contingencia reafirmó su vocación: la ciudad que tanto había admirado y enseñado a los turistas estaba herida, y él tenía el deber moral de ayudar a levantarla.
Atención de la emergencia
En su proceso de formación dentro del programa de Guianza Turística del SENA, sus instructores le habían inculcado una premisa fundamental: el turista deposita su bienestar y sus sueños en las manos del guía, quien debe contar con la preparación y el plan de contingencia necesarios para responder ante cualquier imprevisto sin abandonar a su grupo.
Esa enseñanza académica fue la brújula que orientó su accionar con la Defensa Civil. Las calles de Manizales ya no estaban pobladas por visitantes en busca de fotografías, sino por ciudadanos traumatizados que necesitaban recuperar la confianza sobre un suelo que acababa de sacudirse. Su instrucción técnica y el entrenamiento en socorrismo le permitieron comprender que la reconstrucción de la ciudad no dependía de un esfuerzo individual, sino de la suma de acciones comunitarias.
De evacuador a evacuado
El trabajo de campo tras la emergencia enfrentó a Samuel con realidades complejas. En sectores golpeados por problemáticas sociales previas, la tensión llevó a que algunos miembros de la comunidad reaccionaran de forma hostil contra los equipos de rescate; sin embargo, en la mayoría de los barrios predominó la solidaridad y el trato acogedor característico de la región.

El servicio en la Defensa Civil le aportó una lección definitiva sobre la empatía. Pocas horas después de haber auxiliado a decenas de damnificados, Samuel intentó regresar a su apartamento al finalizar el turno, pero las autoridades le impidieron el ingreso por riesgo de colapso estructural. Esa misma noche, el joven que había liderado evacuaciones pasó a ser un evacuado más. Días después, las autoridades le concedieron un turno de diez minutos para rescatar las pertenencias básicas de su hogar. Experimentar en carne propia la pérdida de la vivienda le permitió comprender, desde las entrañas, el dolor de las familias que atendía en sus jornadas de voluntariado.
El horizonte de la reconstrucción
Pese a la pérdida de su empleo en el Corredor Polaco y la afectación de su vivienda, Samuel mantiene intacto su proyecto de vida en el sector turístico. A través del proceso de certificación con el SENA proyecta la creación de su propia empresa de guianza para conducir a los visitantes por una Manizales renovada, compartiendo la historia de resiliencia de sus habitantes y guiándolos nuevamente por la Catedral una vez concluyan las obras de restauración.
A la par de este objetivo, continúa reuniendo sus ahorros para adquirir un terreno en el área rural de la ciudad, con el propósito de edificar una finca turística enfocada en la divulgación de la cultura cafetera y la hospitalidad local.
Para Samuel, la trayectoria reciente de Manizales —marcada por incendios históricos, movimientos telúricos y desafíos topográficos— demuestra la capacidad de su comunidad para sobreponerse a la adversidad. Hoy, tras haber vestido el uniforme de socorrista sobre su pijama de capibara en la mañana más oscura de la ciudad, concluye que el verdadero patrimonio de Manizales no reside únicamente en la altura de sus templos, sino en la fortaleza y la solidaridad de su gente.

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