
Le advierto que los voluntarios no somos narradores confiables, a nuestro reloj le cayó una piedra.
Somos alrededor de cincuenta, todos jóvenes, incluso menores. Además de nosotros, solo hay restos, restos y una cadena humana que atraviesa un callejón de cinco cuadras angostas. Al final hay un grupo de mujeres que rezan el rosario, pidiendo que lo que queda de la casa no se nos venga encima.
De la casa no queda mucho, solo el inodoro, como siempre. También las ruinas de un suelo sostenido únicamente por un muro de concreto agrietado. Podría decirse que ese era el suelo del cuarto de alguien, pero para el grupo, era el lugar donde un muchacho de unos veinte años, sin casco ni guantes, arriesgaba su vida para terminar de romper una pared que, a juzgar por el tamaño de la casa, seguramente separaba los cuartos de una familia.
Después de tres días uno adquiere cierta catatonia funcional. Incluso, los escombros empiezan a parecerse. Siempre es el mismo proceso, como en la casa de doña Betzabel, en el Carmen, tuvimos que tirar los escombros desde un hueco en el tercer piso, o como en la casa de doña Rosita, en la que el maestro Víctor nos ayudó a desmontar el techo de barro para alivianar la presión. Lo de doña Rosita no tuvo remedio; las dos casas contiguas sufrieron daños que la vibración del trabajo solo afianzó y para el viernes tuvimos que derribar una de ellas.

Se siente como si estuviéramos empeorando las cosas. Todos dicen que estamos ayudando, pero me siento como una réplica del sismo, que solo llega a terminar su trabajo.
Ahora estamos en el barrio Bajo Andes, creo, después de tanto tiempo, las periferias son más bien un caluroso laberinto de tablilla y teja deshecha. Esta vez somos como veinte, muchos se agotaron.
Por ahora las oraciones han funcionado para mantenernos a salvo. Aun así, mañana una casa en el Aguacate se va a quemar y el próximo miércoles un camión sin frenos hará tragedia en la vía Panamericana. Todos intentamos no perdernos en el tiempo, en lo que pasó el lunes y en lo que pasará. Evadimos ese nerviosismo que sube desde la pelvis y que encalambra el estómago hasta enfriarnos los brazos. Solo seguimos rompiendo y cargando.
—Cuidado, esta va con puntillas —Cautelosamente María José me pasa una guadua que nos triplica el tamaño y luego se pierde en la cadena humana.
Con la guadua también se van los cartones con los que la casa estaba resanada, algunas cabezas de santos y muchas, muchas tablas. Mientras la fila avanza, las familias no saben si agradecer nuestra labor o llorar al ver que las vidas que han construido caben en unos cuantos costales tirados en la volqueta.

La angustia ya se siente tan rutinaria que sirve de impulso para derribar cimientos y espero que en unas semanas también sirva para reconstruir nuestro desastre, aun cuando los recursos empiezan a escasear y con la certeza de que en la segunda semana lucharemos por que lleguen volquetas y manos para romper y recoger todo lo que nos falta. Dependemos de lo que llegue. Muchos nos hemos gastado el sueldo en ayudas, pero yo especialmente solo cargo con la camándula de mi abuelo, que me mantiene alimentado y poco magullado. A pesar de eso, todavía no sé qué el lunes siguiente un piso va a colapsar bajo mis pies y tendré que pausar actividades por dos días a causa de un agudo dolor en el brazo que aún no me hago revisar.
Para el momento de mi reposo, el tiempo ya se nos adelantó. Sentimos el dolor de antier y la culpa de la casa que derribaremos el jueves. También para muchos, la vida siguió y la normalidad sigue siendo tentadora para quienes llevan días reviviendo el desastre. Para otros, descansar se siente vacío, casi ilegal. A varios nos hace falta tener alcohol al lado para poder quedarnos quietos. Personalmente prefiero volver al día en Fundadores, cuando despejamos una casa de piedras con la ayuda de decenas de manos y no al ahora, cuando rogamos que bajen muchachos a los barrios para terminar lo que dejamos empezado.
Muchos quedamos como nuevos creyentes, rogando que la ayuda sea verdadera, pidiendo que la culpa se subsane con siquiera ver una de esas casas reconstruidas. Es una lástima que esta situación parezca perdida en el tiempo y por más que rompamos, en muchas casas seguirá siendo diez de agosto por muchos días más.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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