El dolor es de todos

Es una sensación de duelo, culpa y agobio que no estoy seguro de cómo tramitar. Yo sigo aquí, en mi burbuja, mientras para tanta gente la vida dio un giro drástico. Una pregunta me martilla, una y otra vez: ¿qué más puedo hacer?
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Me fui de Manizales hace veintiséis años, pero la ciudad nunca se ha ido de mí. Está en los recuerdos que me quedaron, en las visitas que les hago a mis viejos (que nunca la han dejado, ni lo harán), y en las páginas de los libros que he escrito. Jamás me ha soltado. Y aunque, en principio, renegué de la sociedad en la que me tocó crecer, con los años he pensado que me gustaría regresar. Algún día.

Por todo ello, supongo, me duele ver la tragedia que está sufriendo la ciudad tan solo a través de las pantallas. Resulta doloroso estar lejos en un momento así y no poder hacer mucho más para ayudar. Hago lo que está a mi alcance (donar, compartir información relevante, estar pendiente de amigos, conocidos y familiares), pero no dejo de sentir una impotencia enorme con las historias que veo a través del celular o la televisión: edificios caídos, escombros, historias de gente que lo ha perdido todo, rostros desolados por la tragedia. Me duele la ciudad, me duele su gente y me duele más sentir que la distancia me limita. Resulta extraño tener que seguir adelante con la vida —el trabajo, la familia, la rutina— mientras gente que lo perdió todo no sabe qué va a hacer mañana. Es una sensación de duelo, culpa y agobio que no estoy seguro de cómo tramitar. Yo sigo aquí, en mi burbuja, mientras para tanta gente la vida dio un giro drástico. Una pregunta me martilla, una y otra vez: ¿qué más puedo hacer?

Como sea, si algo me reconforta en medio de estos días frenéticos es ver la solidaridad de la gente. Más allá de las diferencias políticas (que tanto nos han separado y lo siguen haciendo), me reanima ver por las redes sociales el ofrecimiento de ayuda desinteresada de tanta gente, la solidaridad generosa que tiene la fuerza de un río embravecido. Recordaba hace poco la teoría sobre las diferencias de la naturaleza humana que plantean Hobbes y Rosseau: mientras que, para el primero, el hombre es violento por naturaleza y necesita al Estado para reprimir sus impulsos, el segundo planteaba que el hombre nace bueno y libre, y que es la sociedad la que acaba corrompiéndolo. Viendo a la gente volcarse a ayudar, quiero pensar que Rosseau tenía razón: nuestra naturaleza se inclina hacia el bien. Tragedias como esta lo demuestran.  

No sé cómo más puedo ayudar desde afuera. Me gano la vida escribiendo y eso es lo que he hecho durante años. Si estas palabras sirven de algo —ojalá— me daría por bien servido: gracias a todos los que ayudan, de una forma u otra, a que la ciudad salga adelante. Gracias a los que cuidan, a los que donan, a los que comparten, a los que reconfortan, a los que buscan, a los que recogen, a los que se preocupan, a los que actúan y a los que entregan el tiempo y el dinero que a veces no tienen. Gracias a toda la gente buena de tantas ciudades que hoy sufren.

El dolor es de todos.  

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  • El dolor es de todos

    Manizales, 1981. Periodista, editor y escritor. Autor de “La sombra de mi padre”, “Gente como nosotros” y “Manual sangriento de superación personal.

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