Sólo Abelardo es abelardista.
Por muchos motivos, legítimos o no, es necesario admitir que a Abelardo de la Espriella lo montó el antipetrismo. Para muchos que, como yo, pasamos la totalidad del fin de semana peleando con desconocidos por internet y con familiares por celular, habrá quedado claro que muy pocos conocen las propuestas de Abelardo, o siquiera quién es Abelardo de la Espriella por fuera de los vídeos de treinta segundos y los panfletos políticos.
Muchos de quienes votaron por Abelardo a última hora lo hicieron por miedo a que ganara el sucesor de Gustavo Petro. Sería posible especular que el único candidato incapaz de ganarle a Abelardo de la Espriella era precisamente Iván Cepeda, quien no únicamente heredaba el legado del petrismo, sino también la cada vez más inflamable aversión del antipetrismo. Ese antipetrismo seguramente habría propulsado también a Paloma Valencia y su discurso más amaestrado, en los esfuerzos casi suicidas del uribismo por estrenarse como centroderecha.
En el remoto caso de que una segunda vuelta se hubiera dado entre Iván Cepeda y algún representante del centro, como Claudia López o Sergio Fajardo, muchos de quienes en junio votaron por Abelardo habrían canalizado obligatoriamente su antipetrismo hacia quienes también, con marcadas diferencias y en distintos contextos, fueron críticos de los escándalos y desatinos de Gustavo Petro. Sería difícil definir a esta parte del electorado como claudista o fajardista, e incluso palomista (entre la hojarasca del uribismo otoñal), porque los discursos, políticas y tendencias de estos tres candidatos son fáciles de definir e identificar: la gente sabe quiénes son, qué representan y qué han estado haciendo todo este tiempo.
Tendríamos que preguntarnos, entonces, qué saben los antipetristas de Abelardo. Y si haber votado por Paloma Valencia, Claudia López o Sergio Fajardo no los habría convertido en palomistas, claudistas ni fajardistas, ¿qué los hace hoy abelardistas?
Continuando en el ensueño de cualquier realidad que no sea ésta, y removiendo a Iván Cepeda y la sombra de Petro de la ecuación, ¿cómo habría sido una contienda en segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, Sergio Fajardo o Claudia López? Cualquiera estaría de acuerdo en que Abelardo no habría tenido la más remota posibilidad contra ninguno de ellos. Con Paloma Valencia, uribismo “entibiado” se habría beneficiado de todos los votos del centro y quizá hasta de la izquierda para prevenir una victoria de Abelardo, acaso con el resultado colateral del voto en blanco más alto de la historia. Sergio Fajardo y Claudia López lo habrían tenido parecido, quizá con un Abelardo un poco más beneficiado por ese uribismo duro que no es sólo antipetrista sino anti-todo y, por ende, más susceptible a lo que pueda llamarse abelardismo.
¿Qué sería Abelardo sin Petro, y quiénes serían los abelardistas?
Quizá el abelardismo no fue más que una captura con atarraya del antipetrismo.
Muchos de quienes ahora han puesto al “Tigre” photoshopeado con IA en sus redes sociales tienen un discurso idéntico, recién estrenado, en el que cada defensa de Abelardo se relaciona, de una u otra manera, con una crítica a Gustavo Petro. La falsa dicotomía de que debíamos elegir entre petrismo y abelardismo fue el resultado de una campaña deliberada y muy bien ejecutada por el círculo del nuevo presidente: enfurecer a la gente en primera vuelta y salir a pescar en río revuelto en la segunda.
Ahora que no está Petro, ahora que perdió la izquierda (como quizá habría perdido de todas formas contra cualquiera de los otros candidatos), ¿qué sabe la gente de Abelardo de la Espriella? ¿Quién es, qué quiere hacer y con quién quiere hacerlo? ¿Cuáles de sus propuestas son siquiera posibles dentro de nuestro orden constitucional, y qué tendría que pasarle al país para hacerlas realidad? ¿Con qué excusa y contra quién?
Las redes están más inflamadas que nunca y las noticias llegan como bombardeos. Unas ciertas, otras falsas, y otras muy ciertas que son tan absurdas que parecen más falsas que las falsas. Y en todas ellas: rabia y miedo. No sólo en las redes, sino también en la calle. Atentados terroristas sin firma de autor, protestas, oposición, discursos ametrallados de quienes están dispuestos a evitar, de viva voz y cuerpo entero, que los opositores incendien el país desde abajo o que Abelardo lo incendie desde arriba.
Quizá, como en primera vuelta, somos nosotros los que lo incendiamos.
Quizá, a todos, se nos chispoteó. Quizá no sirve de nada apuntarnos con el dedo, gritarnos, encararnos, confrontarnos; preguntar cómo diablos es posible que un ser querido vote para que nos quiten derechos a la población LGBT, cómo es posible que un familiar vote por alguien que podría llevar a sus hijos a una megacárcel o al exilio, o que quienes están en el exilio apaguen la esperanza de volver.
Explota una bomba en Manizales. Con sólo leer la noticia, los culpables ya están identificados, judicializados, condenados y apresados en nuestra cabeza. Unos dirán que fueron los petristas, los revoltosos, los que, inconformes por perder en democracia, quieren ahora incendiar el país para hacerlo ingobernable. Otros dirán que Abelardo, con su discurso militarista y sus ambiciones de dictador, es el único a quien le serviría una serie de ataques terroristas para declarar un estado de emergencia y amordazar su mayor estorbo: la Constitución.
Para mí la conclusión fue obvia, y así de obvia fue la conclusión opuesta para muchos otros.
La verdad es que no sé nada. Nadie sabe nada. Y es imposible saber algo cuando la información que consumimos está minada de rumores, noticias falsas, teorías de conspiración y titulares sensacionalistas. ¿Quién está realmente viendo las noticias o leyendo los periódicos? ¿Quién ha tenido tiempo de informarse? ¿Cuántos artículos hemos clicado, abierto y leído, en lugar de pasar directamente a mentarnos la madre en la caja de comentarios?
¿No es así como nos hicieron perder, a todos, la primera vuelta?
¿No es así como nos quieren ahora, a todos, peleando y acusándonos?
¿Quién se beneficia realmente de tanto caos, de la violencia, del pánico?
Si quienes están detrás del éxito de Abelardo de la Espriella se valieron del antipetrismo para desinflar a los demás partidos y llegar al poder, ¿podría alguien hacer lo mismo con el antiabelardismo?
Si Abelardo es en realidad un actor, con toda una personalidad y una ideología inventadas a última hora, ¿podría alguien inventarse otra y pescar con atarraya la rabia y la impulsividad de quienes hoy hacemos oposición?
Nadie lo sabe, y todo lo que creemos saber, de un lado y del otro, es una suposición. Toda esta columna no es nada más que una suposición. Lo que sí podemos saber, como país, es que cometimos un error inmenso. Se nos chispoteó.
Perdimos las elecciones todos nosotros: fajardistas, claudistas, petristas, uribistas, palomistas, indecisos y nulificadores profesionales del tarjetón electoral. Por fortuna y para nuestra sorpresa, la democracia es mucho más que una elección y no hay que esperar cuatro años para hacer oposición pacífica pero estratégica.
Nunca había sido tan fácil (ni tan urgente) preguntarse qué es, en realidad, la democracia cuando se cierran las urnas: libertad de prensa, separación de poderes, Estado de derecho, soberanía popular, pluralismo político (que nos da, entre otras cosas, la libertad de oponernos al líder de turno). Y luego, claro, las elecciones. Pero volvamos a hablar de ellas cuando sea tiempo de campaña.
Por ahora, entonces, queridos lectores, amigos y familiares; queridos uribistas y petristas; queridos centristas, indecisos y apolíticos: soltemos el acelerador.
Bajemos las armas. Mirémonos a los ojos. Veamos las noticias. Veámonos como país.
Se nos chispoteó, queridos colombianos. La embarramos, y depende de todos buscar la forma de arreglar este desmadre.
Primer paso, entonces: bajemos las armas. Seguimos siendo los mismos que éramos ayer.
Sólo Abelardo es abelardista.