De grano en grano la gallina llena el buche.
Abuela mataba las gallinas con naturalidad, como quien desgaja una mandarina, agarrándolas del pescuezo cuando rondaban en el zaguán o deambulaban con la mirada clavada en la tierra, inocentes de su ineludible destino. Cacareaban inquietas tratando de escurrirse entre las manos rígidas y venosas de la vieja, pero antes de que lo lograran, las desnucaba. Puedo imitar con precisión aquel sonido de crepitar de madera verde y, al hacerlo, la veo en el solar con ese delantal de girasoles estampados que le daba una apariencia inocente, sumergiendo gallinas inertes en una olla tiznada que impregnaba la casa de ese olor nauseabundo a plumas hervidas. Una vez las mataba, las colgaba por las patas en la misma cuerda donde extendía sus calzones. Abuela siempre ha sido una vieja mañosa: una de sus chocheras es que compra todas las enaguas del mismo color piel de gallina.
Por aquel entonces, me gustaba ver los cadáveres colgando en hilera. Los músculos desnudos y tensos hacían ver los cuerpos como juguetes de plástico. Yo nunca juzgué la profesión de abuela. Era lo que mejor sabía hacer. A diario la buscaban en el pueblo para hacer el trabajo previo de lo que luego sería un banquete, con todo y mantel bordado, perolas de plata, servilletas de tela y honorables comensales. En el pueblo, «La gallina a la carreta» era considerada una receta especial, un trabajo sucio que la vieja hacía bien.
No sé exactamente cuántos años tenía cuando dejé de comer gallina, quizá siete. Ese día llegué de la escuela y vi a la vieja encartada en el solar. Un reguero de plumas grisáceas flotaba a su alrededor, mientras Rita hacía movimientos nerviosos con las patas. La reconocí, porque era la única saraviada.
Hasta el día en que Rita llegó a la casa, todas me parecían iguales: bolas de plumas escurridizas e histéricas. Rita, además de rara, era inteligente: el alma de un perro reencarnado en un animal sin gracia.
Cutucutu cutucutu cutucutu cutucutu cutucutu cutucutu cutucutu cutucutu cutucutu.
Bastaba con hacer ese sonido para que apareciera entre los matorrales, mientras las otras perseguían lombrices o se picoteaban las patas.
Abuela quedó exhausta ese día. Depositó el cuerpo en la olla hirviente. Por primera vez, la vi romper el perfecto ritual de la muerte con el que se ganaba la vida. Puso una mano sobre la cintura y otra sobre la cabeza, mientras se sentaba en la poltrona roída que llevaba meses a la intemperie. Me miró suspirando:
—Dio brega la condenada.
No le respondí, ni siquiera cuando me sirvió su muslo en el almuerzo.
Crecí creyendo que abuela era mala. Una mujer sin sentimientos. Pero hoy, mientras mirábamos la fotografía donde aparece en el solar alimentando gallinas, me contó que, además de matarlas, las curaba.
Le pregunté por qué no se había dedicado mejor al arte de la sobandería. Se rio con sátira:
—No daba plata pal diario.

Nuestros dones es la segunda novela de Juliana Gómez Nieto (Calarcá, 1990). La primera, Montañas azules, de la que publicamos un fragmento hace unos meses, fue publicada hace una década en Argentina y reeditada en 2017 por Planeta. No obstante es con esta segunda novela que a Juliana le llegó el momento de visibilidad literaria: el manuscrito ganó en diciembre de 2025 el Premio Nacional de Novela Inédita que otorga Mincultura y el libro fue editado por el Fondo de Cultura Económica, que lo tuvo listo para lanzarlo en la pasada edición de la Filbo.
Sobre esta novela la escritora Melba Escobar señala: «Es una novela llena de campo, de música de cantina, de mujeres poderosas, sufridas pero no sufridoras; tiene las historias de tantas colombianas contenidas en sus páginas, la vida entre botas, machetes, cerdos, gallinas y terneros. Tiene jerga de monte, es honesta, fresca, poética y poderosa y no se parece a ninguna. Trabaja bella y poéticamente la enfermedad, el cuerpo, la locura y el cuidado».
Por su parte, el escritor Pablo Montoya, autor de La sombra de Orión, describe así el trabajo literario de Juliana Gómez en Nuestros dones: «Una voz femenina narra, con sobriedad y hondura, eventos dolorosos de la vida de su abuela, de su madre y de ella misma. La forma en que la enfermedad, la vejez y el dolor son tratadas, representan su gran acierto y, en este sentido, su aporte a las letras colombianas. En varios pasajes, la voz que narra logra un dramatismo y un desgarramiento verdaderamente admirables».
Nuestro dones
Premio Nacional de Novela Inédita 2025, Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia
Fondo de Cultura Económica, Colección Tierra Firme
Bogotá
Abril de 2026
160 páginas
ISBN 978-628-7800-65-6