Marcas de espuelas en la puerta

Detrás de un vidrio templado, el candidato desafina una opereta, exhibe a su hija bailando ante un streamer y promete mano de hierro contra los corruptos justo después de enriquecerse defendiéndolos.
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Leo en voz alta: «Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza». Se me quiebra la voz.

—Nadie como Gabo para retratar esa casa llamada Colombia —agrega Betty al otro lado del teléfono.

Pienso en la diferencia horaria entre los dos continentes. Qué suerte que para ella estas horas hayan pasado. Los amigos se han marchado en silencio, dos cervezas en la nevera y otra caída debajo del mesón. Los gatos durmiendo en el piso porque esa noche estaba ocupado el sofá. Levanto la tapa de la olla: el ajiaco espumoso parece un presagio.

—¿Sigues ahí? —pregunta desde el futuro que se diluye.

Los cuatro felinos rodean mis tobillos reclamando comida, ajenos al desastre. No saben que el país eligió al candidato emplumado que más espuelea. Tomatito maúlla sin convicción, Brigitte vigila a Pink desde la poltrona; Tamales espera su plato como si el mundo le debiera algo. Les sirvo. Comen como si nada se hundiera. Quizá tengan razón.

Esta casa llamada Colombia amaneció vuelta un mercado, pero no como la describe el único Nobel colombiano, con sus burros de hortalizas y sus gallinas en los corredores. El nuestro es más moderno: aquí se acomodan encuestas, se rematan clics, se subastan indignaciones por doquier. La caridad oficial de antaño ahora es una imagen hecha con IA. Detrás de un vidrio templado, el candidato desafina una opereta, exhibe a su hija bailando ante un streamer y promete mano de hierro contra los corruptos justo después de enriquecerse defendiéndolos.
Su primera propuesta de campaña fue legalizarles a los narcos el diez por ciento de su fortuna. Dejarles el diez, explicó De la Espriella, porque “tampoco van a pasar hambre; deben tener un incentivo”. Unos aplauden y otros abuchean.

—Hemos convertido a Colombia en una gallera —le digo tras un largo silencio.

—Sí, una gallera en la que las apuestas suben para el que más carea y picotea —remata Betty.

Vuelvo a abrir el libro como quien busca advertencia. Ahí está el patriarca observándome, el mismo que guarda para sí “el parque bueno al alcance de la mano en un depósito de la casa presidencial cuyas llaves cargaba en una argolla”, mientras a los cuarteles les mandaba “ocho cartuchos de fogueo por cada diez legítimos” y pólvora revuelta con arena de playa. Cien años no nos han enseñado nada. El gallo que amenaza con usurpar esta casa promete el monopolio estatal de las armas y, en el mismo discurso, legalizar el porte civil. Concentrar la bala buena, quedarse con la llave y convencernos de que los únicos armados somos nosotros.

—Siento un proyectil entre pecho y espalda —pienso en voz alta.

—No te adelantes —me corta Betty—. Todavía no tenemos presidente.

Tiene razón. El preconteo tiene el sinsabor de doscientos cincuenta mil votos de diferencia; es solo un boletín sin firma, un dato que no obliga a nadie. El que manda es el escrutinio que sigue abierto, mesa por mesa, acta por acta, mientras remuevo en el colador este ajiaco que no termina de escurrir.

Guardo el libro. Miro la puerta: ahí están marcadas las espuelas. Cierro la puerta y apago la luz. La casa todavía es nuestra: no la casa de los tiranos caídos en El otoño del patriarca, sino la gran casa que aún cobija a quienes hasta último momento soñamos con la vida en el país más hermoso del mundo.

—¿Lili? —pregunta Betty antes de colgar.

Dejo el celular en espera. Afuera, la noche avanza y el país se defiende con cada formulario, desde las mesas del Quindío hasta el último rincón de la capital. Buscaré votos hasta debajo de las piedras.

El veredicto oficial sigue en vilo.

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  • Rostro de Liliana Moreno Martínez

    Comunicadora social, Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y Máster en Promoción de Lectura de la Universidad de Alcalá de Henares (España). Fundadora y directora de la Fundación Letra Viva desde 2006. Es cocreadora de la Feria Internacional del Libro de Armenia y Quindío (FILAQ).

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