Willie Colón: ídolo desde las minitecas de mi barrio

23 de febrero de 2026

Me gustaba bailar esas canciones con Kelly, Johana, Valentina o Natalia 'Botas', las niñas más bellas del barrio —aunque ellas solo suspiraran por Carlos Humberto.
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Corría 1999. Willie Colón se aproximaba a sus 50 años y hace rato era referente mundial de la salsa, a la par que destacaba como activista comunitario en pro de los latinos en Estados Unidos. Mientras tanto, en el barrio Villacarmenza, acá en Manizales, el combo de niños de 11 y 12 años ya nos sabíamos de memoria sus canciones más famosas, que bailábamos religiosamente en las minitecas cada ocho días, bajo supervisión de unos padres entre el asombro y el regocijo ante el despliegue de luces robóticas, de neón, sirenas, cámara de humo y estentóreos bafles en la sala o el garaje de sus casas.

La maquinaria rumbera era propiedad de Felipe ‘Poison’ (¡qué tal el apodo!), el niño que había llegado del barrio San Jorge a revolucionar a la muchachada. Sus principales armas: discos compactos —ya nada de casetes— tales como Éxitos de Willie Colón, Rikarena, Los 30 mejores del Grupo Niche, Binomio de Oro inmortal, Trance Factory Traxx y Cuentos de la Cripta parte 2, ese génesis reguetonero.

El tenor polifacético de sus canciones  salvaba la patria a los jovencitos que casi no sabían bailar; la sacaban fácil. La canción «Celo» servía como vallenato para bailar pegadito, fácil, a un solo paso, con las chicas. Igual sucedía con «Cueste lo que cueste», que empezaba como baladita y pasaba a una salsa suave. O «Mi sueño» y su hermosa, hermosísima letra: «…Tú quieres ser exorcizada por agua bendita de mi mirada. Qué bueno es ser fotografiado, mas por las retinas de tus ojos lindos. Borrando la palabra pena en el diccionario de la vida mía…».

Me gustaba bailar esas canciones con Kelly, Johana, Valentina o Natalia ‘Botas’, las niñas más bellas del barrio —aunque ellas solo suspiraran por Carlos Humberto— y ensoñar que si algún día fueran mis novias les podría dedicar alguna de esas canciones, quizá regalándoles el cd (quemado, de 5 mil pesos en la carrera 23 ¡porque quién compraba uno original!) tal como hicieron con los casetes los enamorados anteriores del nuevo milenio.

Ya para los bailadores, por supuesto que «Idilio», con su descarga de trompeta incial y el romanticismo de su letra, bello como un puñal, marcaba el punto más alto: «solo me alienta el deseo divino de hacerte mía….y cuando venga la aurora llena de voces, se fundan en una sola tu alma y la mía». O «Sin poderte hablar», que fue banda sonora de la novela Cartas de amor, protagonizada por Marcelo Cezán. O «Demasiado corazón», que se oía en producciones televisivas de la época.

Como todo preadolescente visajoso de estrato medio, era jovial creernos malos, ser calle o aparentarse suedomaleante o al menos concedor del malevaje, del espíritu barriobajero.  Recuérdese que el primer trabajo de Colón se tituló El malo (1967). 

En nuestro sector se veía mucho de aquello alrededor. En la cancha de Villacarmenza jugábamos micro por igual los niños de todos los barrios: Cervantes, El Paraíso, El Nevado, El Hueco (Villamarina), El Palmar, e incluso El Prado, El Guamal y Versalles. Para los del combo liderado por Felipe ‘Poison’, se espejaba esa poética del barrio con las canciones «Tiempo pa’ matar» («…por la tarde, no hay nada. Salgo a buscar mis panas. Nos paramos en la esquina. No hay nada por la avenida…»), o «Calle luna calle sol» («…mete la mano en el bolsillo saca llaves tu cuchillo y ten cuidao, oye ten cuidao…»). Canciones en que Willie Colón vertió su onda gangsteril, su narrativa del bajo mundo. Y es que por la misma época entrarían en moda La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria, y No nacimos pa semilla, de Alonso Salazar.  Y empezarían a reinar en Hispanoamérica «Pedro Navaja» y «Juanito Alimaña» de Hector Lavoe.

Confieso que para impresionar a mi esposa robé unas líneas de la canción «Gitana», que además le encantan a mi mamá. Hasta ahora que Willie transita mortalmente me entero de que la escribió el cantautor español José Manuel Ortega y no el neoyorquino (apenas en 2010 me enteré de que Colón no había nacido en Puerto Rico). «Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel. De la luna la que miras. Del sol porque te calienta. Yo tengo celos del agua. Y del peinecito que a ti te peina», decía el papelito que le pegué en un azulejo de la ducha. Ah: La canción de ella es «Asia», otra infalible en nuestras rumbitas juveniles: «…Este misterio que no puedo comprender, ¿qué le ha pasado a mi Asia, para dónde se fue? Ojos tristes y a la vez llenos de amor. ¿Guardarán tus secretos? ¿Cuál será tu dolor?. Ah-ah-ah, siento Asia llamando…».

La cancíón «Oh qué será» merece mención aparte y un profundo silencio.

A propósito de esa obra de arte que es «Gitana», huelga decir, me gusta más el fragmento adaptado por Willie que la original de la rima XXVIII del poeta español Gustavo Adolfo Bécquer.

Versión de Willie Colón: «Las palabras son del aire y vna al aire. Mis lágrimas son agua y van al mar. Cuando un amor se muere, ¿sabes  chiquita dónde va, sabes chiquita dónde va? …».

Versión Bécquer:«¡Los suspiros son aire y van al aire!  ¡Las lágrimas son agua y van al mar!  Dime, mujer, cuando el amor se olvida  ¿sabes tú adónde va?».

En pandemia, cuando escuché por milésima vez esa gran crónica que es «El gran varón», reprobé en Facebook que se considerara que alguien que transita a otro género se le tratase como a un «árbol que nace doblao», que «jamás su tronco endereza», y que «no se puede corregir». Pero un amigo me desarmó cuando comentó que no se podían juzgar cosas del pasado con el rasero de hoy. Le puse like.

Me produjo similar consternación la derrota de Carlos Gaviria a manos de Álvaro Uribe en 2006 el hecho de que Willie Colón hubiera virado a la extrema derecha en 2017, al admitir su apoyo a Donald Trump, lo que no impidió que siguiera disfrutando de su música, en lo posible a todo volumen. 

Con el tiempo uno le da la oportunidad a canciones menos populares. De modo que de despedida recomiendo escuchar «Corazón guerrero», «Guaracha» y «Los colores el amor».

….

Enterado del suceso, el ingeniero de sonido puertorriqueño Cesar Sierra —actualmente al servicio de Gilberto Santa Rosa— alistó vuelo a Nueva York para las honras fúnebres de su antiguo jefe. Contestó la llamada de Barequeo antes de que el avión decolara. ¿Cómo terminaron trabajabdo juntos? «Con Willie ya nos habíamos visto en Puerto Rico en eventos. En Nueva York también nos encontrábamos y me propuso que trabajara con él. Ya en Venezuela me dijo que me encargara de todo lo suyo», dijo. «Yo le produje Hecho en Puerto Rico, álbum  en el que sacamos «Idilio» como canción principal, pero la que más me gusta de él es Cueste lo que cueste». Contó que duraron seis años trabajando y luego rompieron. «Sí, el empezó con el tema político. Se fue muy a la derecha. Pero pasaron varios temas. Quedamos en buenos términos. Hay que recordarlo por lo bueno: alguien muy dedicado y con gran disciplina de trabajo, contrario a la imagen de bohemio del que uno podría tener idea», expresó Sierra, quien fue raptado de la orquesta de Colón por Gilberto Santa Rosa por el doble de sueldo. El sonidista compartió una foto con el cantabte y la leyenda: «descansa en paz maestro Willie».

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  • Manizales, 1987. Periodista de la Universidad de Manizales y magíster en creación literaria de la Universidad Central. Fue reportero de los diarios Q’HUBO y La Patria, Actualmente se desempeña como docente de bachillerato en La Dorada.

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