Hace unos días un amigo me puso en problemas cuando me preguntó si yo consideraba que una persona con posturas de derecha podía ser una buena persona (y eso que ese amigo dice quererme). Yo le dije algo así, enredado en mis propias contradicciones, que no podía pensar que alguien fuera una mala persona solo porque defendiera al expresidente Uribe, no me parecía justo. Después lo evadí y hablamos de otras cosas, pero la pregunta me quedó rondando.
Al fin y al cabo cada quien tiene derecho a sus propias perversiones; todos estamos hechos de prejuicios y pretender que seamos una suma de correcciones políticas es como pretender que vivimos en una especie de Jardín del Edén progresista y olvidar la naturaleza humana.
Eso de “buena” o “mala” persona nunca me ha convencido del todo, en especial porque implicaría tener muy claro el sistema de valores y ser como una especie de dios capaz de señalar. No somos dioses y con frecuencia el dedo que señala a otros no se señala a sí mismo. La palabra “mala persona” no significa lo mismo para un cristiano provida que para un profesor de derecho romano que se dice ateo.
En esa división está sustentada cualquier sociedad exclusivamente en criterios morales, como lo que pretende instaurar Trump en Estados Unidos, por ejemplo: una “buena” persona es aquella blanca, católica y de habla inglesa. El resto son si acaso ciudadanos de segunda, tercera y cuarta categoría. Y de ahí para abajo apenas aliens (como llaman en Estados Unidos a los extranjeros), palabra que también significa extraterrestres y extraños.
Debí haberle respondido eso a mi amigo, pero —como siempre me pasa— las respuestas buenas me llegan con suerte meses después. Mi amigo no quedó muy convencido, creo que yo tampoco, pero me dio para pensar que esta es una época en la que una “buena” o “mala” persona se mide con base en los propios prejuicios.
Por un lado ese nuevo dios al que llamamos algoritmo profundiza los prejuicios de las personas y muestra a través de las pantallas qué es lo que está bien, qué está mal. Por otro lado hay una propensión a decir que leer es lo mismo que indagar cuán homofóbico, transfóbico o racista es el creador de una obra. Es decir, vivimos validando nuestros prejuicios en redes sociales, pero estamos entrenados para olernos cualquier destello de discriminación en los discursos u obras de otros. Es una un bucle constante, y tendemos a perdernos en él. Es fácil mantenerse en una visión juzgadora, es difícil la postura reflexiva.
Ese mismo amigo me envió después un artículo del The New York Times con este titular: “La generación de ‘Harry Potter’ necesita madurar”, una crítica a los millennials (los que nacimos entre 1981 y 1996) y que crecimos con los libros y películas de Harry Potter. Dice el artículo que el de Potter es un mundo de ideología liberal con ideas progresistas de igualdad y dignidad humana: los buenos, el bando de Potter, tienen que luchar contra los mortífagos, que son los que piensan que los “sangre pura”, es decir, los magos de pura cepa, deben dominar el mundo por sobre los muggles, es decir, los no magos. El mundo no es una división de buenos y malos, dicen los de una generación posterior, los zoomers, que nacieron en una época con poca esperanza: entre 1997 y 2012. Ellos nos enrostran que esa división es muy infantil.
Pero uno podría decir que no solo los millennials somos víctimas de las ficciones. Hubo en la historia otro niño elegido que, como Harry Potter, también dio la vida por salvar a la humanidad de la oscuridad. Esa otra ficción dividió una época, por ella ha habido centenares de guerras e implantó los valores morales por los que consideramos quién es una “buena” o “mala” persona. Por lo que no es un problema exclusivo de los millennials esto de las obsesiones con niños elegidos, sino un problema de tomarnos las ficciones demasiado al pie de la letra. Una amiga me diría por el sacrilegio que estoy escribiendo: “¡10 puntos menos para Gryffindor!”.
En todo caso, cuando a mi amigo se le ocurra preguntarme si me considero a mí mismo como una buena o mala persona, le diré que no lo sé, y que a lo sumo podré ser una mala buena persona porque creo que no todos los mortígafos del Centro Democrático son malas personas y porque estoy seguro de que en el Señor Tenebroso, alias Álvaro Uribe, hay todavía algo de humanidad.