La guerra es una cosa seria. Se estima que unas 200 millones de personas murieron en el siglo XX a causa de conflictos armados y genocidios, haciendo de este el siglo más sangriento de la historia de la humanidad. Pero la guerra no son solo muertos. Esta trae destrucción, inestabilidad, deshumanización… es una tragedia disfrazada de patriotismo. Por eso tengo mucho respeto por los militares, porque son personas que se preparan para situaciones que no muchos aguantaríamos. Cuando van a algún combate, los soldados encaran situaciones terribles; el solo hecho de tener que matar a alguien por defender o atacar un territorio me parece traumático. Además, suelen ser territorios ajenos a ellos: una selva, un pedazo de monte, un pueblo que está a cientos de kilómetros de su hogar. A veces son lugares inhabitables como un desierto o una estepa helada, pero hay que hacer presencia y levantar la bandera que los representa.
Para ser soldado se requiere una fibra especial. Hay que comer mucha mierda para ascender en los rangos. Una disciplina y una capacidad de acatar órdenes que no tengo. Ni yo ni muchos otros. Por ello cuando veo a algunos candidatos a la Presidencia y al Congreso posar como soldados —todos fofos o filipichines haciendo el saludo marcial— pienso en si a los militares no les emputará eso.
Sí, hablo del candidato presidencial Abelardo de la Espriella y esa caterva de oportunistas y lambones que lo acompañan en el Movimiento de Salvación Nacional. Solo dos aspirantes al Senado por ese partido (Germán Rodríguez Prieto y Jorge Eduardo Mora López) pasaron por las Fuerzas Armadas, los demás son unos posudos. Empezando por su líder.
La Ley 1862 de 2017 establece las normas de conducta del militar colombiano y el Código Disciplinario Militar con sus 252 artículos, pero es el Artículo 6, el de los Valores militares, el que tal vez resume todo. Allí hay 22 ítems que si los contrastamos con la vida pública del abogado De la Espriella, no da la talla.
El primero, Honestidad: “Actuar con rectitud, sinceridad, transparencia y legalidad”. Abelardo fue señalado por Abraham Katime Garcerant, gerente de Activos por Colombia (la inmobiliaria de la Sociedad de Activos Especiales–SAE), de estar vinculado a estructuras criminales o a la defensa de intereses asociados a la mafia. Una denuncia reciente, de noviembre del 2025. Además, otro cliente suyo, el estafador David Murcia Guzmán, asegura que no defendió sus intereses y, tras cobrarle, lo abandonó y se quedó con la plata.
El segundo, Veracidad: “La palabra del militar debe ser veraz para inspirar confianza en sus superiores, compañeros, subalternos”. Por un lado, De La Espriella asegura que es un firme opositor del régimen venezolano; por otro, son varias las evidencias de sus vínculos con el detenido y extraditado a los Estados Unidos, Alex Saab, el testaferro del dictador Nicolás Maduro. Además, se jactaba de ser un ateo acérrimo pero, ¡oh, sorpresa!, como candidato encontró a Cristo… y sus votantes.
El tercero, Solidaridad: “Actuaciones humanitarias ante situaciones que pongan en peligro la vida, la paz, el orden y la seguridad de los colombianos, fomentando la cooperación ciudadana”. Basta leer lo que el general Óscar Naranjo, quien sonaba como posible candidato de Salvación Nacional, dijo del abogado: “Yo con el doctor Abelardo de la Espriella tengo una diferencia abismal de vida. Él, haciendo uso legítimo de su profesión, a través de un bufete de abogados, se encargó de defender a muchos y a los más importantes criminales que yo perseguí justamente para llevarlos a prisión, para llevarlos ante la justicia”.
El cuarto, Justicia: “Reconocer a cada uno lo suyo, lo que le corresponde según sus derechos, sus aportes o sus méritos”. Abelardo de la Espriella ha abusado del sistema judicial colombiano para salirse con la suya. En vez de responder, demanda. “Según la Fiscalía General de la Nación, entre 2008 y 2019 existían 109 casos en los que De la Espriella era denunciante por los delitos de calumnia e injuria”, señala la Fundación para la Libertad de Prensa, Flip.
El quinto, Responsabilidad: “Asumir o aceptar las consecuencias de nuestros actos libres y conscientes; es cumplir con los deberes”. De niño, Abelardo se entretenía matando gatos haciéndolos volar por los aires con pólvora. Él mismo lo contó entre risas.
Y podemos seguir: compañerismo, compromiso, valentía, honor, obediencia, servicio, mística, abnegación (jajaja, el tipo que presume relojes, aviones privados, autos de lujo y ropa de marca), espíritu de cuerpo, espíritu militar, control, disciplina de cuerpo y cortesía militar… y en todos podríamos encontrar un pero, salvo en el ítem 12: Disciplina. Reconozco en este personaje un tipo que llegó a donde está por su dedicación, así los caminos que haya tomado sean retorcidos y oscuros.
Ese es Abelardo de la Espriella, el segundo en las encuestas a la presidencia de Colombia. Un abogado sin escrúpulos, de ética dudosa y más cercano al corrupto Saul Goodman de la televisión que al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor. Y detrás suyo hay una serie de lambericas que posan de patriotas; falsos soldados que no tienen idea de lo que es una trinchera o la mirada de las mil yardas de quienes quedaron traumados tras un combate. Son la encarnación de la frase del filósofo Jean Paul Sartre: “Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren”.