Quería desintoxicarme de la política, pero sucede que encontré una metáfora. Mi novia me regaló una cobija pequeña para arruncharnos los domingos a ver series. Metidos en ella nos vimos largas series mientras hacíamos maromas para que a los dos nos alcanzara el calor. A veces en cruz, a veces en cucharita, a veces con una pierna de ella sobre la mía, a veces con su cabeza sobre mi hombro. La cobija nos enseñó sobre las diferentes formas de acomodarnos. Me pregunto si Roy Barreras y Mauricio Lizcano tendrán una cobija parecida en la casa.
También nos enseñó otra cosa: el equilibrio debajo de la cobija se consigue con mucha intuición. Acomodarse bien no es cuestión solo de práctica: hay que saber aprovechar el momento. Digamos esa palabra inglesa que gusta tanto hoy en día: timing. Justo lo que le ha faltado a Sergio Fajardo en estas elecciones. Desaprovechó la oportunidad de participar en la consulta con Claudia López y potenciar aún más su candidatura. Se quedó dormido, soñando con ballenas.
Me perdonan el voyerismo autoinducido de revelar mis movimientos en la cama. Pasa que la metáfora de la cobija pequeña es la que en adelante tendrán que padecer los ahora candidatos Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. Se la oí al periodista Ricardo González Duque: el síndrome de la cobija corta: si te tapas los pies, te descubres los hombros; si te tapas los hombros, te descubres los pies.
La entrevista que les hizo Federico Gómez de Cambio a Valencia y Oviedo los mostró así. El uno dijo estar a favor de la adopción de niños por parejas homosexuales, la otra dijo que no lo está; el uno tiene una postura liberal frente al aborto, la otra promulga una visión más conservadora. Y así, la guerra fría involuntaria por quien se queda con la cobija hace que el uno descubra las verdaderas posturas del otro, y con eso que se les vayan votantes radicales de ultra derecha (como Fernando Londoño Hoyos) que prefieren a De la Espriella porque no soportan a Oviedo, o de centro (como varios familiares míos que votaron por Oviedo para votar en contra de Paloma), que prefieren a Fajardo o a López porque no soportan a Valencia. Esto se me enreda un poco: así son los cuerpos debajo de las cobijas.
Es verdad que, aunque intenten compartirla, la dueña de la cobija es Paloma, es decir, Álvaro Uribe: esa cobija es de marca Centro Democrático. Como también es cierto que Iván Cepeda parece pedirle permiso al presidente Petro para cualquier movimiento, y eso que este candidato no se mueve mucho de la izquierda.
En todo caso, yo que llevo años practicando con mi novia el arte de usar la cobija corta, puedo decir que la clave está en saber cómo distribuir los cuerpos para que cada espacio se optimice. Es un trabajo que implica paciencia, mucho rigor y puede que un hermoso resultado: una cobija pequeña da más calor que una grande, si se sabe usar bien. Menos es más. Me imagino a Abelardo de la Espriella con su cuerpecito en su gran cobija de plumas y rayas de tigres. Es verdad que pocos espacios son más solitarios que una cama ancha para una sola persona.
Sin embargo, en este clima de polarización en el que estamos, no creo que la gente quiera ver las múltiples formas en que dos políticos se acomodan sino alguien que tenga una cobija lo suficientemente grande como para que quepan varios y nadie quede con frío.
Como dice el lugar común que también se acomoda aquí: “amanecerá y veremos”. Por lo menos ya pasamos de decenas de candidatos a catorce. Muchos de ellos, como los mencionados acomodaticios de Barreras y Lizcano, buscarán votos para negociarlos con el que vaya a ganar y garantizar así su puesto por los próximos cuatro años. Otros más aprovecharán su cuarto de hora de reflectores, como los desconocidos Santiago Botero y Sondra Macollins.
Mientras tanto, Cepeda está ya muy acomodado en segunda vuelta y parece muy seguro con una buena parte del colchón, por lo menos la tercera parte, plantado como está con los más de 4 millones de votos que obtuvo el Pacto Histórico en las últimas elecciones al Senado. Paloma y Abelardo se quitarán votos entre ellos, mientras puede que surja un candidato de centro. ¿Será Fajardo, dormido en su cama de superioridad moral? ¿O será Claudia López, que ya venía creciendo antes de las consultas presidenciales?
Me gustaría terminar diciendo que el amor, a diferencia de la política, crece en espacios pequeños si dos personas quieren acomodarse. Y la política, a diferencia del amor, no necesariamente crece cuando dos intentan acomodarse. Recuerdo una frase que siempre repite una amiga: “el que se mueve mucho no queda en la foto”.