Sin recolector no hay taza

23 de enero de 2026

En muchas fincas de Caldas y Risaralda, la mano de obra en las cosechas la ha salvado la mano de obra venezolana, pero no es suficiente.
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En Colombia, las difíciles condiciones del campo han sido el principal motivo para que muchos jóvenes migren hacia la ciudad en búsqueda de nuevas oportunidades. No es de ahora; es una constante que llevamos evidenciando hace más de diez años. Mucho se habla de la mayor problemática: la mano de obra envejecida sin jóvenes que quieran retornar al campo.

Pero hablemos sobre cómo sería un retorno al campo y cómo, ahora, las nuevas generaciones están viendo el futuro del café.

Soy hija de caficultores, hija de una montaña cafetera. Honrada de serlo. Digo siempre a viva voz que mis ancestros me dieron lo más preciado que hoy me da vida, y es el café.

Cuando decidí retornar a mis raíces muchas fueron las críticas de personas ni siquiera cercanas; solo personas que desde la comodidad y los privilegios hablaban, alardeando de que el campo no es rentable y que, además, ellos estudiaron como para ir a “matarse” todo un día recolectando café. Es una frase que me hizo mella en el corazón y siempre la recuerdo, pero fue un impulso para sostener mi legado y demostrar que nuestro trabajo es honrado como cualquier otro de oficina y que también puede ser rentable si se lleva un orden y estructura.

Y sí, he recolectado. La historia de mi empresa empezó así: unos cuantos bultos de café que mi papá me regaló para iniciar fueron recolectados y procesados por mí. Mi momento feliz siempre será estar inmersa en un cafetal, sintiendo la plenitud de la vida. Muchos han sido los comentarios que me han llenado de fuerza para continuar el camino, pero sobre todo para hacer valer un trabajo tan lleno de amor y respeto como la caficultura y, sobre todo, la recolección.

El sector agropecuario genera 3.5 millones de empleos. La agricultura campesina familiar representa el 70% de la producción.  Según la FAO en 2050 no tendremos quien trabaje el campo, quien coseche y recolecte. Reconoce además que Colombia tiene el potencial de alimentar al mundo.

Según FORBES, estudios indican que para 2050 menos del 15% de la población vivirá en el campo. Sin un relevo generacional, se pone en juego la productividad del país y el futuro del agro. Las empresas dicen sentir ya la escasez de mano de obra y se enfrentan a un dilema: invertir en la tradición o en la industrialización del agro colombiano.

La precariedad socioeconómica del campo, no es exclusiva de quienes lo habitan, sino de toda la sociedad. Es la columna vertebral de nuestro sistema.

Esto para hablar del campo, pero en café: somos alrededor de 540.000 familias caficultoras. Familias que ya no son ni el recuerdo de lo que era una familia en el campo, que casi tenían un ‘equipo de fútbol’ para que después fuera la mano de obra para trabajar los cultivos. Ahora las familias son pequeñas, con uno o dos hijos; hijos que han visto a sus papás trabajar desde la madrugada hasta muy tarde de la noche, y que han visto a sus madres ser las encargadas de la labor de la cocina. Y seguramente, padres que no tuvieron acceso a educación, pero luchan día a día para brindarla a sus hijos; y sí, ese fue mi caso y el de mis hermanos. Y así, muchos más

Seguramente, muchos de esos hijos ya han crecido y sus padres, tíos o abuelos les dijeron alguna vez que estudiaran y se fueran, porque el campo no da plata, no sirve, solo da preocupación. Y sí, también me lo dijeron. Hoy, muchos de esos jóvenes tienen añoranza, recuerdos, remembranzas de una infancia llena de tranquilidad en el campo, del amor que les inculcaron sus padres por la tierra. Hoy, muchos de esos jóvenes quieren volver al campo, quieren abrazar sus raíces y retornar para llevar ideas de la academia y así transformar el agro en un camino sostenible y rentable.

Retornar al campo en tiempos donde la tecnología nos está consumiendo es, casi, un acto revolucionario; un acto de valentía y arraigo. Casos como mi historia personal, muchos: jóvenes que han vuelto para enseñar a su padre lo que hoy significa el café para el mundo y cómo podemos cambiar la visión de la «finquita» a una unidad productiva cafetera, a una empresa cafetera. Y que seguramente reciben enseñanzas de sus padres, porque ellos con su sabiduría y conocimiento empírico han logrado sostener tierras por años. Hijos que regresan para, seguramente, gerenciar, ser procesadores, dar valor al grano de su finca y llegar a mercados internacionales. Jóvenes que ven la caficultura con nuevos ojos. No desde la caficultura que cuesta, que no deja un peso en el bolsillo, que solo deja deudas y pesares; sino que la ven con ojos de prosperidad, de abundancia, de oportunidades. Mejoran procesos, crean ideas de mercado, montan empresa, buscan clientes. Jóvenes que no se conforman. Y aún ese porcentaje sigue siendo mínimo. Y no lo digo con desesperanza; lo digo con cierta ilusión de que el camino puede seguir mejorando.

Pero, por más que regresemos como jóvenes a gerenciar, procesar o comercializar el grano, sigue la problemática tan latente como siempre: la mano de obra para la recolección. Y es que, si muchos han vuelto, no han vuelto propiamente a esta labor, que es la más compleja y muchas veces, mal paga.

El que recolecta el grano en tiempos de graneos o mitaca es el mismo administrador, agregado o mayordomo (como lo llamen en cada región). Y en pocos casos es el mismo caficultor dueño de la finca hace esta labor. En tiempos de cosecha mayor, el problema es conseguir trabajadores que quieran hacer bien la labor y, además, que sean honrados y quieran hacer caso. En muchas fincas de Caldas y Risaralda, la mano de obra en las cosechas la ha salvado la mano de obra venezolana, pero no es suficiente.

Ya los andariegos, como en los años de nuestros ancestros,  no existen. Buenos “cocos” que se recolectaban en un día 200 kg o más. Es una labor difícil de manejar, y ahora en tiempos donde se busca calidad más que cantidad, es aún mayor el problema, porque con algo de desgano recolectan los granos en maduración óptima que se necesitan para entrar a la especialidad.

El recolector debe ser visto así: como al caficultor desde hace algunos años, con todo esto del marketing, valoran lo que significa para la cadena productiva. Sin recolector no hay taza de café, porque sin recolector esos granos maduros se caen al piso y luego no tendremos una taza con calidad. Sin recolectores, tu taza de café no sería una realidad cada mañana.

Y se preguntará usted el porqué es un trabajo tan menospreciado; ni siquiera yo lo entiendo. Debería ser tan valorado como un buen catador. Siempre he pensado que, tanto desde la institucionalidad como desde las empresas privadas, tenemos una tarea que no podemos dejar pasar: y es profesionalizar las labores del recolector. Educarlo en lo que significa el café de especialidad, pagarle lo justo como cualquier otro trabajador de empresa y, además, respetarlo como cualquier otro ser humano; hacerlo parte.

Las empresas no crecen solas, nadie hace camino solo, nada de lo que conseguimos o logramos es mérito propio. La cadena de valor del café es un engranaje, y si uno no funciona, nada avanza. Ahora imagínese sin recolector: no existiría tu taza de café.

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  • Salamina, Caldas, 1993. Productora de café, mentora y conferencista. Estudió Tecnología Agroindustrial en Unisarc y un diplomado en Cafés de alta Especialidad en Tecnicafé. Fundadora de Indio Ramírez Café, hace parte la cuarta generación de productores de café de su familia.

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