Por qué escribir importa todavía

29 de diciembre de 2025

Escribir es pensar despacio, con tiempo para tomar decisiones sobre uno qué va a decir, para hacer intentos fallidos y eso requiere estimular un montón de funciones cognitivas y neurológicas.
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Motivado por discusiones que he leído sobre las implicaciones del uso de chatbots para aprender a escribir, me puse a ojear algunos textos de una tradición que llamaré «francesa», ya verán por qué. Se trata de una tradición de reflexión acerca de la escritura que, quizás, ayude a pensar un poco sobre el tema. Como pasa con cualquier otra tradición de pensamiento, tratar de aclarar esta lleva normalmente a desplegar una pompa compleja de jerigonza academicista que yo nunca pude emplear bien. Para que se hagan una idea, voy a citar un par de pasajes característicos (ojalá me sigan leyendo después de esto).

El primero es del filósofo francés Maurice Blanchot: “Escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación. Es entregarse al riesgo de la ausencia de tiempo donde reina el recomienzo eterno.” El segundo es de otro filósofo francés, Jacques Derrida: “La escritura es la disimulación en el logos de la presencia natural, primera e inmediata del sentido en el alma. Su violencia aparece en el alma como inconsciencia.”

Tradición francesa, ya ven.

Con lectura e instrucción suficientes, esas citas tienen algo de sentido, aunque puedan no tenerlo así como las he presentado, aisladas y sin explicación. Yo tuve recursos suficientes para la instrucción y la lectura, pero las circunstancias de tiempo, modo y lugar en las que tuve contacto con esa tradición llevaron a que me causara repelencia. No tengo ahora (en realidad nunca tuve) razones que justifiquen mi repelencia. Se trataba quizás de una imposibilidad mía de aceptar las reglas de entrada a ese juego conceptual o, acaso, de una falta de la necesaria motivación para superar los obstáculos iniciales. Pero no propiamente razones. Mientras, lo que sí he tenido es la experiencia de leer y escribir, quizás la experiencia que necesitaba para apreciar mejor la tradición francesa.

Me ahorraré las citas y las explicaciones, y voy a saltar directo a las conclusiones. Lo primero es que, después de todo, los textos de esa tradición no son tan difíciles de entender como esperaba. En gran parte, se trata de observaciones básicas y algo interesantes acerca de lo que se siente estar escribiendo, algunas de ellas con ambición de explicar por qué es tan difícil eso de sentarse a escribir. Para alguien que pasa mucho tiempo escribiendo, leer textos de esa tradición es similar a tener a la mano un grupo de apoyo, un antídoto contra sentirse excepcional por decir que “¡escribir es muy difícil!”. Nada raro.

La otra conclusión es que encuentro también algo rescatable en el intento de reflexionar sobre la escritura como una tecnología contra el olvido y como algo que requiere de condiciones apropiadas para ser de utilidad. Después del rápido despliegue y de la adopción entusiasta de los chatbots, que son una tecnología de suministro de texto por demanda, una parte de la tradición francesa pareciera ayudar a dar una respuesta a por qué escribir importa todavía.

En sus reflexiones sobre la escritura, la gente en la tradición francesa ha insistido en que para sacar el provecho que se puede obtener de los productos escritos es necesario tomarse en serio la experiencia misma de la escritura. El punto es básicamente que escribir es pensar despacio, con tiempo para tomar decisiones sobre uno qué va a decir, con tiempo de hacer intentos fallidos, y que eso requiere estimular un montón de funciones (cognitivas, neurológicas, dirían unos amigos míos). Uno tiene que estimular esas funciones para poder ver los resultados que promete la tecnología de la escritura, y no hay atajos.

Las máquinas de suministro de texto tienen muchas utilidades, pero su uso no responde la pregunta de por qué escribir importa todavía. Escribir importa todavía porque hace que emerja algo singular que da valor a la (poca) comunicación de la que somos capaces. Ayuda a crear un estilo, algo que uno mismo puede ver en el papel, y que da cierto soporte a la experiencia psicológica de la singularidad. Uno escribe un diario, una carta, una anécdota, una postal, un poema o un cuento y, de cierta forma, así se va definiendo. La relación personal que cada uno tiene con la escritura, eso que dice en esas citas crípticas de los franceses, la puede desarrollar quien quiera, y ahí hay una promesa de dar con resultados valiosos.

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