Las elecciones presidenciales se convirtieron en un ajuste de cuentas. Un periodo en el que algunos candidatos hacen política desde la paranoia, mientras buscan los votos de ciudadanos con más deseos de desquite que de futuro.
Si todavía queda gente esperando propuestas, es porque se niegan a ver que Colombia no está siendo seducida para ir a votar. La embarcaron en un proselitismo de la paranoia que atraviesa hogares, chats, trabajos y familias, y explota la inseguridad, el resentimiento y la promesa de venganza. Siempre con un “ya vienen” en la punta de la boca. Vienen “las oligarquías”, viene “el comunismo”, en ese refrito de Guerra Fría que no cesa. Si algo tiene el poder del disco rayado es, justamente, la paranoia.
Por esa razón, Colombia está en estado de fuga, como la serie Estado de Fuga 1986, de Netflix: una ficción inspirada en los hechos de Campo Elías Delgado y la masacre de Pozzetto en 1986. Hay dos personajes, Jeremías —inspirado en Delgado— y su compañero de universidad Camilo. En medio de su paranoia, el primero asume una especie de mando sobre el segundo: un ególatra que pretende dirigir el destino de quien solo parece querer desquitarse. En esta contienda política, los candidatos a la Presidencia se parecen a Jeremías y los votantes, muchas veces, parecemos Camilo.
Jeremías es un estudiante de literatura que se cree superior a los demás. Se siente víctima de un sistema mediocre que, según él, no sabe reconocer a los mejores. Construye una imagen de sí mismo como soldado fuerte y lúcido, mientras desprecia a la humanidad como una masa débil y obediente.
Hace pensar en Abelardo De La Espriella, quien se siente tan especial, al punto de querer —y creer poder— “destripar” a sus adversarios. En las primeras semanas de 2026 volvió a amenazar con acciones contra periodistas y columnistas. La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP)* reportó que el hoy candidato ha denunciado 109 veces a periodistas desde 2008. Todas esas denuncias han terminado archivadas o desistidas, lo que muestra un uso del derecho más orientado al amedrentamiento que a la existencia de pruebas. En una entrevista con Caracol Televisión se justificó diciendo que esos periodistas son “politiqueros disfrazados” y que “no voy a dejar que me la monten”. Pidió que no difundan mentiras, como si el debate democrático fuera un ataque personal. La idea se repite: el entorno es mediocre y él, el luchador incomprendido.
Así se comportan algunas candidaturas. Basta mirar también al sector del Pacto Histórico, desde donde el presidente Petro afirmó que Colombia ya no es conocida por Pablo Escobar sino que, dijo: “no quiero caer en egos, conocen a Colombia por Petro, por este Gobierno”. Lo expresó así, hablando de sí mismo en tercera persona y, eso sí, disculpando “no caer en egos” mientras caía.
Empiezan estas candidaturas a construirse, según su relato, como figuras paranoicas, rodeadas de mediocres, traidores o enemigos, pero investidas de una misión superior. No se presentan como gestores ni como políticos, sino como los únicos sobrevivientes lúcidos en un mundo corrupto.
Mario Mendoza, autor de la novela Satanás —también inspirada en Campo Elías Delgado— y colaborador de Estado de Fuga 1986, explicó que el síndrome del “asesino relámpago” fue clave para construir a Jeremías. Este no actúa desde la calma institucional, sino desde la urgencia, la sospecha y la anticipación del ataque. En las candidaturas ocurre algo similar: no confían en la democracia y sus reglas, sino en sí mismos. Es el “solo yo veo lo que pasa”, “yo se los advertí”. Como Jeremías, no se sienten parte del mundo; se sienten por encima de él y amenazados por él al mismo tiempo.
Si los candidatos son como Jeremías, muchos votantes nos comportamos como Camilo. Vive atrapado en la duda sobre la validez de su talento y su derecho a la palabra. No se siente elegido ni superior, sino siempre a prueba, vulnerable al fracaso. ¿El empresario que ve la quiebra a la vuelta de cualquier cambio? ¿El trabajador que percibe abuso en cada disputa?
Estas elecciones en fuga solo funcionan cuando se dirigen a una ciudadanía atravesada por la inseguridad material, simbólica y emocional, que confunde justicia con venganza y triunfo político con aplastamiento. Camilo no es violento: es inseguro, siente que no encaja ni progresa, como muchos colombianos. La violencia sufrida por su padre, que quiere vengar, es la misma herida colectiva: violencia histórica, desigualdad, humillación, abandono estatal.
En estas elecciones, como a todo narcisismo, a las candidaturas paranoicas hay que mostrarles sus límites y fracasos, recordarles que no son todo ni podrán serlo sin los otros. Ahí está el valor de instituciones civiles como el periodismo, el que desprecian: que muestra, que recuerda. Como en el póster de la serie, hay que hacerlos colapsar cuando descubran que el mundo no son sus espejos.