Odiar después de Gisèle Pelicot

9 de marzo de 2026

¿Cómo lidiar con el sufrimiento de la humillación y la soledad? ¿Qué hacer si dentro de aquellos recuerdos ese hombre fue quien despertó en ella el primer amor que duraría 50 años?
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¿Qué puede hacer una mujer cuando recibe un llamado de la comisaría, luego de haber declarado ya en días anteriores por la interpelación que había recibido su marido, Dominique Pelicot, por voyeurismo, para encontrarse de pronto no con el seguimiento del caso en cuestión, sino con la siguiente acusación: que la policía había descubierto, en el proceso de investigación, en la computadora del implicado, una carpeta con el nombre «Abus», abusos en francés, donde se encontraban varios vídeos de las violaciones grabadas durante diez años, en las que ella, Gisèle Pelicot, la esposa del implicado, aparecía en estado de sumisión química, casi inerte, a merced de 51 hombres que la violaron en varias ocasiones?

¿Cómo imaginar que el hombre con el que ha compartido cincuenta años de su vida haya podido ser propiciador y partícipe? ¿Cómo enfrentar el horror y contarle a su familia, a sus hijos, a sus nietos, que su padre y abuelo había arrasado con su familia? ¿Y darse cuenta de que su esposo, en un acto de desidia y cinismo absoluto, la acompañaba a las consultas con los neurólogos a causa de las lagunas mentales, de los agujeros negros en que quedaba su memoria, a consecuencia de los periodos en que él la sometía químicamente y que, a partir de lo anterior, había terminado por hacerle creer que tenía los comienzos de la enfermedad de Alzheimer?

¿Cómo asistir a la deflagración de sí misma y ver el fuego arder, arrasar con toda su vida? ¿Cómo lidiar con el sufrimiento de la humillación y la soledad? ¿Qué hacer si dentro de aquellos recuerdos ese hombre fue quien despertó en ella el primer amor que duraría 50 años? ¿Cómo tener el valor de llevar el proceso a una audiencia pública para exponer su caso y no lo contrario, y allí convertirse en un símbolo, en una reveilleuse (una luz, si la traducción del neologismo en francés no me engaña), en un ejemplo de valentía para millones de mujeres que en silencio sufren los abusos de una sociedad patriarcal y machista?

¿Y a partir de esta decisión, aceptar que sus vídeos, la imagen de su cuerpo inerte, serían vistos por los asistentes, y por ella sobre todo, que se vería a sí misma entre el sueño y la muerte, inconsciente, a merced de su marido y de los violadores, en total impunidad, en total conciencia de sus actos, y aun así no desfallecer, mantener la cabeza en alto, paso firme, con fuerza durante el corredor que la conducía a la sala de audiencia, firme ante los aplausos de los cortejos que la acompañaban y la sostenían para enfrentar la violencia insidiosa de la defensa de esos hombres, y hacer frente a la empresa de demolición que entablaron sus abogados para intentar salvar a sus acusados de la verdad casi irrefutable e inocente y verse por momentos culpable, humillada a causa de los gestos, de las miradas burlonas de esos hombres, y por momentos pensar que aquel proceso era todo lo contrario, que los violadores eran las víctimas y la víctima era la acusada, y ver en sus caras la cobardía cuando negaban los hechos, a pesar de estar allí grabados, prueba irrefutable, y decir que no eran culpables, que eran escenas de sexo normales, provocadas por el consentimiento de su marido, como si en la ley ella le perteneciera?

Y aun así decir en una mesa de La Grande Librairie, conducida por Augustin Trapenard, apenas con los ojos brillosos pero con una voz firme lo siguiente:

G.P.: He querido guardar, yo creo que lo guardaré hasta mi último suspiro, todos estos buenos momentos que pasé con el señor Pelicot, porque tuve mis tres hijos. Hemos sido felices juntos, obviamente hemos atravesado altas y bajas como todas las parejas. Los problemas de salud de la pareja, los problemas financieros, pero nos hemos levantado de eso y yo pienso que eso… Claro, es verdad que esto puede sorprender. La mayoría de las personas quisieran tirar todo a la basura. No yo. Yo he querido guardar los buenos recuerdos, y lo que ha pasado luego, lo he puesto… lo he encerrado con doble llave en un cajón que no abriré jamás.

A.T.: Usted va incluso más lejos. Usted dice en el libro: “si borro esos recuerdos, muero”.

G.P.: Muero. Exactamente. Pero sí, no queda nada más de mí. De hecho, es lo que digo en un momento: mis hijos han retornado a sus vidas. Pero yo no tengo más que aquellos momentos. No queda nada más de los 50 años con el señor Pelicot.

A.T.: ¿Qué siente usted hoy, G.P., por su exmarido?

G.P.: Pregunta muy complicada, porque yo sé que este hombre hoy está encarcelado por 20 años. Siento un sentimiento de traición y de indignación, obviamente. No he estado nunca en la rabia ni en el odio. Porque eso yo no lo sé hacer. Nunca, nunca, nunca… Pero mucha indignación y, obviamente, traición, hoy.

A.T.: Usted escribe que piensa ir a verlo en prisión. Es un deseo que usted expresa. ¿Ha ido ya?

G.P.: No, no he ido, pero tengo la intención de ir porque yo no intercambié ninguna mirada con el señor Pelicot durante todo este proceso. Cuando me dirigía al señor Pelicot, yo miraba al presidente, yo no me dirigía directamente al señor Pelicot. Tengo una necesidad, sí. No hemos podido hablar por más de 5 años y eso hace parte también de mi camino de reconstrucción: ir a hablar con él directo a los ojos y preguntarle: “¿Por qué? ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?…”

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  • Manizales, 1988. Administrador de empresas. Lector, caminante y librero en Refugio librería.

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