Esta vez no quememos el muñeco de Año Viejo. Si se trata de dejar atrás el año que termina y renovarnos en el que empieza, propongo que renunciemos a ese simulacro que ya no nos está dando resultado. Expongámoslo al aire libre, enterrado en el césped o recostado contra el muro trasero de la casa, pero no le prendamos fuego. Quedémonos a oscuras a su lado. Podemos hacerlo ebrios, con música, pero con la resignación —esta vez sí— de que no vamos a quemar nada.
Por más que el añoviejo tenga la cara de Petro, o la de Trump, o la de Uribe, o la de Maduro, o la de cualquier símbolo siniestro de este siglo, esa quemadera ritual de la medianoche del 31 no está terminando con nada del viejo mundo. Tampoco está inaugurando nada nuevo. Apenas parece el reinicio anual de esta edad de tinieblas que se alarga. Quizás quedarnos a oscuras, repasando en familia cada uno de los garabatos y trapos vestidos de humanidad, sea un mejor momento para buscar respuestas y salidas para esta época.
La filósofa Giovanna Chadid ha escrito que podemos estar viviendo una Edad Oscura Contemporánea, una nueva Edad Media. Según ella, este momento no se define por un oscurantismo en la ciencia o la tecnología, sino por haber perdido el suelo común para entendernos. Algo que se parece a la caída del Imperio Romano, que entonces supuso no solo un colapso político, sino también moral y cultural.

Como en ese tiempo, el lenguaje se ha fragmentado y las palabras se vacían de sentido hasta moldearse para el ataque, no para deliberar. Así, el debate moral se ha vuelto casi imposible. Nos hemos quedado discutiendo detalles técnicos. Las instituciones que sostenían los acuerdos de la vida intelectual —universidades, medios e industrias culturales— se debilitan o se someten a la lógica de la rentabilidad y la velocidad. A esto se suma una atención cada vez más corta, colonizada por lo inmediato, lo breve y lo monetizable. Como en otras edades oscuras, no falta información ni poder; de eso sobra. Lo que falta es imaginación para una nueva moral, que suele aparecer más tarde, con la luz o con los tiempos de “las luces”.
Lo importante de las edades oscuras es que quizá haya que aprender a vivirlas, no simplemente saltarlas. De ahí que mi propuesta sea exponer el añoviejo a oscuras, para que el fuego no siga apurando el final de esta época, sino que nos obligue a pensar cómo habitarla, porque no se va.

Las edades oscuras no anulan del todo la luz sino que la ponen a prueba, dice Chadid. Estar incómodos frente a la superficialidad, la prisa y el empobrecimiento del lenguaje es una señal de que resistimos. En los momentos de crisis se vuelve más claro qué vale la pena conservar y qué puede dejarse caer. La historia muestra que estos inviernos culturales no son estériles, sino selectivos, pues obligan a distinguir lo esencial de lo accesorio. Según ella, eso fue lo que hicieron los monasterios en la Edad Media anterior: custodiar, seleccionar y cuidar lo más relevante en medio de su paciente penumbra.

Quizás debamos aceptar que de esta época no surgirán grandes gestas ni discursos memorables, sino prácticas pequeñas y persistentes. De nuevo, la imagen del añoviejo contemplado a oscuras, a detalle, en familia o entre amigos, puede servirnos como metáfora de esa atención lenta y compartida que necesitamos.
¿Dónde están los monasterios de esta época? En las comunidades locales y microlocales: las apuestas familiares, vecinales y comunales; las redes de amigos y colegas, de formación popular e informal; las tertulias, los círculos de lectura, los foros de arte, los clubes deportivos, los espacios de sanación. Siguiendo a Chadid, son estos espacios los llamados a cuidar el pensamiento, el lenguaje y la conversación. Personas que eligen la lentitud en un mundo acelerado, la profundidad frente a la viralidad y la construcción paciente frente a la indignación permanente.

Como los monasterios, dice Chadid, estos espacios no buscan salvar al mundo, sino preservar aquello que permite que un mundo exista. Cuidar las palabras, pensar con rigor y defender la imaginación como fuerza creadora no es nostalgia ni pérdida de tiempo. Es la forma activa de prepararnos para un posible renacimiento. Si llega, no nacerá del ruido, sino de quienes aprendieron a resistir en silencio.
Esta vez no quememos el añoviejo. No es una propuesta de aguafiestas. Es una preocupación sincera, pues esa quema ya perdió su poder mágico de darle fin al tiempo. Si nos reúne como familia, como amigos, como cómplices de una resistencia discreta, quizá valga más exponerlo y contemplarlo juntos. A eso de prenderle fuego ya se le quemó la pólvora. Tomemos el muñeco, juguemos con él, pintémosle un bigote o unas gafas, estampémosle mensajes en su camisa, desvistámoslo y volvamos a vestirlo de otras cosas. Quién quita que ahí sí se nos aparezca la imaginación que necesitarán los años nuevos.