Sus restos estaban desaparecidos, aunque se sabía que había muerto hace mucho, en medio de las acciones violentas que se suceden en el país. Además, la muerte es muy probable para quien hace parte de combates a tiros. Al que dispara le disparan y el que dispara corre el riesgo que lo den de baja, máxime si se trata de alguien que recién llega a ser parte de un grupo armado. Tal vez “pecó” por ingenuo, dirían algunos; murió “en su ley” o “se lo buscó”, otros. Este Jorge era más conocido por su segundo nombre, que era igual de un héroe de la independencia de Colombia, intelectual y abogado que se opuso a los abusos del poder colonial y que produjo el denominado Memorial de agravios.
Es curioso cómo las comunidades necesitamos tener figuras heroicas o al menos personas destacadas a quienes admirar o idolatrar —según cada persona—, y algunas otras para odiar. Y para hacerlo, se buscan no solo imágenes sino en lo posible elementos que sirvan como fetiches y faciliten la idolatría: unos de ellos son los restos del cuerpo de la persona. Al punto que es común escuchar que familiares y admiradores pidan los despojos de la persona para ubicarlos en algún lugar dónde puedan recordarla y demostrarle su admiración. Así sucedía con quien nos ocupa, a cuyos seguidores les urgía tener la certeza del lugar donde estaban sus restos y poderlos reubicar en un lugar simbólico. Obviamente, a los contrarios les parecía mejor que no aparecieran tales restos para evitar el culto a su memoria y a su orientación ideológica. Para los más pragmáticos, se trata de algo superfluo; simplemente la persona está muerta y la vida sigue —igual, peor o mejor— y el recuerdo, la admiración o el rechazo se sienten o se ejercen con independencia de la presencia de objetos o restos de huesos o cenizas de la persona. Pero es claro que los familiares y allegados de las personas fallecidas necesitan el cuerpo o los restos de su familiar como parte de su proceso de duelo y de su simbolismo emocional o espiritual.
El caso de Jorge C. Torres es una historia vieja y poco conocida para la mayoría de los colombianos vivos. Era “de buena familia” bogotana; no por su dinero, sino porque se trataba de una “familia bien” o “de bien”, como solía decirse. De clase media-alta, practicantes de las formas de vida más aceptadas y “deseables” para la mayoría, entre ellas el catolicismo prevalente en el país, con mayor razón en el país de los años cincuenta y sesenta. Todo ello favoreció que el joven Torres se hiciera sacerdote, que pudiera así estudiar sociología en Bélgica y desarrollara el enfoque cristiano de la “opción por los pobres”, concepto muy vigente en los años sesenta. Esto lo lleva a un activismo político de izquierda, en medio de la denominada Teología de la Liberación que planteaba que la “salvación espiritual” de los fieles debía pasar por la búsqueda de la justicia social, por lo cual el cristiano debía transformar las estructuras opresivas y la situación económica.
Trabajando como cura y profesor universitario, Torres se hizo conocer y respetar como pensador en temas sociopolíticos desde la perspectiva de la izquierda, y fue clave en la creación de la carrera de sociología en la Universidad Nacional. Y así, dentro de ese espíritu cristiano, se empecinó en buscar la unidad de la izquierda colombiana para que mejorara su presencia en la vida política: algo que si hoy es difícil, entonces lo era aún más. No solo por los pocos espacios de difusión que tenían estas ideas, sino también por las grandes divisiones y los apasionamientos que existían entre los muy numerosos tipos de movimientos, grupos, partidos y guerrillas de izquierda que existían: todos llenos de fundamentalismos y casi con más objeciones frente a lo que propusieran los otros, que frente el establecimiento. Torres no tenía toda la claridad del caso pero sí muy buenas intenciones al proponer la unificación, en una época en la que la lucha armada era más o menos respetada por parte de la izquierda que la veía como el mal necesario para los cambios sociales, aunque nunca fue la opción mayoritaria. Claro que en ese entonces el accionar de los grupos guerrilleros estaba menos lleno de crueldades y violencias que lo que ha estado desde los años 80 en adelante.
En el fragor de estos debates, en 1965, el sacerdote católico Torres decidió unirse a la guerrilla del ELN, suponemos que con la convicción de que esa esa era “la vía” y que no sería tan difícil tomar el poder. Y así, como lo plantea en la actualidad Joe Broderick —el biógrafo de Camilo Torres—, le hizo un gran daño a la izquierda al abandonar su proyecto de formar una izquierda fuerte, y mostró su gran ingenuidad al pensar que el ejército y “el pueblo” apoyarían muy pronto la toma del poder por las guerrillas.
Jorge Camilo Torres Restrepo fue dado de baja en combate el 15 de febrero de 1966, cuando tenía 37 años, siendo apenas un recluta de alta visibilidad: solo hacía cuatro meses andaba por estas lides, sin haber pasado por el duro entrenamiento habitual, y en un combate en el que —dice un excompañero suyo— participó más por “acelerado” que por orden de su superior. Se puede afirmar que desde el comienzo, Torres iba a aportarle más propaganda que capacidad de combate a ese grupo. Por cierto, se debe anotar que ese día el ejército no “desvertebró” ni “aniquiló” ni “terminó” con esa agrupación guerrillera, que hasta hoy sobrevive con varias facciones o enfoques frente a la paz. El éxito de la operación fue dar de baja a Argemiro (así le decían a Torres en la guerrilla) y a otros dos guerrilleros, a la vez que el ejército sufría otras tres bajas. Lo de celebrar era que se acababa con la vida de alguien de gran reconocimiento en el país.
Todo indica que Torres fue el primero o el más famoso pero no el único sacerdote católico que se vinculó a estos grupos guerrilleros; en un evento de divulgación del Informe de la Verdad estima que cien curas se vincularon a grupos armados por esos años. Claro que estamos hablando de otros tiempos, de otras guerrillas y de “otra ética”.
Eso sí, la entrega de los restos de Torres se realizó en medio de una polémica o discrepancia entre la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas y el Instituto de Medicina Legal, que consideraba que dar la noticia en este momento cercano a las elecciones era inconveniente. Situación que demuestra que el acto es no solo humanitario sino de relevancia política, incluso para muchos sectores que aplauden el hecho de que se sepa la suerte de los restos mortales de Jorge Camilo Torres, pero no invitan al ejercicio de la violencia como acción política.
Ahora el sitio donde se ubiquen los restos de Torres será motivo de visita y homenaje de sus admiradores y lugar indeseable para todos quienes lo asocian con los males que han causado los grupos armados en Colombia, con o sin ideología revolucionaria. La conservación de esta “reliquia” no va a cambiar el país, pero puede servir de impulso para ampliar la búsqueda de tantos desaparecidos (fallecidos o no) de muy diversas ideologías o sin ellas, que es un mínimo de la verdad que piden sus familiares.
Para cerrar con el tema electoral, afirmemos que no es claro el efecto que tiene la ubicación de los restos de Camilo Torres: en general, podría decirse que a las izquierdas, pero en específico no se ve a quién. La izquierda mayoritaria (progresismo-petrismo) no es cercana al ELN (ni al viejo “camilismo” o la línea castrista), así haya intentado las conversaciones de paz con ellos. El robledismo-fajardismo tiene algunos antecedentes maoistas (Moir) pero es muy crítico de estas figuras; y Roy y sus cercanos no tendrían más que razones de pragmatismo para abordar este tema, pero no le podrán sacar ventaja fácilmente. Parecería que solo salen relativamente fortalecidos con esta reliquia el abstencionismo de izquierda y ciertos sectores pro-lucha armada. Bueno y obviamente las derechas a las que se le apareció otra oportunidad de crítica a los acuerdos de paz, al Informe de la Verdad y a la Unidad de Búsqueda, ante la visibilidad renovada de Camilo Torres.