Una masa de agua salada ondea del otro lado de la ventana. Llegamos hasta aquí para que Bebé descubriera el mar y ya pasamos la primera noche con el oleaje de fondo. Bebé se despertó unas cinco o seis veces: se revolvió en la cama, pateó al aire y lloriqueó. La acuné, le ofrecí teta, la arrullé hasta que volvió al sueño.
Me dormí enseguida, salvo esta vez en la que me quedé a escuchar el sonido de las olas al romper, el chapoteo y los susurros del agua. Escribo desde un cuarto que lleva al turquesa del Caribe. Atrás hay un lago —cultivo de zancudos— y un monte espeso. Todos duermen. Solo estoy yo con la piel tirante y áspera, con este intento de atrapar con palabras la vida que pasa.
El mar suena áspero y grave. Golpea las piedras y la costa. Adivino las olas que crecen, se levantan y explotan en el aire. Me agrada la vida en el mar. Podría trabajar aquí y dar clases de literatura en alguna escuela pequeña. Viviría en un lugar chico y con vista al mar. Comería pescado y arepa de huevo, me quejaría del calor con gusto y andaría con vestidos anchos y descalza. Leería mientras espero atardeceres, vigilaría a las gaviotas, aceptaría el salitre que se adhiere a la piel, ignoraría el hedor de los caños. No pido mucho: mar, soledad, anonimato y silencio para hacer de mí un personaje, una extraña que mira el mundo con los ojos de las primeras veces.
Salgo del cuarto sin hacer ruido. Hundo los pies en la arena, la playa permanece solitaria. El día se asoma detrás del mar. La marea baja. Bebé duerme. Todos duermen. Creo que ser mamá era un proyecto que tenía oculto para mí. Diría que la vida, un dios, el destino o el universo lo trazó, pero no creo en nada que le dé sentido al caos. Solo sangre, huesos, tierra, fuego, aire y agua. Materia. Me gusta mi versión de mamá y observar lo que trae: las frustraciones, los miedos, las alegrías, los fracasos y el llanto, el cansancio y las rupturas. Aunque mire de soslayo la posibilidad de otras existencias, abrazo las decisiones que me han dejado aquí.
Ha amanecido. Leo un par de páginas de un libro que encarna historias de familias rotas, casas vacías, maternidades fallidas y violencias. Bebé se despierta. Chilla. Vuelvo al cuarto. Está con sus ojos hinchados y a medio abrir. Sonríe y se le marcan dos hoyuelos. Le digo: buenos días, Bebé, y le dejo un beso en el cachete. La levanto en brazos, hoy cumple seis meses, y la acuesto sobre el cambiador. Le quito el pañal –cargado de orines—, lo reemplazo por uno nuevo, le pongo un gorro beige, su bloqueador y nos llevo a caminar a la playa bajo los rayos aún tímidos del sol.