Llegué a Fez, una ciudad ubicada al norte de Marruecos. No pregunté absolutamente nada de ella, compré unos tiquetes en promoción que me llegaron en un mensaje de una aerolínea y me fui, casi una semana, sin saber adónde iba a llegar, con qué me iba a encontrar, a quién y cómo. A veces pienso que debo dejar de repetir tanto ese mantra que una vez leí en un libro de “brujería” y que tenía un apartado que decía “confianza y amor”, palabras que siempre me digo cuando me encuentro sumido en un laberinto, o mejor, cuando sé que acabo de cometer un acto de irresponsabilidad máxima. Así llegué a esa ciudad, con una maleta de mano, un libro —Las tempestálidas, de Gospodínov—, audífonos, un par de calzoncillos, un buzo, un jean, unos zapatos nuevos, libreta y lapicero, cepillo de dientes y crema para limpiarlos, porque puedo tener el pelo grasoso, pero no me permito unos dientes mohosos.
Encontré un hotel económico; la verdad, todo Marruecos resulta ser muy barato comparado con los costos casi que absurdos que se dan en Europa. Me hospedé en un riad, una casa típica marroquí que, gracias al turismo, han adecuado para que se convierta en un hotel. Comí delicioso, mi sueño se vio interrumpido por gemidos de excitación máxima que venían de la habitación del lado y sentí envidia de esos italianos hermosos a los que me había cruzado antes de entrar a mi habitación, pero dormí bien, escribí y leí.



Es mucho, muchísimo lo que hay que decir de Marruecos. Las calles de Fez tienen una energía densa, se camina con miedo, se crean escenarios imaginarios de tortura, quizás, son angostas, con poca luz, de ladrillo y paredes manchadas, los hombres te miran fijamente, las mujeres por el contrario agachan la mirada siempre, hablan árabe, un idioma que resulta ser casi que agresivo por su entonación, intimida.
La primera noche quise salir a caminar para conocer la ciudad, pero el recepcionista del hotel me atajó en el acto y me advirtió que si salía a esa hora —11 p. m.— era bajo mi responsabilidad porque podría ser inseguro. “Tú mejor no salir en la noche a medina, amigo”. —¿qué es la medina?— le pregunté, me explicó entre árabe e inglés y yo no entendí casi, pero dada su preocupación, decidí quedarme. Investigué bien y aunque no les voy a contar de manera técnica qué es una medina porque lo encuentran fácil en internet, sí les voy a compartir cómo la defino yo. Es una ciudad dentro de la ciudad, un laberinto en el que literalmente te pierdes, se va el internet, el Maps no funciona y el comercio abruma. Es sumergirse en una serie de paredes por las que muchas veces tienes que pasar de lado para caber, la gente habla, grita, ora, oran mucho, te chocas con telas preciosas y con cabezas de camellos colgados, y da la sensación de que te van a atrapar en cualquier momento. Esto lo descubrí al día siguiente cuando decidí adentrarme allí sin pensarlo ni una vez, diría yo.


A mí me encantó sentir el caos y caminar sin rumbo hasta acelerar el corazón después de decir “puta, me perdí”, mientras trataba de regresar a una de las 7 puertas que tiene la medina de Fez. Al final lo logré, salí, victorioso, pero después de perderme casi tres horas. Eso sí, con el olor del cuero que trabajan allí, impregnado en todas partes.
Al día siguiente fui a visitar una ciudad cercana llamada Chefchaouen, la ciudad azul de Marruecos, y aunque también decidí entrar a la medina de este lugar, no fue dramático mi paseo, me perdí, sí, pero encontré fácil la salida. Mucho azul, mucha artesanía, mucho turista, muchas ganas de pintar, y sobre todo, mucho fotógrafo haciendo su colección para Instagram. Después dedicaré un espacio para hablar de esa ciudad.

Regresé a Fez en medio de un aguacero. Ya era de noche, abrí mi ubicación para saber cómo llegar al hotel y justo me decía que debía atravesar la medina, estaba muy cerca, a unos 15 minutos caminando. Entré…
Eran las 9 p. m. yo dando pasos por la medina de Fez y de repente empiezan a cerrar todas las puertas del comercio, se hizo un silencio que arrancó la tranquilidad inmediatamente y apareció la oscuridad casi que completa; allí estaba yo, de nuevo, solo, perdido dentro de aquel laberinto repitiendo en mi cabeza: “confianza y amor”, bueno, y también “Alejandro, por qué putas eres así, por qué te metiste de noche acá”. Entonces aparece un hombre y me advierte que no debo caminar por la medina a esa hora, me pregunta para dónde voy… yo en medio de mi desespero le digo el nombre del hotel. Me hace una señal indicándome qué callejón debo tomar. Le hago caso, llego al lugar que me ha dicho y me encuentro con una pared, regreso y está el mismo hombre esperándome en la esquina, entonces, me tomó del hombro y me dijo: “tranquilo, yo te llevo al hotel, amigo”.
Caminamos no más de cinco pasos y sale de una especie de cueva otro hombre, abre una enorme sombrilla.
—Soy el hermano de él, tranquilo, te vamos a llevar al hotel.
Entonces yo pienso que moriré en la medina de Fez, en Marruecos.
Los supuestos hermanos sonríen entre ellos, hablan árabe y yo estoy en medio de los dos caminando a no sé dónde. Me detengo y les digo: gracias, de aquí ya sé por dónde debo ir. Me ignoran y siguen caminando conmigo, uno me tiene abrazado, el otro se adelanta un poco.
—Suéltame-, le pido.
—Tranquilo, amigo-, sonríe.
-QUE ME SUELTE, PIROBO HIJUEPUTA. QUÉ ME VA A VENIR AQUÍ A EMBOLATARME. NO, PAPI, YO SOY DE COLOMBIA, SINO DIGA PUES CÓMO FUE…-
Salta entonces mi ñero interior, mi Alejandro del barrio San Sebastián de Manizales en el que viví parte de mi adolescencia, sale mi Alejo que le pedía a sus vecinos que le enseñaran a manejar un cuchillo para enterrar una puñalada, mi Alejo que una vez buscó un cuchillo en su casa con la intención de salir a enterrárselo a Malón, el ladrón del barrio que lo mantenía azotado robándole la mesada. Ese, mi Alejo, al que no saco, pero amo.
Fue inmediato. Los hombres pararon ante la reacción violenta de mi cuerpo, miraron mis manos que parecía que iban a sacar un arma debajo de mi chaqueta y entonces con sus ojos abiertos y sorprendidos me dijeron:
“—Ouuuu, nou, amigo, tranquilo, nosotros no hacer daño a usted, usted Colombia, tranquilo, usted Pablo Escobar, ou, Pablo Escobar, tranquilo, nosotros no hacer nada—”
Me sentía Rosario Tijeras, me planté con fuerza, los miré directamente, sin titubear e hice que se apartaran de mi camino.
Llegué a otro callejón, ahora solo, de nuevo, y entonces me agaché a llorar. Caminé y caminé, perdidísimo. Mi celular estaba muerto y yo casi que reviviendo. De repente, encontré la puerta número 3 de la medina, eran casi las 12 de la noche.
Salí, y lo primero que pensé fue: “confianza y amor”… mañana regreso, pero de día.
Preguntas que anoté en mi libreta esa noche:
—¿Puede ser Pablo Escobar un ángel?
—Alejandro, ¿por qué eres así?
—Y eso que no sabían que era gay… ¿o sí?
—¿Por qué persigo el estar perdido?
—¿Qué hago aquí?
—Estos del lado empezaron otra vez a culiar… qué envidia, pero ellos no tienen a Escobar. Risas.
