Mamá arrulla a Bebé. Está sentada sobre un muro rojizo, rodeada de hojas y raíces de unas monsteras deliciosas. Lleva una camisa verde, y Bebé, que viste un pantalón lila y una chaqueta azul oscura, está sentada sobre sus piernas. Le dice algo que no alcanzo a escuchar, sobre las plantas y la luz del sol que se filtra entre las ramas. Bebé balbucea, grita, le sonríe y mamá, embelesada, se desborda en ternura.
Bebé cumplió cuatro meses el once. Hace 123 días que respira por fuera del útero —de este lado, se cumplen meses sin una barriga en la que a veces pienso, y parece que de algún modo, la echo de menos—. Mamá creía que ser abuela no estaba en su destino. Incluso, le costó aceptar la noticia cuando le anuncié la reciente preñez. Era noviembre y fuimos a otra ciudad, con la excusa de un concierto. Durante el desayuno, la mesera le trajo un tetero naranja. Ella se rió confundida, pensando que era una broma. Tardó unos minutos en comprender que un feto hembra habitaba el centro de mi cuerpo. Entonces, lloró, se asustó, se alegró y volvió a llorar.
Las observo. El cuadro es hermoso: mamá le deja besos en la cabeza a Bebé y le acaricia los cabellos desordenados con la mano. Bebé la mira y se chupa los dedos de la mano izquierda. Saco la cámara, les hago un retrato, un recuerdo para Bebé, una imagen para esta bitácora de palabras, cuerpo y sangre. Repito la fotografía dos veces, y mamá se da cuenta. Voltea la cara porque no le gustan las fotos. “Hágale fotos a la niña, a mí no”, dice con tono de regaño.
El día del parto, mamá esperó todo el día afuera del hospital. Tomó aromática, llamó a la familia, bebió café, picoteó unas galletas y permaneció a la espera. Sabía que solo podía ingresar S., pero no le importó. Luego me confesó que esa era su forma de sobrevivir a la incertidumbre y acompañarme. Ese viernes, el sol ardió sobre esta ciudad y fue hasta la noche que Bebé abandonó su mundo acuático. Una vez supo que estábamos bien, mamá volvió a casa y se echó a llorar. “Lloré tanto esa noche porque me contuve todo el día. Además, supe que parió a la niña sin anestesia y se desgarró. Me dolió como si hubiese sido yo”, me dijo tiempo después.
Mamá se levanta y busca la sombra, dice que hace demasiado sol y que ya no es saludable, que son más de las diez de la mañana. Asiento. No le digo nada, pero le agradezco por estar aquí; por su presencia serena, respetuosa y empática; por llenar vacíos con su presencia y colmar mi vida de amor y por acompañar —con palabras, silencios y acciones— este tiempo en el que materno y sobrevivo a mí misma.
Mamá entra en la casa, se sienta en un rincón y saca el tetero con leche que me extraje horas atrás. Se lo ofrece a Bebé, quien lo acepta de inmediato, succionando con fuerza y balbuceando con la tetina en la boca. Mamá la mira con tanto amor… entonces me doy cuenta de que mientras sostiene a Bebé, se cura las heridas, se despoja de culpas y salda deudas con ella misma. Mamá cuida a su nieta, y en ese gesto sostiene el mundo.