Los tiranos también caen

7 de enero de 2026

El chavismo y el trumpismo parecen necesitarse: Trump para tener la información suficiente en pos de acceder al petróleo y a los recursos naturales, el chavismo para impedir que llegue la oposición venezolana al poder y que el Estado no se desplome por dentro.
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El año empezó algo movidito. La foto de Maduro recién capturado, vestido de sudadera gris, con chanclas de baño y medias blancas, puede llegar a ser la foto del año. “Superbigote”, la caricatura que él mismo ha publicado en su Instagram, no pudo contra el Tío Sam versión naranja. Los ocho millones de venezolanos expulsados por la dictadura venezolana y los mil presos políticos celebraron la caída del tirano. Los gobiernos receptores no ven la hora de que los migrantes regresen a su casa. Lástima que la incertidumbre no va a terminar tan pronto como ellos esperan.

El mismo que gritaba, con su inmenso cuerpo e inmenso bigote, “¡Venga por mí, aquí lo espero en Miraflores, no se tarde en llegar, cobarde!”, ahora dice, escoltado por agentes de la DEA, “Good night, happy new year, como si no fuera consciente de que es muy probable que pase el resto de su vida en una cárcel gringa. Tal vez todavía no se lo crea del todo, a pesar de que el lunes 5 de enero comenzó su audiencia ante un tribunal de Nueva York por delitos relacionados con narcoterrorismo, importación de cocaína y vínculos con pandillas como el Tren de Aragua.

Todavía el mundo se reponía de la celebración de Año Nuevo cuando llegó la noticia de su captura como una especie de fake news: el dictador latinoamericano por antonomasia de los tiempos contemporáneos, que vociferaba y gritaba cuanto lugar común hubiera, que por más de que lo quisieran derrocar parecía pegado a Miraflores, había sido capturado la madrugada del 3 de enero en un operativo que sonó muy similar a una película gringa: bases militares bombardeadas, comunicaciones venezolanas intervenidas, la imagen de Maduro intentando entrar a un búnker luego de que su guardia cubana fuera abatida.

Ahí surgió la nueva disyuntiva: hablar de las implicaciones negativas de la acción militar, a riesgo de perder empatía con las víctimas del tirano, o mencionar que solo así podía caer Maduro, a pesar de que eso sería obviar lo evidente: que Trump se está graduando de déspota. (Este mundo es una gran fake news, y solo nos resta reírnos un poco de lo que nos queda. En un tuit del 3 de enero, Jaime Sanín: “Según las cabañuelas: marzo tranqui”).

Pero el 2026 pone en problemas los marcos ideológicos para ver la realidad. ¿Habrá nacido el nuevo movimiento político internacional llamado “trumpchavismo”? ¿Tras los bombardeos, se ha creado una alianza de facto entre el gobierno de Trump y lo que queda del chavismo, es decir, todo: el chavismo en pleno menos Superbigote?

El régimen no fue descabellado: ahí sigue Diosdado Cabello, ministro de Relaciones Exteriores, ahí sigue Vladimir Padrino, ministro del Poder Popular para la Defensa, ahí sigue Delcy Rodríguez, ahora al mando como presidente interina, nombrada el lunes 5 de enero por la Asamblea Nacional. “Venezuela se blinda tras la captura de Maduro”, según El País de España. Un decreto de estado de excepción emitido por el oficialismo entró en vigor tras la captura de Maduro para militarizar las ciudades, los servicios públicos, la industria petrolera y las industrias básicas.

El chavismo y el trumpismo parecen necesitarse: Trump para tener la información suficiente en pos de acceder al petróleo y a los recursos naturales, el chavismo para impedir que llegue la oposición venezolana al poder y que el Estado no se desplome por dentro. Como publicó el Miami Herald en octubre pasado, así como varios analistas lo han dicho, ha sido una alianza que lleva varios meses cultivándose bajo la mesa, con mediación de Catar: un plan de transición sin Maduro, en cabeza Delcy Rodríguez, hoy presidente, y de su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional.

En el artículo del Herald se dice: “Algunos sectores de la administración Trump interpretaron las propuestas como parte de una estrategia informal conocida como «Cartel Lite»: una versión suavizada del chavismo diseñada para permitir una transición controlada sin una ruptura abrupta ni desmantelar las estructuras centrales del régimen”. Justo lo que parece estar sucediendo ahora. Tanto Trump como Delcy Rodríguez han negado que haya sido pactado algún acuerdo.

Cayó Maduro, pero no el régimen”, según Rafael Croda para la revista Cambio. Dice una fuente consultada por este periodista: “Es evidente que el ataque militar del Pentágono contra Venezuela estuvo precedido de una operación política que incluyó acuerdos con mandos militares y altos funcionarios del régimen que colaboraron con las fuerzas estadounidenses para ubicar y capturar a Maduro. De otra manera, indican, no se explica que la ‘guardia pretoriana’ de agentes cubanos que cuidaba al dictador haya permitido su captura”.

La fuente de Croda, un militar venezolano, plantea que el operativo militar fue “demasiado fácil” y “extrañamente limpio”: de las 150 aeronaves (helicópteros, drones, cazas y bombardeos) solo un helicóptero “resultó dañado por artillería antiaérea, pero nunca perdió su autonomía de vuelo”. La tan cacareada por Maduro “Fuerza Armada Nacional Bolivariana” no hizo nada por defender a su líder. Muchos prefirieron no disparar para no revelar su ubicación. Sin mencionar que las comunicaciones estaban interceptadas.

Es el poder, “amiga, date cuenta”, habría que decirle a la premio Nobel de la paz, María Corina Machado, líder de la oposición, quien pensaba que una intervención militar le daría, ipso facto, el mando en Venezuela a ella y a Edmundo González, ganador de las últimas elecciones. Nada de democracia ni de libertad ni de derechos humanos. Es la Doctrina Monroe versión 2026 a lo Trump: “América para Trump”, como lo expresó Croda en su artículo, según la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Estados Unidos, con su “Corolario Trump”. “Yo estoy al mando en Venezuela”, dice el presidente en entrevistas, y repite una y otra vez que todo lo que haga está bien: “MAGA soy yo”. “MAGA ama todo lo que yo hago, y yo también amo todo lo que hago”. MAGA es su movimiento político: Make America Great Again. El yo con yo de un narcisista.

No importa que el periódico estadounidense The New York Times haya calificado la agresión militar como “aventurerismo” de Trump, y que la haya tildado de ilegal y de imprudente. También la juzgó como una acción demasiado temeraria que legitima otras operaciones similares de grandes superpotencias como Rusia y China y que, por el contrario, en nada contribuye a la seguridad nacional de Estados Unidos. No importa todos los argumentos razonables que periodistas, demócratas e incluso republicanos hayan dicho. Trump juega a ser el emperadorcito naranja desde su casa en Mar-A-Lago y a dar entrevistas apurado en el Air Force One.

El teórico de las Relaciones Internacionales, el politólogo John Mearsheimer, ha dicho en varias ocasiones que no es seria la idea de una invasión estadounidense en Venezuela. Mearsheimer, de la corriente del neorealismo (más interesada en el poder, en sus capacidades económicas y militares y en su persuasión como fenómenos que mueven el sistema internacional) ha explicado que para eso se requiere no solo un inmenso gasto militar sino lo que llama “ingeniería social”: construcciones sociales y culturales que permiten que un gobierno tenga legitimidad. Por eso necesita al chavismo.

Además, Mearsheimer ha dicho que la política exterior de Trump y sus acciones militares carecen de consecuencias prácticas trascendentales ni tampoco producen cambios de regímenes ni mayores logros políticos. Para poner algunos ejemplos está el bombardeo estadounidense a las bases nucleares de Irán en junio de 2025 o la operación gringa en Yemen entre marzo y mayo del mismo año contra los hutíes, grupo rebelde chiíta con apoyo militar de Irán que desde el 2023 atacó 190 barcos internacionales en el mar rojo.

Trump puede usar sus fuerzas especiales y militares para demostrar su capacidad bélica de superpotencia, pero al otro día también amanece y Estados Unidos no tiene tropas en el territorio venezolano, solo la persuasión y la amenaza de otro ataque. Fuera de eso, uno de sus caballitos de batalla en campaña era criticar que Estados Unidos iniciara y mantuviera guerras en otros países. De manera que el ataque a Venezuela es otra promesa incumplida.

Me sentía como viendo una película”, dijo Trump en la conferencia de prensa tras los ataques del 3 de enero, haciendo alusión a que vio el operativo en su casa de Mar-A-Lago. Nunca mencionó a los más de 80 muertos que provocó su orden. Para él volver a la Doctrina Monroe es algo genial —como ver bombardeos en vivo y en directo desde la comodidad de su casa—, pero en realidad es como devolvernos 200 años de historia. Gastar millones de dólares en operaciones sin ninguna garantía, pensar que los Estados se pueden bombardear sin ninguna consecuencia, creer que América Latina es el patio trasero. Sin embargo, como pasó con Maduro, Trump debería saber que, por más déspota que sea, los tiranos también caen.

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  • Manizales, 1993. Es escritor, editor, periodista y politólogo. Autor de los libros ‘Donde el eco dijo’, ‘De noche alumbran los huesos’ y ‘Como un volcán entre los huesos’. Ha publicado textos de periodismo narrativo en revistas como El Malpensante, Vorágine, Universo Centro, Late, Literariedad, La Cola de Rata, entre otros. Algunos de sus textos de ficción han recibido reconocimientos. Trabaja como editor en Jaravela Editores.

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