El declive de la hegemonía estadounidense es vista por unos como el colapso de la civilización, y por otros como el fin de un siglo de imperialismo e intervencionismo, principalmente en América Latina.
Unos hablan de la decadencia moral, otros de la soberanía de los pueblos. «Mejor los gringos que los chinos», dicen los que justifican las ambiciones de Trump con Panamá, Groenlandia o el próximo país de cuyo nombre se acuerde. Otros dicen que cualquier cosa es mejor que el calvario y la humillación de seguir siendo un patio trasero.
Ambas perspectivas, dichas desde Latinoamérica, pueden perfectamente coexistir en la idea de un mundo multiploar. Así es como le dicen ahora al declive de la influencia norteamericana frente a China o la errática política exterior de Rusia. Es cuestión de repartir la torta, y esperar a que la patria nos quede en el mejor pedazo.
En términos históricos no es de extrañar que los imperios caigan, que las alianzas se disuelvan, que los sistemas e instituciones se desbaraten, que las cosas cambien de dueño o de nombre. Todos acaban por encontrar su lugar en el mundo.
No todos, quizá.
En un juego de titanes, o de señores muy señores, las minorías somos una ficha que muy fácilmente saldrá del tablero.
Ser miembros de la comunidad LGBT a veces podría sentirse como una cruz que se lleva en la frente, como el cuento de los 17 Aurelianos, a la espera de que llegue el día en que nos reconozcan como parte de una estirpe maldita. Antes de que nos encuentra la fatalidad, el miedo nos dota de un pánico persistente en el que uno trata de no pensar en el futuro lejano (que de tan incierto se hace doloroso), sino en el más próximo.
No haría falta recordarlo, pero nunca está de más: la homosexualidad es ilegal en 64 países, en 12 de los cuales sería un delito merecedor de la pena capital. No son precisamente vestigios del pasado, las estadísticas han empeorado en la última década, mediante el mundo se despierta de la promesa (o ilusión) liberal y da un volantazo hacia el autoritarismo. Es síntoma del deterioro general del multilateralismo y, por ende, también de la noción, exigencia y respeto por los derechos humanos. Muchos de nuestros derechos reconocidos no vienen de la abnegación de los gobiernos, sino del mandato de sus constituciones y sus acuerdos multilaterales.
Las minorías sexuales suelen ser cabeza de turco para los populistas. Donald Trump y el movimiento MAGA han adoptado un discurso abiertamente hostil contra lo que consideran la «ideología woke», que para nosotros vendría siendo la llamada «ideología de género» integrada en algún capítulo misterioso del acuerdo de paz con las FARC, que nadie leyó pero cuyo escándalo fue tan efectivo que al día de hoy sigue siendo parte del discurso de la derecha. La derecha latinoamericana,»florideña», que todos asocian con Donald Trump.
Por eso muchos sectores de la izquierda ven el declive de Estados Unidos como una promesa de libertad, para todos, todas y todes. Una libertad únicamente posible si las avaricias norteamericanas se reducen a su rinconcito del universo. En el resto del mundo, por fin, empezaría a florecer la voluntad de los pueblos. No de todos los pueblos, claro, sino de los que tienen los medio, la influencia y el poderío militar para llevar las riendas de su pedazo de torta.
¿En cuál de los tres pedazos quedaría Colombia y su población LGBT?
Del lado de Estados Unidos, como vemos, estaríamos en la mira de los crecientes grupos de ultraderecha, ultraconservadores, ultrahomofóbicos, ultradetodo. Con la nueva doctrina de Trump no importaría por quiénes voten los latinoamericanos: de una u otra forma habríamos de cumplir su voluntad.
¿Qué otra opción nos queda?
Seguramente Rusia o China, o Rusia y China, o como sea que se lleve ahora el contubernio. En Latinoamérica, los medios rusos han permeado las redes sociales e incorporado su narrativa en nuestro ecosistema de información. Han estado del lado del pueblo, nos dieron una cobertura extensiva durante el Paro Nacional, denunciaron violaciones sistemáticas a los derechos humanos, hicieron presión al gobierno de Iván Duque y su circo administrativo, y hoy les dan voces a los movimientos civiles que denuncian la desigualdad, el extractivismo, el neoliberalismo y el imperialismo.
Imperialismo estadounidense, por supuesto, porque cuando las protestas fueron en Venezuela, Cuba o Nicaragua, la cobertura fue todo lo contrario. Ni hablar de las protestas en Bielorrusia del 2020, ni las de Ucrania en el 2014, ni las de Irán, ahora mismo. Pero uno no puede ponerse exigente en tiempos de crisis, ¿verdad?
Si apenas podemos con nuestros asuntos, que bien graves ya son, sería un descaro que tuviéramos que andar pensando en lo que pasa en otro lugar, y además uno tan lejos. Qué más da que en Chechenia, al suroccidente de Rusia, cazaran a personas LGBT a través de aplicaciones de citas para confinarlas en centros parecidos a campos de concentración. Qué más da que prohibieron las marchas, que criminalizaron las banderas, que borraron todo rastro de diversidad sexual del espacio público, cuando no del privado. Qué más da que esos mismos medios estatales promueban teorías conspirativas sobre la ideología de género. Qué más da que el ideólogo Aleksandr Dugin, que ha inspirado desde la ultraderecha bolsonarista hasta la ultraizquierda bolivariana, nos considere una plaga a desaparecer.
Bueno, pero a fin de cuentas su pedazo de torta es el de Europa. China, entonces, parece un escenario más realista. Hace años que ha expandido su esfera de influencia luego de un ascenso espectacular, un milagro económico, una estabilidad y una templanza endiviables, incluso cuando el secretismo de su epidemia provocó la tragedia global más grande del siglo.
Con la Iniciativa Franja y Ruta, China ha invertido más de 1,4 billones de dólares en al menos 150 países. En Latinoamérica, en donde la doctrina de Monroe parecía ser el undécimo mandamiento de Moisés, China ha desplazado a Estados Unidos como principal aliado económico en casi todo el cono sur. A diferencia de sus contrapartes, China se ha abstenido de hacer avioncitos de papel con las instituciones multilaterales y, por el contrario, ha hecho un trabajo sorprendente al participar en las Naciones Unidas e incluso sostener económicamente a la Organización Mundial de la Salud, víctima predilecta de las pataletas de Trump.
La misma China que bajo la administración de Xi Jinping ha forzado a cerrar desde aplicaciones de citas hasta organizaciones LGBT y limitado la presencia de diversidad sexual en su rígido sistema de medios de comunicación. Hong Kong, que gozaba de una protección más amplia en materia de derechos humanos, ha visto un importante declive luego de su incorporación a China y la brutal represión de protestas civiles, incluyendo las de su propia población LGBT. No hará falta hablar de sus campos de concentración para su minoría Uyghur, ni el acoso desorbitado que reciben sus detractores y exiliados.
Como Estados Unidos mira a Latinoamérica y Rusia mira a Europa, China mira a los países presentes en el mar de la China Meridional. Y todos ellos nos miran a todos nosotros.
Pareciera que darle el tenedor de nuestro pedazo de torta a uno de estos señores muy señores será como apostar por el que nos haga sufrir menos. Pareciera, además, que nuestra única esperanza es un sistema multilateral que ponga como brújula la carta de derechos humanos: que los exija, que los defienda, que condene a quienes los violan sistemáticamente. Pareciera, entonces, que tal sistema no existe, que nunca existió, pero que ahora mismo aún nos queda algo que se le parece. Pareciera, ojalá, que aún estamos a tiempo de salvar nuestras instituciones, nuestro futuro y nuestra libertad.
La esperanza de que seremos libres por cambiar de tiranos es incompatible con la historia.
Pero es hablar de más, porque este discurso no cabe en el mandato de los defensores de la moral ni en el imperialismo de los antimperialistas.
A fin de cuentas, el imperio somos todos.