Un hombre de ojos duros y negros. Se le dibujan dos ojeras pesadas. Mira a su entrevistador: algo de misterio o de furia o de rencor brota de su cara, ya no tan joven, de 45 años. El candado de la barba termina de cerrar un rostro cortante, severo. A comienzos del milenio el mismo rostro indígena con veinte años menos fue portada de revistas y periódicos; ahora brilla con la grasa del encierro. Más de «dos mil 2.000 millones de dólares captados y luego perdidos y una reputación por el piso; aún conserva ese orgullo en los ojos, que puede confundirse con odio. Del pelo largo que le cortaron —dicen estaba asegurado por un millón de dólares; y, también dicen, fue subastado en una cárcel; oír: “El sueño de la hormiga”— solo quedan restos.
Otro hombre también mira a su entrevistador, aunque con más indulgencia, incluso alegría: pelo canoso algo desordenado, como después de una siesta. Se mueve a sus anchas en su gran trono de madera, al borde de una piscina, junto a flores y arbustos. Oye con la paciencia de un viejo de 76 años que ha vuelto a nacer. La vejez se le sube por la piel en forma de manchas breves, en forma de piel que cuelga. Mira de tanto en tanto las montañas y deja perder la vista a lo lejos. Pasa un avión que interrumpe la entrevista, pero es música para sus oídos. El hombre que tenía una isla en las Bahamas y sumó en los ochenta una fortuna de ocho mil millones de dólares, hoy goza de pequeños placeres de la vida, tras su paso por la cárcel, como sentir el sol sin tiempo, el viento sin cadenas. 33 años después logró cambiar el monótono paisaje de una celda por las montañas cafeteras.
Dos caras distintas, una misma historia: la plata fácil que al final no es tan fácil. Al primer hombre lo entrevistó Daniel Coronell: David Murcia Guzmán, el creador de la pirámide de DMG, no ha terminado de pagar su condena de 22 años en la cárcel de La Picota, luego de que hubiera sido extraditado, encarcelado en Estados Unidos y devuelto a Colombia en 2019. Al segundo hombre lo entrevistó el influenciador “La Liendra” en una finca de Montenegro Quindío. Carlos Lehder Rivas, tras haber pagado su pena por enviar toneladas de cocaína a Estados Unidos, goza su libertad en Colombia.
Como siempre, el mito suele ser más fantástico que el hecho, pero es verdad que la realidad nunca deja de sorprender. Ahí sigue, por ejemplo, el hotel La Posada Alemana, un complejo hotelero a la medida de las excentricidades de Lehder, para honrar a sus antepasados alemanes y en donde ubicó una estatua de John Lennon, uno de los Beatles, a quien el exnarco idolatraba. Todavía esa casa es una gran ruina, que aparece cuando se toma la carretera que va de Pereira a Armenia. Una gran ruina negra, digo, como la historia de DMG: llena de maleza, paredes derruidas y polvo enquistado, que es la muestra de nuestra condena: la gloria de hoy no es más que la ruina del mañana, en especial si la ambición lleva a pensar que uno es el elegido de Dios o del pueblo.
Ambos intentaron promocionar un movimiento político: Lehder con la famosa frase “La cocaína es la bomba atómica de América Latina”, tal vez para referirse a que es nuestro poder, pero al mismo tiempo nuestra desgracia; Guzmán hablaba de la familia DMG (como llama él a la comunidad que creó), esa especie de ejército de personas que lograron gracias a él su primer viaje en avión o que por fin consiguieron una nevera sin tener que mirar el precio, pero que terminaron perdiendo su dinero porque todo se trataba de una inmensa estafa, aunque hermosa mientras duró.
Ambos idearon algo más que un negocio ilegal: sin ser genios, sin ser muy versados, tal vez con algo de suerte y método, lograron poner en vilo las instituciones del Estado. Eso puede llegar a ser imperdonable, sobre todo si se es de cuna pobre: quizá la gran diferencia entre Lehder y Guzmán. A Lehder el Estado lo perdonó; y, como se ve en la entrevista con “La Liendra”, gran parte de los colombianos lo admiran. A Guzmán el Estado todavía no lo perdona, y quién sabe si lo haga; sin embargo, cientos de integrantes de la “familia DMG” lo idolatran y esperan la segunda venida de su salvador.
Ambos representan uno de los ideales de la cultura colombiana, el “Colombian dream”: plata, poder, política y prestigio, así haya que pagar décadas de cárcel, toda la vida o morir en el intento.