¿Hay que leer solos? Los ejemplos parecen innegables y uno estaría tentado a decir: “sí, hay que leer solos”. A nuestra cabeza viene de inmediato el lector atento a la página, recortado del mundo, en su biblioteca, o al margen de la multitud, ignorante del exterior, contenido en el universo que esa lectura abre para él.
Por otro lado, uno podría decir: “no, no hay que leer solos”. Lo dice alguien que antes pensaba que la compañía entorpecía el ritmo, impedía el paso, falseaba cualquier avance de la página. Porque se trata, eso pensaba, en cuanto a la lectura, de encontrar una forma única e individual y, por supuesto, de apropiársela. Siempre pensé que se trataba de consolidar un vicio, una manía, instaurar un régimen que, de por sí, era tan complejo y arbitrario que la sola idea de incluir a otro dilapidaba cualquier principio de acuerdo.
La manía, el ritmo, el ritual, la forma —como ustedes lo quieran llamar— es lo que (se supone) conviene a cada uno, es lo que nos mantiene conectados y evita la extenuación, el hartazgo, los sentimientos encontrados, porque, en mi caso —y no sé en el suyo— leo por placer. En todo caso esa es mi forma: diversa en la manera, unívoca en el resultado.
Pero, ¿qué sucede cuando se piensa la lectura por fuera del espacio de la soledad? La manía se ve amenazada por la lentitud o por la aceleración, por la pausa o por la continuidad; en fin, los lectores somos monomaníacos, y cuando esto sucede el anacoreta aparece: “estás bien en soledad, ¿qué necesidad tienes de traer a otro?”.
La soledad completa es imposible. Es una mentira para sentirnos especiales. Me di cuenta un día cuando asistí a un club de lectura. Tímido y desconfiado, me encontré de pronto entre las voces y, con unos breves acuerdos, vi cómo cada miembro de esta lectura conjunta tomaba su ritmo y, como si fuera una caminata, cada lector se mantenía a una distancia prudente, cruzando las voces, guiándolas, llevándolas, animándolas, escuchándolas.
Cada tanto, el dueño pasajero de la lectura —el que ha tenido su momento para leer—, cuando sentía el silencio y tal vez el cansancio, hacía entonces una pausa y preguntaba: “¿sigo?”. En ese momento otro lector se despega de cualquier apropiación, indiferente, autónomo, y para darle tranquilidad decía: “sigue, tranquilo”, o simplemente el silencio le otorgaba la continuación.
Cuando se lee en grupo, las voces van y vienen, se cruzan. Y no se trata, cuando se comparte la lectura, de que el lector se unifique, se regularice. Por el contrario, se trata de deformarlo, de desregular y cambiar sus patrones, sus conductas, que lo van fosilizando en la soledad que cada tanto lo aqueja. El lector no es una máquina solitaria. La lectura social permite, por lo tanto, momentos de soledad compartida. Y contrario a lo que uno imagina, la soledad se comparte.
Cuando compartimos nuestra voz nos reencontramos con el otro y la lectura nos conduce a la soledad, esta vez compartida, puesto que ella nos lleva a hablar de nosotros y de nuestras diferencias y, dulcemente, el otro lector nos devuelve a nosotros mismos dentro de nuestra historia y nuestra identidad; lo que quiere decir: a nuestras incomprensiones, extravíos, a nuestros puntos muertos, a nuestros vacíos, como si eso realmente existiera, porque son los otros la única forma de encontrarnos en nosotros mismos, extrañamente.
Al cabo de varias lecturas compartidas, necesitamos urgentemente al grupo, al menos otra voz que nos lea, porque la lectura nos habla, nos saluda, llama nuestra atención. Y entonces vemos los ojos, la boca, los labios, la voz. Los signos de una cara sumergida en las páginas: la respiración, la lengua que toca los dientes, la garganta cuando traga saliva. Todo ese movimiento responde a nuestra presencia, la alumbra. Incluso el silencio ligero y dulce, acompañante agazapado, es un murmullo que nos escucha con sus entonaciones, sus estallidos, sus susurros, los chapoteos de las palabras que rebotan en las rocas de un río de lecturas y de voces.
Tantas cosas posee uno cuando escucha al otro y nos son entregadas, que son nuestras por esa posesión inalienable de la escucha… Y ni hablar cuando llega el esfuerzo, el párrafo sin fin, cuando la lectura se vuelve escarpada y aparece la magia del relevo: “yo sigo”, dice otro, y gracias a la ayuda del nuevo lector es posible contemplar el espectáculo que hubiese quedado interrumpido por la fatiga. Es en este punto, cuando transita la dificultad o la soltura, donde la lectura se convierte en la metáfora de aquel a quien le gusta pasear: ir a la imaginación, visitar a la empatía, acompañar los sentimientos del grupo que nos sostiene.
Y cuando el lector no puede regresar, piensa: “hace mucho tiempo que no voy, y allá me esperan”. Le espera la posibilidad de crear imágenes en conjunto, la posibilidad de sentir la experiencia de leer. Y cuando regresa, la lectura lenta, la constancia, la disposición y el sonido de las voces, las pausas y los silencios, se reencuentran.
Y para aquellos que disfrutan la soledad “absoluta”, para los que no quieren negociar: incluso si la lectura no es compartida, un lector nunca estará solo, porque desde que lea, siempre habrá dos. Quiero decir que hay siempre, incluso a solas, un diálogo entre el lector y la lectura. Cuando la lectura es regular, ella nos alienta. Durante largos periodos de soledad, cuando el lector pide a gritos otra voz, paradójicamente es ella misma quien estará para acompañarlo y decirle: “dale, sigue, tú puedes. Te voy a leer en voz alta”. Y el lector será el testigo de la lectura. Testigo activo y vigilante.
Aunque aquí vale una advertencia: esa conversación indefinidamente renovada puede atrapar al lector, seducirlo y sumergirlo peligrosamente en su propia soledad. Ceñido por los pasadizos de una lectura demasiado agobiante, cuando la vista se nubla y el lector continúa como si pisara una superficie dura y pareciera imposible leer así, en ese silencio aplastante e inmensos intervalos de aburrimiento, tan “solo” que ni él mismo se basta, en esos momentos los lectores nunca sobran, y mucho menos la voz o la simple presencia de otro, que puede convertirse en un camino que se escucha y se vive mejor en los meandros de una buena lectura, que, valga la insistencia, no nos hará perder nuestra amada soledad, lector.