De los viacrucis cuya transmisión he visto por televisión, el que mayor impresión me ha causado ha sido el del viernes 10 abril de 2020 que presidió el papa Francisco desde la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Fue Benedicto XIV, en 1741 el primer pontífice que hizo del Coliseo el lugar para orar, en 14 estaciones, el camino de Cristo hacia el Gólgota. No todos sus sucesores siguieron esa tradición. La etapa que llega hasta estos días es la que retomó Pablo VI en 1964.
No es que cada año yo la siga devotamente, pero recuerdo profundamente el de 2020 por la singularidad del confinamiento. Es la razón por la que las plegarias se elevaron desde la Plaza y no desde el Coliseo. Las meditaciones y oraciones que se propusieron para esta ocasión provenían de la capellanía del Centro Penitenciario Due Palazzi de Padua. Así pues, de un encierro a otro, la necesidad de esperanza era una súplica universal.
Los textos provinieron de los diversos actores de la realidad carcelaria, como lo aclara el documento disponible en la web vaticana: «cinco personas detenidas, una familia víctima de homicidio, la hija de un hombre condenado a cadena perpetua, una educadora de instituciones penitenciaras, un juez de vigilancia penitenciaria, la madre de una persona detenida, una catequista, un fraile voluntario, un agente de policía penitenciaria y un sacerdote que fue acusado y ha sido absuelto definitivamente por la justicia, tras ocho años de proceso ordinario”.
Estas microhistorias interpelan nuestra capacidad de empatía. No buscan indulto ni impunidad. Está la conciencia del daño, el arrepentimiento, la soledad, la confrontación entre la desilusión y la esperanza. Es una meditación de la vida que hace suyos los propios dolores de Jesús. Y, en esa escritura, ocurre una catarsis que pone en el Nazareno la realidad individual, buscando una emancipación del dolor que está adentro de los barrotes.
Después del anuncio de la estación está, o bien la cita bíblica que da origen a la escena o bien la que la enmarca en alguna de las profecías. Después, está el testimonio del personal de Due Palazzi y por último las súplicas con las que se pide la misericordia de Dios.
A continuación, transcribo un fragmento que gira en torno a la III estación, Jesús cae por primera vez:
«De mi infancia, recuerdo el ambiente frío y hostil en el que crecí. Bastaba descubrir una fragilidad en el otro para traducirla en una forma de diversión. Buscaba amigos sinceros, buscaba ser aceptado tal como era, sin poder lograrlo. Sufría por la felicidad de los demás, sentía que todo eran obstáculos, me pedían sólo sacrificios y reglas que respetar. Me sentí un extraño para todos y busqué, a cualquier precio, mi venganza. No me di cuenta de que el mal, lentamente, crecía dentro de mí».
De esta manera, las 14 paradas nos recuerdan que cada persona encarcelada está llevándose consigo un poco de la sociedad de la que hace parte. Bien sea por las exclusiones y las marginaciones, los abusos y la negligencia, la corrupción administrativa, los privilegios, los modos de producción y consumo, hay una responsabilidad social de la que no se nos exonera con la prisión de otros.
La noción de justicia que se reduce a la satisfacción de que el reo “se pudra” allí dentro, viene dándome vueltas. En ningún momento pretendo invalidar la emoción de quien la enuncia, pero algo de insatisfacción me queda palpitando.
Trato de explicarme: cuando un órgano del cuerpo experimenta una necrosis, todos los sistemas pueden colapsar. No defiendo tampoco aquella ingenuidad del que cree en un cambio simulado, del que se deja llevar por el uso de accesorios como la cruz y la Biblia para creer que el arrepentimiento es sincero. Lo que pasa es que no quiero perder de vista dos estancias claves en esta matriz actancial: la familia y los voluntarios.
«Cuando condenaron a mi hijo, ni siquiera por un instante tuve la tentación de abandonarlo. El día que lo arrestaron toda nuestra vida cambió, toda la familia entró con él en la prisión. Todavía hoy, el juicio de la gente no se aplaca, es una cuchillada afilada. Los dedos que nos señalan aumentan el sufrimiento que ya llevamos en el corazón”.
Escuchar atentamente entrena la elección de las palabras que usaremos. Imaginar la red de los prójimos nos permite no escindirlos ni objetualizarlos, no son las ofrendas que aplacan a una deidad irascible. Para que la justicia llegue a plenitud se deben dar las condiciones de una pedagogía que se interese en sanar el pasado, en entender las posibilidades del presente y en otorgar tareas y responsabilidades futuras.
A su vez, el personal que apoya desde la educación, la psicología y la espiritualidad hace una tarea invisible a nuestros ojos la mayor parte del tiempo. La catequista invitada a escribir en este viacrucis encuentra su vocación en la religiosidad que vive:
«El camino que me sugiere Cristo es contemplar esos rostros desfigurados por el sufrimiento sin tener miedo. Me pide quedarme allí, a su lado, respetando sus silencios, escuchando su dolor, buscando mirar más allá de los prejuicios”.
No obstante, frente a esa adhesión evangélica, otra educadora reconoce la necesidad de descanso y el estímulo de los frutos que tardan en madurar:
«Percibo que sus vidas pueden volver a comenzar en otra dirección, dando definitivamente la espalda al mal. Pero mis fuerzas disminuyen día a día. Ser un embudo de rabia, de dolor y de rencores rumiados acaba por desgastar incluso al hombre y a la mujer más preparados”.
Ludwig Wittgenstein había escrito antes del Tractatus que «Dios son las cosas tal y como son». El viacrucis del 2020 contempla el misterio y lo actualiza, ve al hombre herido y maltratado, no interfiere en el silencio divino. Las espadas de los ángeles permanecen envainadas. Hay un griterío de voces que se burla y escarmienta. Aparecen unos pocos para socorrer al que sufre: la madre María, Simón de Cirene, Verónica, José de Arimatea. Quizá es allí donde gravita Dios, en el gesto y no en el objeto, como lo escribe el novelista portugués Afonso.
Este año, en el viacrucis del Coliseo, el Papa León XIV llevó la cruz durante el recorrido, con las meditaciones del franciscano Francesco Patton. Este fraile, desde el Monte Nebo en Jordania, expuso una espiritualidad de la paz a partir de cuestionar la tiranía de quienes están en el poder. Ese es el legado de Francisco de Asís a 800 años de su muerte.