Que la vida es sagrada es una mentira que repetimos con mucho convencimiento. Me podría extender aquí sobre la cantidad de animales que el ser humano mata por diversión o para comer y sobre las condiciones en las que lo hacemos. O de cómo se justifica el asesinato de millones de personas en el mundo, bien sea durante un genocidio o como resultado de la legislación sobre la pena de muerte que todavía tienen más de 50 países incluidos China, Egipto, Irán, Irak, Arabia Saudita, Estados Unidos, Vietnam y Yemen que según Amnistía Internacional ejecutan personas de manera recurrente cada año. O de la cantidad de gente en Colombia a la que le parece necesaria la “limpieza social”, para salir del problema de los ladrones, vagos y viciosos.
Mi argumentación favorita sobre la mentira de que la vida es sagrada es la que hizo el comediante norteamericano George Carlin. Decía que la santidad de la vida es un conveniente invento de los seres humanos que estamos vivos: “it’s a self serving man made bullshit story”, “es una historia de mierda inventada por el hombre y que solo busca su propio beneficio”. Carlin agrega: “matamos a las moscas y los mosquitos porque son pestes. A los leones y los tigres porque es divertido. Gallinas y cerdos porque tenemos hambre. Faisanes y codornices porque es divertido… Y tenemos hambre. Y gente, matamos gente porque son pestes… Y es divertido”.
El punto central de la argumentación de Carlin es este: “si todo lo que alguna vez vivió está muerto, y todo lo que está vivo va a morir, ¿dónde está lo sagrado de la vida?”. Es una mentira que decimos para estar mejor con nosotros mismos, para sentirnos nobles y decentes, pero que no practicamos. Ni de manera sagrada porque nada es inmortal, ni de manera práctica o literal porque todos los días se mata o matamos.
Molesta más la muerte por su estética que por su ética. Hay quienes encuentran repulsivas las peleas de gallos, de perros, las corridas. Pero hay otros a los que les parece que en ello hay arte. En la interrupción voluntaria del embarazo algunos ven una aspiradora que extrae por pedazos a un embrión o a un bebé completamente formado. Y otras vemos el derecho de acceder a un procedimiento médico de forma segura que nos permita autogobernarnos. En la muerte de millones de niños en Gaza a manos de Israel algunos vemos un genocidio y hay otros que consideran que estos no son personas sino animales.
Desde el bloqueo en 2007 y desde hace un poco más de dos años que comenzó el exterminio de los palestinos, Gaza se ha convertido, según el historiador israelí Ilan Papé, en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo. Hambruna, terror, bombardeos constantes, condiciones de miseria, el asesinato de más de 160.000 personas, la mitad de ellos niños y niñas, más de 60.000 desaparecidos. ¿Cómo se siente vivir de esa manera?, ¿a qué huele un lugar así?, ¿cuáles son los sonidos que hay en un lugar como esos?, ¿todavía hay pájaros que los despierten en el amanecer?, ¿cómo se sostiene la vida, el amor, la humanidad en Gaza?, ¿cómo es posible que permitamos una situación como esa?
“En 100 años tan muerto estará el toro como el torero” me dijo una vez un amigo. Hablamos de la santidad de la vida y pensamos en las formas en las que impedimos la muerte y esto es un imposible. Mejor pensar en las formas en las que sostenemos la vida. En la vida mientras ocurre. Quizá el día en el que nos preocupemos más por las condiciones en las que viven los vivos estemos más cerca de impedir un genocidio.