Escribo este texto tardío sobre la pasada Feria de Manizales, como pretexto para hablar de la reconfiguración del poder que actualmente vivimos y que tiene en una de sus imágenes más bellas el posible final de las corridas de toros en Colombia y en la Feria de Manizales.
Esto producto del ultimátum que ha dado la ley “No más ole” y que ha sido ratificada por la Corte Constitucional. Lo hago lejos de los debates alrededor de la tecnocracia cultural desde la que se entiende la Feria de Manizales. Ya sea como una “oferta cultural” o “como una posibilidad de innovación,” para atraer visitantes, es decir, como industria o mercado cultural.
La feria, como las demás actividades, eventos o procesos culturales, es sobre todo una disputa por una narrativa alrededor de la cual nos reconocemos, nos identificamos, nos compartimos. Y hay que subrayar la derrota que significa (por la vía jurídica), el final de las corridas de toros. No para sacar pecho o asignarse responsabilidades o pedestales morales, sino para entender esa transformación generacional, cultural (esta sí) que significa el respeto por los animales, su entendimiento como seres sintientes y en general el reconocimiento de lo No-humano que sigue avanzando.
Aclarando que esta misma tendencia de “ganar” derechos, está ahora peligrosamente amenazada, por la emergencia de los fascismos, que ante la decadencia de sus poderes, echan mano del terror y la barbarie, olvidándose de las formas para restablecer su dominación.
¿Qué significa que durante la feria de Manizales no sea legal hacer corridas de toros? Me pregunto. Y para compartirles lo que pienso voy a darme unas vueltas. Recuerdo un discurso de Pepe Mujica en el que señalaba lo que significaba que durante la pandemia del Coronavirus el clero cristiano hubiera aceptado (por obligación) que no se realizará el encuentro para la eucaristía (la misa de los domingos).
Según su creencia, durante esta misa, y a través del sacramento, se recrea el vínculo directo con Dios. No hacerla, de manera física y directa, pone en riesgo este vínculo y esta creencia. Durante estos 50 minutos se recrea semanalmente una tradición milenaria. Decía Mujica que esta imposibilidad, mostraba el triunfo del mercado sobre la religión, porque la mayor parte de la producción orientada al consumo, nunca se detuvo.
Desde ese lugar me acerco para pensar en las corridas de toros y su imposibilidad de hacerse en la Feria de Manizales. Como acto de barbarie, estas corridas eran una forma de reproducir unos valores específicos que tienen lugares y roles particulares en el rito. De una parte los toros encarnan la naturaleza salvaje que debe ser dominada, de otra los toreros representan el valor de la “hombría”, la destreza, la fuerza y la valentía. Alrededor suyo y como otras capas del campo en juego, las mujeres (performatizadas como reinas o acompañantes) son observadoras de la hombría. Una “elite” parroquial toma su lugar en los palcos o cerca de la arena. Los gobernantes, los empresarios, los terratenientes que presentan a las familias ganaderas.
Todos estos valores están en crisis. La hombría y la valentía. El provincialismo gamonalista. Los patrones latifundistas. El entendimiento de la naturaleza como salvaje, misteriosa, descartable y susceptible de violencia. La ceremonia no podrá hacerse, y se quedarán sin uno de sus espectáculos más bizarros y repugnantes, que ha sido la mejor forma de perpetuar estos valores. No es el único, por supuesto. Pero «prohibirlo» es quizás la punta del iceberg, que nos deja ver unas transformaciones culturales que vienen dándose desde hace décadas y que encontrarán sus maneras propias de resignificarse, al margen de cualquier escritorio o texto. Incluido este.