Esta semana vi Doubt (La duda), una película de 2008, que está basada en una obra de teatro del mismo nombre; ambas, la película y la obra de teatro, fueron escritas y dirigidas por el dramaturgo John Patrick Shanley. El reparto es espectacular: Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Viola Davis y Amy Adams, acompañados de varios actores jóvenes, pues la trama se desarrolla en un colegio católico. Los cuatro actores principales fueron nominados al Oscar por su papel en esta película, aunque ninguno lo ganó. Yo no la había visto antes.
La película, disponible en Netflix, está ambientada en el Bronx de 1964. Transcurre con esa calma tensa que esconde la sospecha de que uno de los sacerdotes del colegio podría estar abusando de un estudiante. En Estados Unidos los primeros escándalos públicos de acoso sexual por parte de sacerdotes católicos son de los 80, y la investigación del Boston Globe, que puso en evidencia la magnitud del problema —el 6% de los sacerdotes de la ciudad habían tenido denuncias de este tipo—, es de 2002 (Spotlight es la película al respecto). Es decir, para 2008, fecha en la que se produce Doubt, este tema todavía era bastante nuevo y, por tanto, tabú.
Quizá por eso el tratamiento me pareció prudente. No busca, como Spotlight, la denuncia frontal del acoso sexual perpetrado por sacerdotes católicos, sino que muestra con maestría la guerra fría en la que se puede convertir una sospecha de este tipo. Dos monjas (Streep y Adams) intentan desenmascarar al sacerdote (Hoffman) que sabe que controla el poder dentro de la institución a la que pertenecen los tres.
Viola Davis tiene una aparición breve, pero memorable, como la mamá de la víctima, un niño negro, probablemente gay, empobrecido y discriminado. La solución que ofrece la madre del menor es esperar a que termine el periodo escolar sin decir nada porque ella sabe, cómo lo sabe cualquier persona oprimida, que una denuncia de ese tipo puede ser peor para ellos.
Aunque el personaje de Streep, la hermana Aloysius, la monja con más experiencia, engaña al sacerdote para hacerle creer que tiene pruebas en su contra, este nunca admite su culpa. Es retirado del colegio y promovido a un cargo mejor, en donde sigue teniendo acceso a estudiantes. Es una victoria amarga y un final que admite la ambigüedad. No tenemos certeza de nada. Doubt.
Pienso que si hubiera visto la película en 2002, con la información que tenía en ese momento, me hubiera resultado menos claro el final y el personaje de Meryl Streep me habría parecido muy antipático. Pero hoy, con todas las denuncias y la realidad que conocemos, me sintonicé con ella desde el comienzo; fui ella, todas sus decisiones me parecieron las decisiones que yo misma hubiera tomado en esa situación. Una monja incisiva, canchera, cínica, desconfiada, prejuiciosa y anticuada, que tiene la experiencia que se requiere para oler la falsedad a 200 metros.
En Colombia el periodista Juan Pablo Barrientos es la persona que con más juicio ha investigado las denuncias a sacerdotes católicos. En la sección El Archivo Secreto del medio de comunicación Casa Macondo se encuentra toda la información sobre los casos de abuso sexual por parte de sacerdotes en el país. Hay por lo menos una historia ocurrida en Manizales: en “No le digas a nadie para evitarle un escándalo a la iglesia”, un hombre de Aguadas, Caldas, narra en primera persona los abusos a los que fue sometido por parte de tres sacerdotes, situaciones ocurridas en la parroquia de la Inmaculada Concepción, a un costado del Parque Caldas. Hace poco estuve en esa casa cural donde ocurrieron los abusos. Es muy raro ir a un lugar así, que se supone debe ofrecer protección y cuidado, y sentir que la oración, la seriedad, la pompa, los rituales y el misterio son instrumentalizados para ocultar los maltratos y la violencia. ¿Quién puede gritar en un lugar en el que el silencio es equiparado a la virtud?
En lo personal, conozco dos historias de hombres que en su adolescencia fueron acosados por sacerdotes en colegios católicos. No deben ser los únicos hombres de mi entorno a los que esto les ha ocurrido, pero son los dos que se atreven a hablar de ello. Conozco también la historia de un sacerdote del Opus Dei que ponía bastante incómodos a mis amigos del colegio Horizontes preguntando en confesión cosas como “¿has tenido malos pensamientos?, ¿con hombres o con mujeres?, ¿con uno o con varios?”.
Pero la pedofilia y la pederastia no son ejercidas únicamente por sacerdotes católicos. Hemos puesto el foco ahí no tanto por el problema puntual de cada sacerdote que resulta pederasta, sino por el encubrimiento sistemático que la iglesia católica ha practicado. Y esto, me parece, ha hecho que perdamos de vista que no es que los sacerdotes católicos sean abusadores de menores, sino que los pederastas entran a la iglesia porque es una forma de acercarse a los jóvenes. Es decir, los pedófilos y pederastas estarán en donde tengan la oportunidad de estar con los jóvenes, y esto es colegios, ligas deportivas, scouts, academias de cualquier índole, grupos espirituales, etc.
Me pregunto y dudo, ¿existen en los colegios públicos y privados los protocolos para prevenir los abusos?, ¿está escrito expresamente en alguna parte algo como que un profesor o profesora y un estudiante no deben estar nunca a solas, o tras una puerta cerrada?, ¿ocurre algo similar en los scouts, las ligas deportivas, etc.? Mi buen amigo Víctor Acosta, profesor del Magisterio, señala que no existe tal cosa. Hay recomendaciones puntuales cuando el o la rectora, la coordinadora, o un profesor o profesora son sensibles a estos asuntos.
Es bueno poder vivir en un ambiente de confianza, pero también es cierto que nos faltan ojos y manos para cuidar a los niños, niñas y jóvenes, que son la población más vulnerable de todas. Con la experiencia que tenemos ya podemos pensar y actuar más como la hermana Aloysius.