“No tenemos un modelo de cómo se ve una mujer poderosa, excepto que se parece bastante a un hombre”.
Mary Beard, Mujeres y poder: un manifiesto.
Cualquier mujer, cualquiera, que tenga una voz más o menos pública, o tres seguidores en Instagram, sabe que seis meses antes de las elecciones para el congreso o para las corporaciones regionales empezará a recibir llamadas e invitaciones a tomarse un café con los políticos regionales. Como la práctica lleva ya varios años y, por tanto, está naturalizada, en algunas de esas llamadas nos dicen con candor “queremos que usted sea la cuota femenina”, como si hubiera que sentirse honrada con la propuesta.
Es culpa nuestra cuando negamos la invitación. “¿Sí ve?, es que las mujeres no quieren participar en política”. Es evidente que a los políticos les falta formación en temas de género. Solo les interesan las causas femeninas cuando quieren salir en una foto con un pañuelo morado posando de machos deconstruidos. Lo que es menos frecuente es que los partidos o movimientos cultiven una base femenina o diversa e incluyan por convicción asuntos de género dentro de sus campañas.
En busca de la paridad y de acuerdo con las leyes colombianas, las listas para la Cámara de Representantes conformadas por cinco o más curules deben incluir un mínimo del 30% de mujeres. Es decir, dos mujeres por cada lista de cinco candidatos. Si la lista tiene menos de cinco curules, una mujer debe ser incluida. Esto no ha tenido el resultado esperado que es que más mujeres participen en política, sino el mencionado: más mujeres como cuota femenina, como se ve claramente en la última columna de Adriana Villegas aquí en Barequeo.
Caldas tiene 11 listas a la Cámara de Representantes y lo que deja ver el análisis de Adriana es que en por lo menos seis de ellas hay personas que pareciera que no están en campaña. Lo que es casi seguro es que ninguna mujer será representante a la cámara por este departamento durante los próximos cuatro años. El ostracismo en este sentido está repartido equitativamente entre la derecha, el centro y la izquierda caldense.
En el libro de la académica Mary Beard, Mujeres y poder: un manifiesto, la autora reflexiona sobre los motivos por los cuales las mujeres no participan en política y la conclusión más importante es sobre la manera en la que hemos visto el ejercicio del poder, como un asunto de liderazgos y no de una acción colaborativa.
Su perspectiva es revolucionaria. Aunque muchos análisis sobre la baja participación en política de las mujeres se centran en la falta de acceso, la violencia política, el silenciamiento, la sobrecarga de la labor doméstica y la débil implementación de las políticas de paridad, y todo esto es verdad, Beard aborda un problema de fondo que suele pasarse por alto: seguimos creyendo en mesías salvadores y hemos perdido la capacidad para trabajar juntas y juntos.
Estamos en el mundo del triunfo individual, del bienestar personal, del “hazte cargo de tus propias emociones, nadie tiene la culpa de que te sientas mal”, que nos ha convencido del sálvese quién pueda. Un mundo patriarcal. Mientras que las mujeres hemos sido expertas en colaborar, en auxiliar, en concurrir, no por una condición esencial de ser mujeres, sino por la manera en la que hemos sido educadas para sostener juntas los hogares y para cuidar de todos. Es decir, los hombres también pueden ser educados para cooperar más que para competir.
Quizá esto es lo que sigue faltando, más hombres que estén dispuestos a compartir el poder. Que cedan, y no que den, espacios a las mujeres dentro de las colectividades políticas y esta distinción es importante. Es decir, que se hagan a un lado y dejen que las mujeres hagan también. Mientras tanto todos sus esfuerzos por conseguir cuotas femeninas no serán ayuda, son estorbo.