La muerte de Yeison Orlando Jiménez Galeano la lloraron en todo Colombia. Incluso a quienes no somos seguidores de su música también nos aturdió el hecho porque, en mi caso, no dimensionaba la pasión que despertaba entre sus fanáticos. Porque nunca asocié la música popular andina, sobre todo el género de despecho o el parrandero, con masas. Porque siempre lo vinculé con fondas y cantinas; música de borrachos y agropecuarios. Sí, es un estereotipo… pero fundamentado.
En su trabajo Me siento muy hembra pa’ llorar por un güevón: Despecho y representaciones de género en la música popular colombiana, los investigadores Mateo Cárdenas Pazos y Sebastián Giraldo Aguirre narran cómo este estilo musical nace en los años 20 y 30 del siglo pasado en las cantinas cercanas a las estaciones del tren. Inspirados en las letras de los tangos, milongas, boleros y rancheras del momento, y el sonido de los tiples y guitarras de nuestros bambucos, pasillos guabinas, los cantantes de música “carrilera” (ya saben por qué) se diferenciaban de los artistas cultos por la voz y entonación campesina que usaban. Esto alimentaba la idea de que cualquiera podía hacerlo.
Los campesinos de Antioquia y el Eje Cafetero comenzaron a componer y a cantar, sobre todo de desamores y borracheras. Se fueron ganando un espacio entre el pueblo y surgieron talentos como Darío Gómez, Luis Alberto Posada y el Charrito Negro. Cantantes de estética bucólica – sus videos incluían fincas, cultivos de café y montañas – o barriobajera de fondas de arrieros y coperas. Luego, con el éxito, se volvieron aspiracionales y de las fincas de paredes de bahareque y mulas pasaron a las casa fincas en condominios de lujo, mujeres sexis de barrio y autos convertibles, como Johnny Rivera en el video Soy soltero. Y, como en el vallenato, surgió una nueva ola donde la música popular campesina se fusionó con otros géneros (pop, reguetón, tropical, regional mexicana), y ya no eran los montañeros quienes cantaban sino sus descendientes: jóvenes urbanos con raíces rurales. Surgen Pipe Bueno, Paola Jara, Jessi Uribe y el finado Jeison Jiménez.
Estos últimos ya no son aspiracionales: ya lo lograron. Su estética – narcoestética – es de grandes camionetas, mansiones, mujeres voluptuosas a punta de cirugía (y que ojalá sean influencers, creadoras de contenido o modelos) y derroche. Venden machos alfa y mujeres hipergámicas; eso es lo que la gente compra: la ilusión de ser como ellos.
Jeison Jiménez, de Manzanares (Caldas), es el monomito planteado por el antropólogo Joseph Campbell: «El héroe se lanza a la aventura desde su mundo cotidiano a regiones de maravillas sobrenaturales; el héroe tropieza con fuerzas fabulosas y acaba obteniendo una victoria decisiva”. Este cantante sale de una región montañosa y de difícil acceso, y se va a medir su talento a ciudades donde le toca trabajar en plazas de mercado y luchar para ser escuchado. Finalmente alcanza la fama y amasa una fortuna que supera los $50 mil millones (cuatro veces más de lo que la Gobernación de Caldas invirtió en vivienda en el 2025).
“Todos mis compañeros tenían moto, pero yo tenía sueños”, decía Jeison Jiménez. Y esos sueños se materializaron en casas, empresas, criaderos de caballos, mujeres, automóviles y camionetas, fama y un avión Piper Navajo bimotor PA31 que se convirtió en una bola de fuego en un potrero de Duitama (Boyacá). Un siniestro que, según el mismo cantante, había soñado varias veces, y que será usado por sus seguidores para otorgarle poderes sobrenaturales, transformando al ídolo popular en santo o en mito. Porque, como dice Campbell en su obra El héroe de las mil caras: “el héroe regresa de esta misteriosa aventura con el poder de otorgar favores a sus semejantes”.