La guerra ha vuelto.
Lo sabemos todos, hasta los que más se esfuerzan en esconderse de la realidad, de apagar el televisor, de cerrar las cortinas, de echar a la basura el periódico del día y de todos los otros días. A todos los rincones del mundo ha llegado la mala nueva de que los tiempos de prosperidad que pregonaban los estadistas parecen llegaron a un callejón sin salida.
Son problemas para otros, claro, porque estos conflictos parecen ocurrir al otro lado del mundo. Siempre al otro lado, lejos de nosotros, e incluso así es difícil no notarlo en el precio de los productos en el supermercado, en el precio de la gasolina, en la factura de la luz, y, por supuesto, en el discurso de los políticos que insertan sus hilos en el tejido de nuestra cotidianidad.
Pero también es cierto que de guerra hemos sabido siempre, no sólo porque los conflictos armados estuvieron presentes en lugares en donde la violencia no fue noticia de última hora, sino porque la vimos durante muchos años desde la comodidad de nuestro sofá. No hizo falta enlistarse en el servicio militar para ver cómo se vive en las barracas, para sentir la adrenalina de las trincheras, para oír el estruendo de las explosiones y ver la sangre y el sudor de los héroes. Se acelera el corazón, se dilatan las pupilas, y de alguna forma hasta la música épica parece tan natural como el repiqueteo de las aspas de un helicóptero, las detonaciones de una metralleta y aquel instante de suspenso entre la granada que se lanza y el estallido que provoca.
A nosotros no nos llegan las esquirlas ni se nos revientan los tímpanos, ni nos atraviesan las balas, y, para cuando una nube de letras blancas con nombres y roles emerge en la pantalla negra, regresamos sanos y salvos al sofá de nuestra casa. Algunos, más intrépidos, no se limitan a ver las historias, sino que se involucran en la batalla sin tener que ponerse las botas y sin empuñar un fusil: basta con un mando de consola para darle rienda suelta a nuestra propia historia de guerra.
Entonces guerra, guerra, lo que se dice guerra, es esto. ¿Qué más sería, si no es esto? La industria del entretenimiento nos da la oportunidad de vivir en la imaginación las historias extraordinarias de otra gente, en otros tiempos, desde naufragios en islas desiertas hasta naufragios en planetas inexplorados. La guerra, entonces, se ha vuelto tan cotidiana que, incluso si para muchos es parte del pasado, para el resto es también cosa de todos los días.
Las historias heroicas que se cuentan dan siempre algún motivo de orgullo y valentía, esa eterna lucha del bien contra el mal, la civilización contra la barbarie, la libertad contra la opresión, la democracia contra la tiranía: los buenos, que somos nosotros, contra los malos, que son ellos. ¿Y quiénes son esos «ellos»? Parece una pregunta difícil de responder, pero resulta increíblemente fácil: los enemigos de la patria.
Sólo que no es precisamente nuestra patria, sino otra, la dueña de la historia. De esta historia y de otras historias, de este videojuego y otros videojuegos, de estas películas y otras películas, que es, casi siempre, Estados Unidos.
Es obvio: son casi siempre sus industrias las que manufacturan estas historias. Son ellos quienes las escriben, quienes las filman, quienes actúan en ellas, quienes las publican y quienes las reparten para que no se limiten sólo a sus fronteras, sino que le den la vuelta al mundo. Por eso resulta tan fácil que la industria del entretenimiento termine por articularse con su industria militar. A esto algunos lo llaman como “Militainment”.
En la década de los 80, los medios de comunicación fueron culpados del rechazo ciudadano frente a los abusos de las tropas estadounidenses en Vietnam. A esto se le conoció como el “Síndrome de Vietnam”. La «prensa libre» que llevaba imágenes desde el campo de batalla hasta los televisores representó un reto para la política doméstica y, en consecuencia, para la política exterior de los Estados Unidos.
Durante los años 80, empresas como CNN adquirieron gran relevancia y audiencia, y al mismo tiempo desplazaron otras perspectivas. Ruedas de prensa sobre política exterior, por ejemplo, fueron más convenientes que investigaciones independientes y rigurosas sobre lo que ocurría afuera. Estos grandes monopolios eventualmente interactuaron con la industria militar, quien además necesitaba legitimar sus acciones y prevenir episodios como el del Síndrome de Vietnam.
Cuando en 1991 las bombas estadounidenses empezaron a llover sobre Bagdad, ya las cámaras de televisión apuntaban desde terrazas de hotel y suministraban información y de primera a sus televidentes, al otro lado del mundo. Ruedas de prensa, transmisiones en vivo las veinticuatro horas, analistas políticos y militares, todo un despliegue de medios que saciaban la necesidad de información para los ciudadanos, y al mismo tiempo le permitían al gobierno estadounidense controlar el tono y la narrativa.
Así fue posible eludir imágenes crudas o devastadoras, como las que provocaron el rechazo de los ciudadanos en la guerra de Vietnam. Las explosiones lejanas y controladas, los ataques de “quirúrgicos” y las ruedas de prensa con los comandantes reemplazaron las imágenes de muerte y destrucción que son elemento indiscutible de cualquier guerra.
La admiración a las capacidades tecnológicas se traduce como “tecnofetichismo”. El recuerdo de los despliegues festivos y las acrobacias aéreas, con que muchos relacionan a sus ejércitos en tiempos de paz, es confrontado con una realidad tan asombrosa como entretenida: la verdadera capacidad militar de los Estados Unidos. Los tanques, los helicópteros, las bombas y todo el despliegue de superioridad tecnológica, ahora en escena, en contraste con lo anticuado, impreciso y barbárico de los adversarios. Un contraste tan elocuente como el de la civilización y la barbarie o, en eventos más contemporáneos, el de los misiles israelíes o los cohetes de Hamás, o el entusiasmo con que reportaron los bombardeos estadounidenses (con una tecnología hasta ahora desconocida y usada por primera vez en un campo de batalla) a los depósitos y almacenes de interés nuclear en Irán. No se habla, sin embargo, de las razones y las consecuencias de una agresión militar por fuera de las leyes internacionales. La guerra ya no es un interrogante, sino una realidad. Y la realidad no se discute.
La masificación y estandarización de la cultura le ha permitido a la industria militar legitimarse y normalizarse. El consumo masivo de películas, series, libros, videojuegos y hasta música pop han sido el vehículo perfecto para integrar los intereses estadounidenses en un público mucho más amplio y diverso. El ciudadano se vuelve un televidente. Acepta el conflicto tanto como algo natural y algo entretenido.
Aunque la revolución digital ahora rompe ese cerco de periodistas transmitiendo desde la terraza de un hotel en Bagdad, como ocurrió en los 90, algunos legados del “Militainment” dejan surcos en conflictos actuales. En Rusia, por ejemplo, el gobierno impulsó programas de entretenimiento desde el inicio de su ofensiva en Ucrania, como debates entre analistas y comentaristas, incluso actores o comediantes, que presentaron la «operación militar especial» más por su espectáculo que por su origen: el entretenimiento es también parte de la guerra.
Israel muestra su artillería como estratégica, «ética» y avanzada, capaz de ejecutar ataques de «precisión quirúrgica» contra sus enemigos. La artillería de Hamás, por el contrario, la muestran como salvaje e indiscriminada, más como un tirador balas perdidas que como un actor de guerra.
Para el 2025, con un genocidio en curso y una crisis sin precedente de nuestras instituciones multilaterales, es importante discutir cómo la cultura pop y el entretenimiento manufacturado en masa puede ser (o ya es) fácilmente utilizado como arma psicológica. El entretenimiento es un aspecto fundamental en la construcción de nuestra identidad y nuestras ideas políticas, pero los objetivos de una industria artística monopolizada son controlados no por quienes la consumen, sino quienes la producen.
La bandera israelí ondeando alto entre la escarcha de Eurovisión muestra qué ocurre cuando quienes manufacturan el entretenimiento son los mismos que controlan los misiles, y de cómo las películas que vemos, las tendencias que seguimos y las canciones que cantamos son quizá sombras en la pared de una caverna.
La guerra no ha vuelto, pues nunca se fue. La hemos desayunado todos los días, sin saberlo, y hemos pintado nuestra vida con sus colores. Hemos hilvanado con ella nuestra cultura. Le hemos abierto la puerta de nuestra casa y reservado un lugar en nuestro sofá.
No nos damos cuenta de que no bastará apagar el televisor para sacarla.
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Nota del autor: Este artículo fue publicado el año pasado en la revista “Latin-Amerika”, del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina, bajo el título de “Krig, krig og krig”