¿La democracia está a punto de convertirse en una forma de egocracia? ¿Veremos un elector encerrado en el perímetro de su soledad; encapsulado en burbujas de confirmación y auto-adulación? No es descabellado pensar que, bajo la tiranía tecnológica, los ciudadanos se replieguen totalmente en las grietas del egocentrismo. De hecho ya muchos lo hacen. Por ejemplo, el voto electrónico (que bien implica un análisis por sí solo) ya propone un acto en el extremo del individualismo.
Y aunque en Colombia parece lejano, tal vez el ritual social del sufragio —el desplazamiento, la fila, el encuentro con otros votantes, la mano marcando la foto, arrojar la boleta en el buzón, etc— puede quedar atrás, y votar podría dejar de ser un ritual compartido para convertirse en un gesto egoísta, despojado de toda relación con el otro.
El primer paso se da cuando el imaginario es progresivamente usurpado por un bombardeo de propaganda. En ese régimen de imágenes, discursos y consignas diseñados para que el elector se vea idénticamente reflejado, el otro desaparece. La política se vacía de su esencia: disentir, y se transforma en un espejo: un reflejo complaciente de nosotros mismos.
La política cambia con una velocidad inquietante y el ritmo lo impone la imagen. Basta con salir a caminar para advertir cómo los espectros —presto la palabra de Roland Barthes y de su libro la Cámara lúcida— invaden el espacio público: poses calculadas, sonrisas colgate, miradas al firmamento, manos cruzadas con aplomo. Miles de retratos que se multiplican en pancartas rodantes, que viajan en las ventanillas de los taxis y las busetas; que nos observan mientras esperamos el bus.
En este contexto se gesta un proceso de identificación extrema: el espejo electoral. A través la fotografía, las campañas políticas buscan hasta el hartazgo una identificación total: que el elector se reconozca en el político y que el político se devuelva como reflejo del elector. En ese juego especular se captura —y se neutraliza— el espíritu crítico, ese mínimo desajuste que permitiría al ciudadano confrontarse con el artificio de lo idéntico.
El territorio de la fotografía política bien podría rescribirse con el cuento de Blancanieves. La figura de la madrastra se actualiza en un nuevo conjuro: «espejito, espejito, ¿quién es el político más apuesto de estas elecciones?»
La autocrítica no es una característica de la política en Colombia (y por la situación actual…ni del mundo): ese gesto ético elemental que consiste en saberse incompleto, falible, necesitado del otro. Si el propósito de la política es el bienestar social, ¿cómo ejercerla sin reconocerse en la alteridad? ¿Cómo construir lo común desde una identidad cerrada sobre sí misma?
Estas preguntas resuenan en un megáfono silencioso. La política contemporánea —y precisamente la fotografía política— se edifica moralmente como la exhibición de un ciudadano ideal. Un cuerpo sin fisuras, un rostro sin ambigüedades, una biografía santificada. El político se piensa desde sus virtudes y excluye los defectos mediante un gesto silencioso de orgullo, incapacidad, ceguera y miopía.
En este narcisismo electoral las imágenes circulan como una superficie pulida donde todo conflicto ha sido borrado. La política deja de ser un espacio de confrontación simbólica y se convierte en un acto de culto a la imagen.
Enajenados en sus virtudes y en su propia imagen, ambos —político y elector— se vuelven incapaces de verse en el reflejo de sí mismos. Enamorados, casi, confunden la representación con la identidad y asumen como verdad que quien los representa es su yo: una prolongación moral investida de la certeza de que esa escala de valores prevalece sobre otras, consideradas inferiores y, por supuesto decadentes.
La fotografía política cumple así una función precisa: producir una igualdad idéntica entre lo que se ve, lo que el político exhibe y lo que el elector cree ser en él. Esta operación no solo busca adhesión, sino fijación. Asegura un elector sin relevo, plano, sin profundidad; un sujeto impedido para sacudirse y mirarse con otros ojos, incluso para sospechar de su propia identidad.
El retrato político opera entonces como una metáfora: es el cancerbero de las campañas electorales. El retrato narcisista custodia la superficie reflejante e impide cualquier intento de alteración, cualquier fisura por donde pudiera colarse la experiencia de verse en un otro distinto. Su tarea es conservar una homogeneidad inocua: un mundo sin asperezas, donde los electores fanatizados se sienten como en casa, imperturbados, a salvo de todo malestar, y dispuestos a responder a los ataques contra su ego.
Esta totalización, con todo lo que arrastra consigo, constituye lo más siniestro de la campaña política contemporánea. Se trata de una agresividad inocua: un fanatismo desprovisto de convicción, sin doctrina ni pensamiento, cuya eficacia reside precisamente en su vacío.
El leitmotiv de la política actual consiste en esquivar cualquier valor cualitativo que pueda incubar el germen de la contestación. Todo aquello que introduce espesor, conflicto o ambigüedad es neutralizado de antemano. La alteridad aparece entonces como una enfermedad para la política actual, no porque sea un exceso, sino porque amenaza con abrir la reflexión en el instante mismo en que el otro se convierte en horizonte de transformación.
La presencia del otro contradice, en efecto, la estructura misma del individualismo. Huye de la premisa de una identidad fundada en el ego (yo en latin)—cerrada, autosuficiente, narcisista, ególatra— y se desplaza hacia un espacio incierto donde la política deja de ser espejo y se vuelve relación con la otredad. La política necesita que la alteridad sea excluida porque introduce la posibilidad de pensar, y pensar, en este régimen violento de imágenes y discursos bélicos resulta un gesto subversivo, contradictoriamente.