Empecemos por afirmar que Manizales y Caldas tienen un origen profundamente conservador. Las configuraciones de nuestras comunidades son el resultado de dos procesos históricos de colonización: el español y el antioqueño. Que trajeron consigo destierro, muerte, barbarie y hábitos, prácticas y valores conservadores. Conviene decirlo ahora, gritarlo si se quiere, en este tiempo en el que toda la nueva clase política, burocrática, empresarial, etcétera, se ve a sí misma como la alternatividad, el cambio, la diferencia, etcétera. Conviene pensar lo que este legado violento y mojigato supone, cuando de relaciones y prácticas de poder se trata.
La Comisión de la Verdad concluyó que el papel del Eje Cafetero (entre ellos Caldas y Manizales) en el conflicto armado de las últimas cinco décadas, ha estado asociado al lavado de dinero y el relacionamiento político de los grupos armados. Si bien en este territorio operaron de manera directa actores armados, provocando desplazamientos, asesinatos selectivos, desapariciones, no lo hicieron como en otras zonas del país, en las que la guerra alcanzó niveles generalizados y los grupos armados tomaron el control territorial por la fuerza. Esta “vocación” de limpiar el dinero sucio de la guerra y servir de puente entre lo ilícito y lo institucional está relacionada con una manera particular de hacer política, de dirimir conflictos y mantener el poder, que es propia de una clase conservadora.
Hace algunos años Ariel Ávila, por entonces investigador de la Fundación Nuevo Arcoíris, se refirió a esta forma de hacer política en Caldas y el Eje Cafetero como cooptación. Advirtiendo la diferencia que supone cooptar a alguien, políticamente hablando, a desaparecerlo o eliminarlo. Continuaba dando dos grandes ejemplos del panorama político reciente: Mario Castaño y Juan Sebastián Gómez. Siempre regreso a esta afirmación de Ariel cuando intento ubicarme en el panorama político local y ahora me pararé en ella para intentar expresar cómo-es-que-eso-que-se-nombra-emergente-no-lo-es, o eso que se dice diferente puede convertirse en lo más tradicional.
¿Qué significa cooptar una emergencia política o cultural? Quisiera empezar diciendo que cooptamos o nos cooptan en diferentes niveles. Una cosa es robarse las palabras, otra muy diferente robarse un movimiento, una comunidad, un conjunto de prácticas y relaciones. Y no se trata de robárselo directamente, más bien de usarlo hasta dejarlo inútil, inservible, vació de poder. Cooptar es algo como robar, sin robar. Es un juego complicado y sutil. Y como ya sé que se enreda la cosa, probemos explicar con ejemplos del actual panorama político electoral.
Un ejemplo de cooptación del lenguaje es el del candidato que se vende como “la mayoría”, Santiago Osorio. Como político de profesión utiliza un lenguaje que no le es propio, para mostrarse afín a un discurso y a actores políticos de su interés. Lo mismo le valdría decir “somos la minoría” si la situación lo ameritara. O somos verdes, o naranjas, etcétera. En la práctica, la corta trayectoria política de Osorio no le da para reivindicar el lugar que se otorga, pero puede, por vía del lenguaje cooptarlo. Ese es un nivel.
Otro nivel de cooptación es el de Juan Sebastián Gómez, el ejemplo es de Ariel, y no cabe duda de que es el mejor de todos. No hay nada ilegal o ilegítimo en su ejercicio y trayectoria política, es una cooptación completa. Que corresponde en este caso, a través de su nombre, a la cooptación de un movimiento o varios, asociados a lo popular y cultural. A través de su ejercicio político, y el de su partido se ha favorecido un sinnúmero de sectores relacionados con sus “bases”. No hay nada ilegal en ello, y no se trata de la administración de una burocracia, sino del surgimiento de un capital social nuevo, que ha significado para un grupo grande de personas y comunidades, mejorar sus condiciones de vida.
Lo paradójico es que esta cooptación ha supuesto que en el ejercicio político electoral, de una elección a otra, se haya ido gestando una sucesión de alianzas para sostenerse en el poder y en la plataforma política, que terminan por configurar el asalto. El movimiento, sus bases y el propio candidato, aparecen nombrados en su propio lenguaje y prácticas desde la diferencia, al lado de las expresiones más brutales de conservadurismo. Lo que al final supone su respaldo y su apoyo indirecto a las causas, que dieron lugar a su emergencia, a su diferencia. Garantizando su continuidad.
Cooptar está en el ADN político de un conservadurismo que llevamos en las raíces históricas y culturales. Antes de proclamarnos, manifestarnos o nombrarnos “los otros” démosle una mirada a nuestro propio piso. Conviene, si queremos proteger el poder que supone una emergencia, una alternatividad, etcétera.