El patriarcado los sigue premiando

9 de enero de 2026

El premio tiene el nombre de un hombre. En sus 24 versiones ha premiado a 23 hombres. El que me recomendó para ser jurado es un hombre. El que dirige el proceso es un hombre. Los otros dos jurados son hombres.
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Ganarse un premio literario es difícil: no siempre gana la mejor propuesta, a veces el timing no favorece al que participa, a veces los jurados no eligen por unanimidad y a veces los filtros no evalúan con el mismo rasero todos los textos que llegan. Pero si eres mujer, la dificultad crece sustancialmente. Les cuento por qué.

El premio tiene el nombre de un hombre. En sus veinticuatro versiones ha premiado a veintitrés hombres. El que me recomendó para ser jurado de la última versión es un hombre. El que dirige el proceso es un hombre. Los otros dos jurados son hombres. Creo que la inmensa mayoría de los participantes son hombres (usan pseudónimo, pero hay modo de intuirlo). La inmensa mayoría de los autores citados en los paratextos de las propuestas son hombres. La mayoría de los finalistas son hombres. El nuevo ganador es un hombre.

Hablo del Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, organizado por la Gobernación de Norte de Santander, cuyo acto de premiación para la XXIV versión se llevó a cabo el 19 de diciembre en Cúcuta. A lo largo de los años, entre los ganadores de este concurso figuran Horacio Benavides, Manuel Iván Urbina, Felipe García, Robinson Quintero, Helman Pardo, John Freddy Galindo, Juan Carlos Acevedo, Alejandro Sánchez y Cenedith Humberto Herrera. Según Gaceta regional, en sus veinticuatro versiones este premio solo se lo ha ganado una mujer: Ela Cuavas, que lo recibió en 2018 por su libro Herida antigua.

¿Será que este concurso está pensado para seguir premiando a los escritores varones? ¿Es posible que el patriarcado haya penetrado tan hondo que no hay modo de regular la mirada? ¿Por qué en un país donde hay tantas mujeres poetas hay tan pocas poetas premiadas?

Como jurado hice un salvamento de voto porque no estuve de acuerdo con la propuesta ganadora, Prosas de hormiguero, de Cenedith Humberto Herrera. Expresé mi desacuerdo basada en que catorce de sus textos imitan Manual de instrucciones, de Julio Cortázar; y copiar un estilo de otro artista constituye una falla creativa; indica la imposibilidad para construir una voz propia. Además, el libro tiene varias obviedades, lugares comunes, un espíritu más narrativo que poético y no deja legado: es entretenido, pero no tiene profundidad.

Mis colegas jurados, en cambio, alabaron esta obra, que por mayoría de votos (dos a uno) ganó. Me quedé pensando en que si pones más hombres que mujeres en una terna de jurados ya la balanza se va moviendo hacia su lado. Y si pones a dos caballeros de vieja generación, que valoran la literatura costumbrista y los recursos clásicos, es probable que una propuesta queer no les resulte interesante. Difícilmente valorarán un poemario sobre la maternidad o sobre la enfermedad mental, pero en cambio puede resultarles atractivo un manuscrito que coquetea con Cortázar o con el realismo mágico. Y así se sigue perpetuando un canon, y los recursos públicos siguen cayendo en manos de los mismos, y a lectoras y lectores les llegan propuestas literarias anticuadas, que pueden responder a dinámicas machistas.

El Premio Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán, que se lleva en paralelo con el Eduardo Cote Lamus, también eligió a un hombre en su última versión, la XXIII. Se han alzado con el premio Jhonattan Arredondo, Guillermo Maldonado, Gabriel Pabón, John Better, Jairo Andrade, Triunfo Arciniegas, Diego Germán Niño… ¿y mujeres? No encontré ninguna. ¿Será que sus participantes no son tan buenas cuentistas?

Esto no es matemático, no hay una fórmula mágica para garantizar una mayor equidad, pero hay reflexiones que deberíamos hacernos. Tampoco quiero decir que no hayamos avanzado, pero a paso muy lento. El Premio Nacional de Novela Corta de la Universidad Javeriana solo nos ha premiado a dos mujeres en sus siete versiones, a Marcela Villegas en 2016 y a mí en 2023. De resto, los premiados han sido hombres: Carlos Castillo, Germán Gaviria, Guido Tamayo, Raúl Vallejo y Víctor Andrés Rivera.

En 2025 el Ministerio de las Culturas premió a dos escritores y a una escritora; apenas el año pasado una mujer ganó el Premio Nacional de Novela, después de que lo recibieran nueve hombres; y a pesar de que esa entidad sabe bien que la balanza tiende a favorecer a los hombres, no le dio continuidad a los premios que eran solo para mujeres.

Los nombres de los concursos también aportan una cuota. En Colombia la mayoría de los certámenes literarios son bautizados para enaltecer a los varones: Gabriel García Márquez, Roberto Burgos Cantor, Julio Paredes, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Manuel Zapata Olivella, David Sánchez Juliao, Germán Espinosa, Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Candelario Obeso… Pocos honran a las escritoras (aunque vamos creciendo): los premios Elisa Mújica, María Mercedes Carranza, Meira Delmar, Maruja Vieira, Matilde Espinosa, Albalucía Ángel…

No me malinterpreten, no es que crea que los hombres no merecen esos reconocimientos, pero creo que, históricamente, ya su género los ha recibido demasiado, y va siendo hora de equilibrar esa balanza para que la plata destinada a la cultura, que es tan poca todavía, también llegue a los bolsillos de las autoras, que tienen tanto mérito como los autores, pero no tanta rosca ni tanta representación.

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  • Feminista decolonial, escritora y editora. Autora de las obras Las ballenas son más sutiles (FCE, 2024), El oráculo térmico (Seix Barral, 2023) y El aparato que late (Domingo Atrasado, 2021). Ha ganado dos premios nacionales de narrativa. Es comunicadora social y magíster en Escrituras Creativas. Dirige la escuela La Maletra.

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