Los amigos tienen mal aliento y es nuestro deber avisarles. «Parcero, tu boca es una cloaca nuclear». Entre amigos debe primar la confianza para decirnos que tenemos un pedazo de lechuga en el diente, un moco verde en el bigote o una lagaña viscosa en la mirada. A mí me lo dijeron, pero de un modo tan súbito, que lo interpreté como un asalto traicionero a mi higiene. La confesión partió de una amiga. Dijo que de mi boca emanaba un aliento hediondo. Agradecí su franqueza, aun dejándome la paranoia de aceptar mi condición de maloliente. Pasé a cepillarme los dientes con más frecuencia, incluso antes de encontrar a mi amiga me entupía de mentas y chicles para mitigar la pestilencia radioactiva. Luego supe que ella sufría de parosmia, un trastorno olfativo que hace que las personas perciban olores desagradables en todo lado. Hace tiempo que no sé de ella, andará por el mundo soltando sus sincericidios parósmicos, diciéndole a sus colegas que huelen a mierda.
Este episodio me puso a rumiar, sin éxito alguno, la idea de amistad. Al igual que la palabra «libertad» su definición es un campo de disputas semánticas. La versión que más parece circular, quizá por esa manía dominante de querer imponer la buena actitud a cualquier costo, es su glorificación irreflexiva. Lo más taquillero son los finales felices, enaltecer relaciones basadas en vínculos desinteresados, en complicidades mutuas. Con la cursi aspiración de no incomodar, de aparentar bacanería, preferimos ser complacientes con definiciones candorosas y pacatas. En esta onda entusiasta se agrupan, sin distinción alguna, desde las tarjetas coloridas con frases de admiración, hasta la invocación a Aristóteles para afirmar que la amistad consiste en desear el bien al otro. Nos mostrarán postales edulcoradas de encuentros sonrientes, brindis festivos o reuniones con té y galletitas fucsias.
Hay algo muy patético cuando se habla de amistad: reencauchar frases sin contexto alguno. Eso se hace, casi siempre, buscando visibilidad en los muros virtuales, bien sea para ensalzar la amistad o para profanarla. Una ilustradora, por ejemplo, cita a Oscar Wilde con candidez para acompañar sus viñetas de amigas pasando el tiempo juntas: «Sí, el amor está muy bien a su modo, pero la amistad es una cosa mucho más alta. Realmente nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera». Esa frase es extraída del cuento «El amigo fiel». Ese cuento es una sátira y la frase la pronuncia la Rata de Agua que, aun cuando habla de la amistad, en la práctica desconoce de qué se trata.
Por su parte, un columnista de fin de semana machaca una frase atribuida a Wilde procurando dejar a la vista una estría cínica en su texto: «Los amigos de verdad te apuñalan de frente».
Y así vamos por el mundo, canonizando o crucificando la amistad según los humores del momento. La realidad cruda y dura, según la experiencia con mi presunta halitosis, es que los amigos nos dan mal aliento, y también, de nuestras bocas no siempre emanan efluvios poéticos, también cantos tóxicos. Que nadie venga a hacerse el angelical y decir que nunca le incomodó algo de los amigos, no nos vengan con alardes de bondad, sabemos que ya vivieron enfados mutuos y discordias. El que esté libre de egoísmo quisquilloso que lance la primera piedra.
Un elemento clave, que suele perderse de vista, es que estamos hablando de las maneras en las que se vive la amistad en una sociedad desigual y competitiva. Mejor dicho, en sociedades atravesadas por la rivalidad individual y el ansia de lucro y prestigio. Estamos hablando, ante todo, de la amistad entre animales insatisfechos, egocéntricos y arteros, hábiles en fingir buenas intenciones. Alguien dirá, con acierto, que también existen caminos posibles de fuga y desobediencia: mingas, ollas comunitarias, celebraciones, asambleas y apoyo mutuo para defender lo justo. Pero ese es otro tema, no nos distraigamos con el propósito de ahuyentar las alucinaciones sobre la amistad idolatrada. Podemos reconocer que lo más palpable, lo más paradójicamente humano, son los gestos de amistad, como cuando Hemingway, a mediados de la década de 1940, le regaló una pistola en París a George Orwell al verlo paranoico. Lo que llamamos amistad, desde luego, se conjuga en gestos. Esto significa admitir que nuestras relaciones sociales son tejidas mediante vínculos mutables, algunos transparentes y genuinos, otros conflictivos e indescifrables.
Todos los días, en el laberinto de la convivencia social, nos topamos con encuentros amables o chocantes, con sus recovecos en el trato y sus incontinencias. Un buen ejemplo es la amistad de Sancho y don Quijote, con sus discordias, cada uno entendiendo una cosa diferente de lo que el otro dice, con sus caprichos, con su refunfuñar y sus terquedades.
Otra frase manida, y que es hora de alterar, fue pronunciada por Camilo José Cela, pero atribuida a un tal Conde de Romanones, un supuesto caudillo liberal español de principios de siglo XX: «A los amigos, el culo; a los enemigos, por el culo, y al indiferente, la legislación vigente». Hombre Camilo José, los amigos también nos dan por el culo y lo más cortés es que les devolvamos con la misma moneda. Romantizar un trato ocasional y fortuito llamándolo de amistad nos hace sentir tontos e ingenuos. Fernando Pessoa lo explicó bien en su Libro del Desasosiego: «Amigos, ninguno. Solo unos conocidos que creen que les caigo bien y que quizá tendrían pena si me atropellara un tren y el funeral fuera un día de lluvia».
En nuestra vida han pasado amistades, nosotros también hemos pasado en la vida de otros, y sabemos que es una tontería creer en acuerdos complacientes y armoniosos. Algunos encuentros pueden ser inspiradores y efímeros, otros interesados, oportunistas o quizá obra de especialistas en la arte de la conchudez y la falsedad. Ahí tenemos a Verlaine pegándole dos tiros a su supuesto amigo y amante Rimbaud en Bruselas; a Rubén Blades dejando de hablarle a Willie Colón por confusiones en sus contratos; a Winona Ryder cabreada con su supuesta mejor amiga Gwyneth Paltrow cuando ésta última le robó el papel protagónico para Shakespeare in Love. Nada extraño, el pan de todos los días, deslealtades, ingratitudes, hablar mal a nuestras espaldas, chismosear en la ausencia de otros.
Como se puede percibir no tenemos respuestas concluyentes. Aunque de tanto desvariar y buscar alguna noción razonable, terminé encontrando Desgarradura, de Emile Cioran, donde parece advertir con realismo: «La amistad es un pacto, una convención. Dos seres se comprometen tácitamente a no airear nunca lo que, en el fondo, cada uno piensa del otro. Una especie de alianza basada en cautelas. Cuando uno de ellos revela públicamente los defectos del otro, se denuncia el pacto, la alianza se quiebra. No hay amistad que dure si uno de los participantes rompe el juego. En otros términos, ninguna amistad soporta una dosis exagerada de franqueza».
A todos los amigos y amigas que extraño solo les pido que no rompamos el juego. Que sigamos nutriendo nuestro vínculos con gestos contradictorios, esporádicos y defectuosos cuando nos encontremos de nuevo en el camino. Suerte es que les digo.