A finales de diciembre, cuando leí que Trump acababa de bombardear áreas de Nigeria, no sentí el mismo estremecimiento que me crispó los nervios (y la digestión) en noviembre del 2024, cuando los gringos lo eligieron presidente del mundo.
No era como si no me sorprendiera o espantara, al contrario: acostumbrarme al miedo no fue cosa de valentía, sino de fatiga. El chorro de hormonas del estrés, que tan útiles eran en otras edades del género humano, ahora nos tiene en un estado de zozobra y desgaste que parece empeorar cuando nos da por leer los titulares de la mañana.
En diciembre, entonces, en la misa de Navidad sobre la que escribí en otra veta, iba acompañado por mis amigos, la familia Littauer, cuyo padre creció en Groenlandia. A la salida, en el desfile de saludos de quienes se conocían, alguien le preguntó sobre el reciente discurso de Trump y su amenaza de anexar Groenlandia. La respuesta, que realmente no entendí por ser una mezcla muy suya de noruego y danés, la acompañó con un suspiro que fácilmente podría ser de desinterés, de desesperanza o de desaliento. Quizá todo al mismo tiempo.
En estos últimos años sentí que yo mismo me desinflaba en una serie de suspiros muy parecidos, o uno ininterrumpido, una exhalación sin más aire para exhalar. Tantas cosas que creíamos imposibles se impusieron de la noche a la mañana, y duraba mucho menos el aturdimiento de la noticia que la rápida aceptación del nuevo paradigma. Pensé en la pandemia, cuando muchos creían que el virus no era nada y que, después de que confinaran al mundo entero, todos terminamos por asimilar nuestro lugar en medio de las cuarentenas.
En cierto momento, ir con un tapabocas por la calle, no ver nada más que los ojos de la gente, se sintió tan normal que hasta daba la sensación de que la otra en realidad, ésa en la íbamos por el mundo con la cara expuesta, era cosa de un sueño. Cuando se acabaron las restricciones y nos habituamos a la rareza de respirar el mismo aire, el mundo de los confinamientos volvió a ocupar el lugar de lo impensable. Lo imposible.
De lo imposible a lo habitual, y de lo habitual a lo imposible, los límites de la realidad parecen más bien una puerta giratoria. Con el caos de la posverdad y las noticias falsas, los que nos creíamos escépticos terminamos desconcertados ante eventos verídicos que parecen más falsos que si fuesen inventados. De repente hablan de guerras, de genocidios, de inteligencia artificial, de dictaduras, y no es que antes no existieran tales calamidades, sino que ya no ocurren en los callejones de desgracia en donde creíamos confinada a la fatalidad.
Cada mañana, con cada nueva noticia, con cada nuevo bombardeo, con cada nueva guerra, con cada nuevo loco en el poder (o, más irritante aún, apenas en el tarjertón electoral), vamos exhalando ese suspiro hasta que el cuerpo se nos vuelve nada. En el tedio de un domingo, queriendo ocupar el tiempo en cualquier cosa, dudé sin proponérmelo si era mejor ver una película o ver las noticias. El cine, al menos, nos hace la caridad de confinar su drama antes de que rueden los créditos.
Tantas noticias aciagas dan la impresión de que el mundo se muere, y que nuestra condena es verlo desangrarse gota a gota. En ese caso, este lento martirio sólo puede compararse con el de un 31 de diciembre a las dos de la tarde: demasiado temprano para abrazarnos, perdonarnos, amarnos y despedirnos, y demasiado tarde como para darle un rumbo nuevo a nuestra vida.
Podemos, tal vez, hacer lo que esté a nuestro alcance para que el pedazo de mundo que todavía nos queda no se convierta en un infierno, y que nuestras acciones, rencores y ambiciones no impongan ese infierno en la vida de otros.
La desgracia, a fin de cuentas, no es inmune a los gérmenes de la esperanza.