Destino final

11 de febrero de 2026

Tendemos a pensar en nuestra propia muerte como algo especial. Le pregunté a chatgpt qué porcentaje de las personas que nacen muere. El 100%. Y agregó: Todas las personas que nacen eventualmente mueren.
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Por eso, es que vivo feliz y contento
Yo no me desgasto esperando el momento
Por eso, prefiero estar con mis parceros
Esa es la que hay

Hay una especie de fantasma que ronda alrededor de la idea de ser finitos. Una sombra, una inquietud, una amenaza que a veces se vuelve constante y toma la forma de los monstruos que imaginábamos en la infancia. Una clase de criatura hecha de números y barras de colores dibujada sobre una inofensiva tablita de Excel.

Como he hecho grandes sacrificios al dios de lo seguro me atormenta la probabilidad de que se materialice lo improbable. Sé, por ejemplo, que es mejor no nadar en el mar al amanecer ni al atardecer porque los tiburones están más activos. Lo evito, entonces, pero pienso que a alguien habrán atacado a las tres de la tarde o a las once de la mañana. Incluso a alguien precavido que evitó el amanecer.

Sé lo improbable que es morir en un accidente aéreo, pero me decía un amigo argentino “es que cuando te está pasando a vos, la probabilidad de que te pase ya se convirtió en el 100%”. Lo decía además con total conocimiento de causa: como aficionado al ciclismo daba un paseo en su bicicleta por Río de Janeiro cuando le cayó en la cabeza una yaca, la fruta gigantesca que en Brasil ha matado a más de uno de aquellos desprevenidos que no piensan en las probabilidades. La guanábana mutante lo noqueó y lo dejó varios días turuleto y pensando en las cábalas y en los porcentajes. De todas las formas que un hombre tiene para morir, el destino por poco le escoge la deshonra de una improbabilidad casi absoluta.

Karl Wallenda fue un equilibrista alemán que murió en los 70 mientras atravesaba una cuerda a cuarenta metros de altura en San Juan de Puerto Rico y que confesó, días antes de su actuación, que se encontraba consumido por el miedo a caer. Dio nombre al efecto Wallenda, un concepto psicológico que explica cómo el miedo excesivo al fracaso puede aumentar la probabilidad de cometer el error que se intenta evitar. Pero, ¿cómo podemos evitarlo entonces si no pensamos en él?

Lo de Yeison Jiménez fue impactante por el hecho mismo del accidente y la tragedia humana de su muerte prematura, pero fue su premonición en el podcast de Juan Pablo Raba lo que nos aterró a los supersticiosos. ¿Fue su presentimiento una especie de efecto Wallenda del siglo XXI? Tal vez. La IA dice que la principal causa de muerte en el mundo es la enfermedad cardiovascular. La segunda es el cáncer y le siguen montones de causas médicas. La probabilidad de morir en un accidente aéreo es de una en trece millones. En uno de tránsito se reduce a aproximadamente una en cien mil. Aún así, en el avión sudo frío ante cualquier cambio inexplicable y en el carro raramente aparecería una conjetura fatídica. Casi una de cada tres personas en el mundo muere por enfermedad cardiovascular. Morir en el cardumen de los infartados, más que por la suavidad de la muerte, reconfortaría por lo altísimo que es el riesgo. Morir en un accidente aéreo, en cambio, aunque sea una cosa instantánea, atormenta por lo escaso de la probabilidad. El resultado, en todos los casos, es el mismo.

Tendemos a pensar en nuestra propia muerte como algo especial. Le pregunté a chatgpt qué porcentaje de las personas que nacen muere. El 100%. Y agregó: Todas las personas que nacen eventualmente mueren. Más que a la muerte, decía alguien, le tememos a la morida. No alarms and no surprises, decía Radiohead. Nos da pavor el absurdo más que la muerte misma. Dijo Edgar Allan Poe que a la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa. Murió, al parecer, por complicaciones hepáticas derivadas del abuso del alcohol. Poco entusiasmo le quedaría para compartir un trago.

El 31 de diciembre pasado, el mayor de mis tíos mandó un mensaje a sus nueve hermanos. La idea general era una especie de despedida colectiva. Según chatgpt, la expectativa de vida a nivel mundial se encuentra entre los 73 y los 74 años. Muchos de ellos rondan ese rango o lo superan. La despedida era, entonces, más que razonable. Un franco análisis de las probabilidades casi desprovisto de sentimentalismo. Bueno, con unas pocas referencias sentimentales apenas justas después de una vida en común. Una campana que anunciaba que entraban en conjunto, cogidos de la mano, a un percentil más que decente para subir -o bajar- a ajustar su cuenta final.

Mi mamá y mi esposa se molestan cuando hablo de mi funeral. Les digo que me gustaría una cosita sencilla. Una misa con un padre que no sea el mejor orador, en una capilla en Riosucio. Que diga lo justo. Ni más, ni menos. Que diga “hoy perdimos a un hombre, pero ganamos a un ángel”. O “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Les digo que además no quisiera un funeral repleto de gente. Sería un poco incoherente pues mi vida social se ha desarrollado en muchos lugares del mundo y solo de forma superficial. Se asomará algún primo desempleado. Me imagino sobre todo un buen ramo del sindicato del Ministerio en el que trabajo y una pequeña delegación de compañeros en permiso sindical. Y ya. No quisiera los poemas de Machado ni las canciones de Frank Sinatra. Al fin y al cabo, la probabilidad era del 100% y ya nos lo dijo chatgpt: eventualmente iba a pasar.

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