No recuerdo la primera vez que voté, aunque sí recuerdo la primera tusa electoral, sin haber votado: fue cuando Antanas Mockus perdió la Presidencia con el entonces elegido de Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos. Era menor de edad, padecía de 16 años y de una inocencia malsana que me hizo ser parte de eso que llamaron “La ola verde”. La primera —y espero que única— vez que hice campaña, sin contar la campaña de personero que gané por regalarles bombones y stickers a los niños de mi colegio y por prometer una cancha sintética que nunca gestioné. Era una excelente promesa de político tradicional caldense, pero —como me dijo un conocido alguna vez— “me dio por ser escritor”.
Fulgía el año de 2010 cuando me puse la camiseta verde del girasol y anduve con varios amigos por las calles de Manizales arengando consignas del Partido Verde hasta quedar roncos. Las calles de Manizales es un decir; en realidad eran la carrera 23 y la avenida Santander, la burbuja donde me movía y donde me muevo todavía, un poco igual que entonces, pero con el pelo corto, más colesterol del malo en el cuerpo, una muela muerta y una vocación que cargo a veces como un piano, a veces como un par de alas.
Por esa época me tocó ver cómo un pecoso de brackets, cauchos en los dientes y crespos locos —que siempre se aparecía en las fiestas de los “niños bien” de Manizales con una caja de guaro—, se hacía pasar por cantante para gritarle a la Plaza de Bolívar: “¡Llegó el día, llegó, llegó!”. No me extrañó verlo así, pues las pocas veces que hablé con él —vestía casi siempre un buso GAP y un par de tenis Adidas— hablaba ya de su carrera política, que en ese momento era haber sido personero.
El de crespo locos, a quien le decían El Abuelo, se paró con micrófono en mano en la tarima a gritar más que cantar las consignas de Mockus (“¡Yo vine porque quise, a mí no me pagaron!”, etc.) y a fungir como telonero de las palabras difíciles del excandidato presidencial y de sus manos trémulas. Ese tipo sin sentido del ridículo, de quien todo el mundo decía era un loquito borracho y buena gente, sería años después un compañero de universidad, luego amigo, más tarde concejal, después alcalde de Manizales y —según los brujos electorales— próximo quemado a la Cámara de Representantes. Cosas de la vida.
Tal vez ninguno tenía sentido del ridículo, o quizás sí creíamos de verdad en que era posible cambiar este país. “La ola verde”, esa suerte de movimiento político millennial, nos convocó a cientos de miles de jóvenes a defender una política distinta, encarnada en Antanas Mockus y en Sergio Fajardo. Una política diferente de los falsos positivos de Álvaro Uribe y de los secuestros de las FARC. Creímos que con Mockus tendríamos un “presidente profesor”, pero la vida nos enseñaría otra lección.
Muchos jóvenes no teníamos edad para votar, Fajardo se cayó de la bicicleta y no pudo hacer campaña, Mockus no tardó en desinflarse y Juan Manuel Santos ganó la Presidencia como jugando al póquer, con ayuda de la campaña sucia del maquiavélico J. J. Rendón y con la venia de Álvaro Uribe, el titiritero mayor.
Recuerdo bien que la campaña anti Mockus giró en torno de su ateísmo, de su Parkinson y de su desconocimiento sobre administración pública. Me recuerdo con el televisor al frente haciendo fuerza para que el candidato profesor articulara por lo menos una buena respuesta. Santos, entre tanto, estaba en su salsa: toda la vida preparándose para ser presidente, se alió con las maquinarias del Partido de la U (es decir, con los Musas Besaile y con los Ñoños Elías) y con todas las que hubiera, y ganó la Presidencia para cuidar los huevitos de Uribe.
Pero Santos solo le es fiel a sí mismo, como casi todos los políticos: con los huevitos de Uribe hizo un omelette que sazonó con la mano izquierda. De esa separación nació el Centro Democrático, partido político con el único norte de complacer a Uribe. A ellos esa elección les supo a cacho, a nosotros, al sabor dulce de la ironía —cuando conviene—.
Así se gestó mi primera desilusión política. Yo no alcancé a votar, como ya dije, pero sí padecí lo que llaman “dolor de patria”. En mi familia me tacharon de izquierdoso: iba a misa a molestar a las tías conservadoras con mi camiseta de girasol y con mi corazón roto. A fin de cuentas, y para mayor ironía, sí recuerdo por quién voté por primera vez a la Presidencia: por Juan Manuel Santos en 2014, por su puesto, para defender los Acuerdos de Paz con las FARC.
Esa es la política: vueltas y vueltas y vueltas, como un trompo infinito —o hasta que nos extingamos—; un compendio de desilusiones: luego de Santos me ilusioné con la paz, luego vino mi otra tusa política al perder el plebiscito, luego vino la desilusión de Duque —un presidente que cumplió con las expectativas de estar a la altura de un muñeco—, y luego vino la ilusión de Petro que el mismo Petro estalló.
Ya solo me interesa la política para burlarme un poco de la humanidad y de mis coterráneos caldenses, en su búsqueda incesante del poder. Eso sí, a diferencia de las elecciones presidenciales, nunca he votado a la Cámara por Caldas con ilusión, como tampoco lo haré el próximo 8 de marzo: más como una especie de trámite, más como una transacción en esta democracia clientelista y corrupta. Seré como un colado en la fiesta de la democracia.
Termino así este compendio memorioso de anciano imberbe, con el perdón de quienes me leen. En Caldas hay que escoger al menos perverso. Yo, si logro ponerme de acuerdo conmigo mismo, votaré en blanco o pintaré girasoles en honor a mi primera tusa política. O puede que me dé por ser caritativo y vote por mi excompañero de universidad.