Con la razón no se pelea

20 de febrero de 2026

Muchas más veces de las que esperamos el consenso racional es inalcanzable, y lo mejor a lo que deberíamos aspirar es a la mitigación de los efectos de nuestras acciones biliares.
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Decir “barbero” y “jugar fútbol” es caer en la exageración, pero hace algunos años solía jugar fútbol, en el bajo circuito aficionado, con un equipo dirigido por mi barbero. Se trataba de un compadre bastante agudo en la argumentación, alguien que uno esperaría que fuera implacable con el árbitro, como se espera en todo deporte. Era, además, alguien que compartía mi interés aficionado por la mente humana y que sostenía teorías bastante sensatas sobre toda suerte de temas psicológicos.

De aquel barbero recuerdo una frase, dicha a gritos, que intentaba persuadir al árbitro de alguna cosa relacionada con un fuera de lugar que (desde nuestro punto de vista) no ocurrió. «Con la razón no se pelea» dice la frase, proferida con el sentido de que es inútil pelear contra alguien que tiene razón. Tengo para mí que esa frase hace parte del refranero popular paisa, aunque aquélla haya sido probablemente la única memorable vez que la escuché. La hizo memorable esa relación adversaria, contradictoria, entre la razón, desapasionada, y el grito con el que había que defenderla ante el evidente desafuero del árbitro.

Este tipo de contradicciones no son, en teoría, difíciles de explicar. Lo que parece ser un caso de irracionalidad e insensatez a menudo es un caso de racionalidad con diferente información. Yo veo el pocillo con una bandera, y mi amigo frente a mí lo ve todo blanco. Ambos, considerados desde la otra perspectiva, parecemos estar alucinando, hasta que cambiamos de perspectiva y vemos que se trataba de un vaso pintado por un lado solamente. En la práctica, esas contradicciones son más difíciles de resolver, porque se necesita de una rara actitud desinteresada (que habría que cultivar con disciplina) para saber cómo distinguir al árbitro loco del sensato pero desatento que hizo lo mejor que pudo con la mala información que tenía.

«Con la razón no se pelea», dice a los gritos alguien con grado máximo de convicción al intentar embutirle por boca y nariz la razón al otro. Como parte del refranero popular, eso se dice casi siempre, digo yo conjeturando, sin sinceridad. Pero algo de correcto guarda la aspiración de tener discusiones en las que uno pueda mostrar qué de razonable tiene pensar lo que uno piensa. Participar en foros públicos, análogos y virtuales, conlleva algo de esta noble aspiración, quizás más de la que sería esperable de criaturas tan biliares como nosotros. El problema es que existe una finísima línea que separa la noble aspiración a la resolución racional de conflictos del ingenuo deseo de que las discusiones tengan que terminar siempre bien.

Hacer las paces con la racionalidad implica hacer las paces también con la irracionalidad. No lo sospechamos, pero muchas más veces de las que esperamos el consenso racional es inalcanzable, y lo mejor a lo que deberíamos aspirar es a la mitigación de los efectos de nuestras acciones biliares, sesgadas y dañinas. Poco tiempo después de que escuché aquella frase veladamente imperiosa de mi barbero, una pequeña molestia en un menisco me llevó a retirarme del bajo circuito aficionado. En una motilada, ya en mi retiro, escuché cómodamente la anécdota de un tipo de otro equipo a quien le destriparon un ojo a golpes en uno de esos bonches pavorosos que se arman en el fútbol aficionado. Resulta que la razón, cuando intenta lo imposible de estar con todos al mismo tiempo, tira una moneda al aire para decidir a quién deja tuerto.

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