Cómo votar por quien te dé la gana

6 de marzo de 2026

Nadie cambia de candidato preferido por meterse a la herramienta de La Silla Vacía y descubrir que su candidato preferido resultó cuestionado o tiene una investigación abierta.
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Una vez que uno decidió votar, se renueva el problema eterno de cómo y por quién votar. Existe una entelequia de votante que se puede modelar más o menos de acuerdo a las herramientas online que categorizan a los candidatos por criterios y le permiten a uno decidir, de manera casi automatizada, quién cumple con un listado de requisitos, quién no, y por lo tanto por quién debe uno votar. Esta entelequia es una ficción que da esperanza, acaso también tenga algo de noble, pero no tiene nada qué ver con el votante real.

Al votante real no le importan ni las propuestas ni los planes de gobierno ni los datos. Eso le importa a un ser llamado El Técnico, que sabe qué hacer con esas cosas, pero que en últimas hace lo que le ordena la persona que tenga el poder. Al votante real no se le mete una ecuación de optimización en la cabeza para solucionarla a punta de cálculos complejos. El votante tiene cosas más importantes en qué pensar, como el capítulo de una serie muy buena, los videos divertidos del Internet, los precios escandalosos de las hamburguesas, la culpa por no pedirle perdón a la expareja, etc. Dentro de esas cosas importantes también están: el qué dirán, el deseo de identificarse con ideales y la afirmación de la identidad en sociedad.

Hay un montón de fuerzas concretas que mueven al votante, pero que no tienen nada qué ver con las propuestas y las cifras. El juicio social influye en decisiones cotidianas como qué ropa ponerse o qué postear en redes sociales, lo cual incluye, por supuesto, qué opiniones airear y comunicar a nuestros seguidores. Adam Smith hablaba de un espectador imparcial que uno internaliza, un otro yo, que se separa de uno mismo para juzgar la propia conducta, un otro yo de quien buscamos aprobación y cuyas críticas nos resultan hirientes. Es imparcial no por desinteresado, sino porque moldea y modula, con intereses sociales, los propios impulsos.

Los psicólogos dirían (y darían datos y cifras) que la búsqueda de estatus es una de las motivaciones humanas más poderosas. Hacemos lo que hacemos para quedar bien ante nuestro juez interno, pero también para acomodarnos en una estructura de estatus social. Nos sentimos orgullosos o avergonzados de haber opinado tal cosa, de habernos puesto tal ropa, de haber dicho que nos gusta la carne… todo esto en parte porque nuestro otro yo, que los demás moldean, tiene ese poder sobre nosotros.

Al votar, uno no piensa en los argumentos impecables que demuestran racionalmente que, por cálculo de costo-beneficio, Eufrosina es mejor candidata que Etelberto. Nadie cambia de candidato preferido por meterse a la herramienta de La Silla Vacía y descubrir que su candidato preferido resultó cuestionado o tiene una investigación abierta. Si de algo sirve una herramienta que categoriza los candidatos de acuerdo a propuestas es para uno llegarse a inventar las razones para racionalizar una decisión de voto que ya tomó.

En época electoral, el voto (y la declaración pública de votar por tal o cual) tiene más bien una función social. Uno dice «soy del equipo del Capitán Colombia», «mírenme, yo entiendo de economía y de regla fiscal», «yo no soy de esos tan mañosos», «qué tal esos tan de quinta que votaron por tal».

Si existe la votación racional, que vengan y me muestren la foto de esa rara especie animal. Personalmente, no la conozco, pero me gustaría. Acaso uno debería, en un mundo ideal, ser imparcial y hacerle caso a El Técnico, en lugar de votar para no quedar mal con los amigos o para evitar asociarse con un grupo que a uno no le gusta. Pero, por otra parte, las alianzas sociales que construimos por identificación social no tienen menos valor que las que se construyen por compatibilidad lógica. Al final de la historia, una coalición puede mantenerse unida por las señales más bobas de identidad común (como la camiseta verde o el acento regional), y esa unión para cooperar es lo que importa.

La manera de votar por quien te dé la gana es la siguiente. Al aproximarte a la urna, no te tortures por no tener argumentos demostrativos definitivos. La decisión ya estaba tomada hace rato. Quizás valga la pena hacer un escrutinio permanente sobre qué tanto la afiliación política de uno corresponde al intríngulis técnico de las propuestas sobre educación, salud, seguridad o pensión. Quizás la proporción de influencias irrelevantes te resulte incómoda después de cierto tiempo. Pero aquí y ahora, para esta elección, hay que marcar la equis y ya. Quizás sea buena idea salir a comer buñuelos con chocolate.

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