Lo más fácil es saber cómo la quieren cambiar Rubio y Trump; lo menos claro es qué quieren los cubanos que viven en Cuba, qué ajustes se harán inicialmente (durante el gobierno Trump), cómo sería la transición, y cuáles serán los cambios en el mediano plazo. Es claro que Cuba no ha sido propiamente un país independiente, sino muy dependiente: primero de España, luego de Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XX de la URSS, y ahora nuevamente de la voluntad del gobierno estadounidense. Pero a pesar de la cercaría a los Estados Unidos y del deseo de muchos cubanos residentes en la Florida, no esperaríamos que esta isla se convierta en otro Puerto Rico.
El respetado periodista norteamericano John Lee Anderson describía que en su visita de hace algunos meses a Cuba vio las plazas y parques más desolados que en el pasado pues los turistas son muy pocos ahora. Estimaba que uno de cada cinco cubanos ha dejado la isla desde el 2021, y registraba apagones eléctricos constantes y las basuras sin recoger. Además, consecuente con el bloqueo y las recientes amenazas del gobierno Trump, los conductores de autos tienen que esperar más de 24 horas haciendo fila para comprar gasolina. Al respecto, un buque ruso llegó a Cuba hace una semana con aproximadamente 730,000 barriles de crudo, y Rusia aseguró que seguirá suministrando este tipo de ayuda, a pesar del bloqueo impuesto por Washington. Y como parte de sus vaivenes, el presidente de los Estados Unidos dijo que no hay problema si los cubanos consiguen uno que otro cargamento de petróleo en otros países. Esto no resolverá el problema cubano ni sostendrá indefinidamente su régimen. De hecho, el crudo recibido aún debe ser refinado y solo aliviará la escasez unos 20 días.
El gobierno cubano está atrapado en lo que parece ser una caída imparable. La administración Trump ha estado en negociaciones con personas como Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto de Raúl Castro y su guardaespaldas personal, quien no parece representar una ruptura con el gobierno actual, pero no está claro qué cambio de régimen o de forma de gobierno esperen lograr con esas conversaciones. Seguramente a Estados Unidos le parece importante que salga el actual presidente, Miguel Díaz-Canel, y que se realicen elecciones democráticas, pero —como advierte Anderson— en Cuba no existe una oposición política organizada que pudiera competir contra el único partido que hay —el Partido Comunista, con unos 700 mil afiliados—, lo que lo dejaría solo en esa elección: “los disidentes más conocidos ya murieron, están encarcelados, o en el exilio, demasiado alejados de la política reciente, como para ser tomados en serio.”, señalaba el periodista gringo.
Los viejos exiliados o sus descendientes, víctimas u opositores del régimen cubano, se sueñan regresando al estatus anterior a la revolución: un país capitalista típico de la Latinoamérica del siglo XX. Y para ello es posible que favorezcan una invasión armada de fuerzas gringas. Los recién migrados esperarían condiciones socioeconómicas y políticas mejores, y con algo de industria, que justifiquen su regreso. Los desarrollistas y los inversionistas gringos y de otros países ven la posibilidad de tener un país centrado en el turismo como en la super industria, alrededor de la cual gire toda su economía, muy al estilo de lo que sucede en República Dominicana, o a la manera de las maquetas digitales (renders) que el gobierno Trump presentó proyectando su visión de la Franja de Gaza, sin palestinos. El gobierno cubano y el partido único de gobierno se imaginan un país soberano sin bloqueos o persecuciones de su vecino poderoso, en el cual pudiera desarrollarse una especie de China en pequeño: dos sistemas económicos conviviendo en un mismo país, pero con una base conceptual solidaria. O sea: ceder en el fundamentalismo anticapitalista permitiendo probables inversiones privadas extranjeras en turismo e iniciativas micro-empresariales en la economía, mientras se conserva una idealización socialista muy del siglo pasado.
Dejando afuera emocionalidades vanas y patrioterismos elementales, es innegable que hay una parte de los cubanos que no solo cree en la teoría o justificación de su régimen, sino que ha visto o se ha beneficiado de sus acciones, o simplemente le da prioridad a perspectivas ideológicas sobre las difíciles condiciones de vida de la mayor parte de sus estimados ocho millones de pobladores. Con cierta razón, esta parte del espectro cubano explica su crisis como producto del bloqueo económico de los gringos y de errores de su gobierno. Estas razones podrían llevar a una parte de los afiliados al Partido Comunista a luchar por su régimen y por la soberanía de su país, al menos si se les presenta la oportunidad de hacerlo al estilo de la infantería o con estrategias de guerrillas; es decir, con poca tecnología y con armas de mano. Obviamente, si se trata de guerra de alta tecnología, con bombarderos, drones y cohetes —como les conviene más a los norteamericanos— la situación sería muy diferente y más cruel en términos de víctimas y daños. Algo que todos esperamos no suceda.
En el corto plazo no es claro cuál será la nueva Cuba, un pueblo muy acostumbrado a vivir en crisis y a tener lentas transformaciones, pero que cada día se siente más ahogado y desesperado. Es posible que la transición sea larga y que pueda iniciar como la de Venezuela, máxime cuando la estrategia de Trump en Caracas parece haberle funcionado en medio de los grandes conflictos que vive el mundo, la debilitación del sistema internacional, el uso de un argumento judicial fácil —el tráfico de “drogas”—, y la aceptación de buena parte de la población. Mientras tanto, muy cerca de Cuba, en la Florida, los políticos estadounidenses y sus empresarios esperan poder tener empresas, con rentabilidad y sus derivaciones, acentuando lo que los cubanos castristas llaman “un mundo unipolar”. Esa sería una señal del “fin de la historia” en el continente americano, como lo querían y lo pronosticaban no solo Fukuyama. Eso sí, falta ver cómo se distribuya la influencia de las potencias, en particular de China y Rusia, en nuestra región.
Cerremos con nuestra realidad legislativa: sólo faltan dos meses y medio de sesiones en el Congreso de la República; es decir, unas 30 sesiones entre comisiones y plenarias. Durante las tal vez 12 plenarias que se realizarán podría alcanzar a votarse: el proyecto de la Jurisdicción Agraria que reglamenta la estructura de la justicia especializada en tierras, y la reforma del Sistema General de Participación que busca incrementar progresivamente los recursos que de la nación van a los territorios. El proyecto de la jurisdicción indígena parece que no alcanza, y el que endurece algunas penas le interesa más a la oposición que al gobierno. Por su parte, la reforma a la salud es difícil que logre los votos para que sea estudiada en una comisión diferente de la que la hundió, pues una buena parte de congresistas ya no tiene prisa en este final de gobierno Petro. Lo que sí es probable es que se aprueben unas leyes inocuas, simbólicas o de bajo impacto político, como el reconocimiento de patrimonio genético del caballo criollo, la exaltación del joropo y la regulación de la entrega anticipada de alimentos.